jueves, 18 de agosto de 2011

Capitulo 4



Tras pasar en coche el control de seguridad en la entrada de Wilton Square. Zac tuvo la sensación de entrar en un mundo encantado. En la oscuridad, se
atisbaba la mansión color marfil de Genevieve tras los grandes árboles. La casa estaba iluminaba y desde el interior llegaba el sonido de la música.
La fiesta había comenzado hacía más de una hora, y Zac había programado su llegada con la intención de pasar desapercibido.
En la puerta esperaba un mayordomo con levita al que Zac le dio la invitación con bordes dorados que había conseguido a través de un contacto en el Ministerio de Hacienda que le debía un favor. El mayordomo la tomó con expresión inescrutable a la vez que señalaba con la cabeza una mesa repleta de paquetes para que dejara el regalo que portaba. Zac dejó con sumo cuidado el lienzo, que había devuelto a su marco, entre los demás paquetes y siguió la dirección del ruido.
En el grandioso salón del primer piso había varios ministros, así como conocidos hombres de negocios y famosos aristócratas. El murmullo de sus voces se entremezclaba con la música que tocaba un grupo en directo.
Zac barrió la habitación con la mirada, diciéndose que aquél era el mundo al que Vanessa Hudgens estaba acostumbrada: lujoso, caro, exclusivo. Y sin darse cuenta, la buscó entre los rostros fácilmente reconocibles. En cuanto la vio, sintió el deseo despertar en él.
Lucía otro discreto y severo vestido negro, y unos altos tacones que hacían sus piernas interminables. Llevaba una bandeja con canapés en la mano y se la ofrecía a un grupo de gente de la televisión. Su rostro quedaba oculto por su sedoso cabello, pero había algo en la tensión de sus hombros y en la inclinación de su cabeza, que le hizo adivinar que no estaba a gusto. ¿Si aquél era su mundo, por qué parecía tan fuera de lugar?
¿Blini de caviar? le oyó ofrecer a un eminente locutor de televisión, quien tomó uno sin molestarse en mirarla o en interrumpir su conversación.
Zac observó.
«Suave oleaje dunas de arena locutor famoso al que le tiro los blinis en la cabeza».
Vanessa sonrió con un incómodo rictus y fue hacía otro grupo preguntándose cuándo podría retirarse a su dormitorio a leer.
«En cuanto quiera. Nadie va a echarme de menos».
Podía oír la voz de Miles, seguro de sí mismo, educado, cómodo. Como siempre, la lotería genética la dejaba perpleja. ¿Cómo podía tener un hermano tan apabullante cuando ella siempre había sido tan insegura? Se alejó de él confiando en que no la viera y así evitarse el bochorno de ser presentada a la figura política de turno con la que estuviera charlando.
—¡Vanessa, por fin! Acabo de mencionarte.
Vanessa habría querido que se la tragara la tierra, pero consciente de que no iba a tener suerte, forzó una tensa sonrisa y se volvió.
—Ésta es mi hermana pequeña, Vanessa dijo Miles animosamente al hombre de aspecto familiar que lo acompañaba.
Sonriendo educadamente, el hombre tomó un blinis.
—¿Supongo que como todos los distinguidos Hudgens serás una mujer emprendedora?
A Vanessa se le borró la sonrisa.
«Precisamente», habría querido decir. «Soy el primer miembro de la familia que ha fracasado en todo».
Justo cuando buscaba una manera más suave de expresar lo que pensaba, la delgada morena que estaba al lado de Miles, intervino.
—Vanessa es la artista de la familia. Primer Ministro. Tiene mucho tálenlo, por eso espero que, a pesar de que Miles no distingue un color de otro, nuestros hijos hereden una vena creativa
«Primer Ministro. Por eso me sonaba».
Vanessa lanzó una mirada de agradecimiento a Ashley Tisdale, la prometida de Miles. Además de tener una exitosa agencia de relaciones públicas, era guapísima, y Vanessa la consideraba una de las personas más encantadoras que conocía. Afortunadamente, porque de otra manera su belleza y su éxito habrían resultado imperdonables.
¿Qué tipo de arte haces? —preguntó el Primer Ministro.
Vanessa hizo una mueca.
Pinto mobiliario.
El Primer Ministro la miró con sorpresa. Ashley acudió de nuevo en su auxilio.
—Vanessa tiene un trabajo maravilloso en una exquisita tienda de Nolting Hill que vende antigüedades francesas —sonrió a Vanessa para animarla. El otro día pasé para ver si todavía teníais aquel fabuloso espejo, pero Celia dijo que lo habíais vendido. Me llevé una terrible desilusión.
—No te preocupes dijo Vanessa. Como está a punto de dar a luz, me ha pedido que haga el próximo viaje de compras a Francia. Voy a ir en coche a recorrer los mercados próximos a París, así que puedo buscarte uno.
Miles levantó la cabeza.
¿Que vas a ir a Francia? ¿Sola?
El aire se electrificó. Ashley posó la mano sobre el brazo de Vanessa en silencio. Vanessa se sentía como si le hubiera echado un jarro de agua fría.
—Sí, Miles —dijo, mirando al suelo con aire de mortificación.
Ya lo hablaremos en otro momento.
No es preciso. He dicho que iría, y voy a ir.
Miles se volvió hacia el Primer Ministro y dijo con una forzada sonrisa:
—Mi hermana ha estado regular. Todavía está recuperándose y necesita que alguien cuide de ella.
Fue demasiado humillante. Mientras Vanessa se esforzaba por olvidar lo sucedido, todos los demásparecían decididos a recordárselo. Sin hablar, enfurecida, giró bruscamente, con la bandeja ante sí como un arma cargada, y chocó contra alguien.
A cámara lenta, vio los blinis de caviar volar por los aires y caer a su alrededor. La bandeja, tras golpearle la cadera, acabó a sus pies, entre ella y el hombre con el que había chocado. Horrorizada, muerta de vergüenza, se agachó para recoger precipitadamente los canapés esparcidos, ansiosa por huir.
El hombre del accidente, se puso en cuclillas a su lado.
No hace faltmasculló ella, angustiada, sin alzar la vista—. Por favor no le molestes. Puedo hacerlo sola.
—Déjalo.
Su voz era grave, muy francesa, y estaba teñida de una ira apenas contenida.
Vanessa se quedó helada. Llena de aprensión, levantó la mirada lentamente. Contuvo el aliento. Ante sí tenía los brillantes y azules ojos del desconocido de la subasta.
—¿Quésusurró atropelladamente. ¿Qué haces aquí?
—Llevarte conmigo —le quitó la bandeja de las manos, la dejó sobre una mesa y tiró de Vanessa para que se pusiera en pie. Ella podía percibir a Miles a su espalda, observándola con condescendencia, avergonzado.
Vanessa no podía culparlo. Estaba en medio de la sala, al lado del Primer Ministro y numerosas personalidades, salpicada de caviar de la cabeza a los pies. Y ante el que debía ser el hombre más atractivo del planeta.
Al mismo tiempo que sentía los ojos llenársele de lágrimas, el hombre la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.
De eso nada, preciosa. No vas a llorar —musitó, al tiempo que inclinaba la cabeza y le daba un beso en los labios. Por un instante. Vanessa se tensó, pero su suspiro de sorpresa se diluyó en la boca del desconocido.
La sala y sus ocupantes se difuminaron, la música se apagó, la vergüenza que sentía se diluyó. Estaba en la oscuridad, en un mundo de besos y manos en el que sólo se oía el precipitado latir de su corazón. O el de él. El de los dos
Tras un eterno segundo, él alzó la cabeza, posó la mano en la parte baja de su espalda y acercó la boca a su oído.
—Muy bien, sonríe y camina hacia la puerta.
Vanessa fue a protestar, pero él le pasó el pulgar por los labios.
—No digas nada susurró precipitadamente. Ya me darás las gracias más tarde.
Zac la siguió, y viendo la decisión con la que caminaba, le asombró el efecto que un solo beso había tenido en ella. Al imaginar lo que podría hacer durante toda una noche, sonrió para sí.
Había decidido seducir a la nieta de Genevieve Hudgens como venganza, pero empezaba a pensar que iba a resultarle demasiado placentero como para darle ese nombre. ¿Qué se sentiría al poseer una perla tan preciosa una hija de la dinastía Delacroix y luego repudiarla? ¿Sería suficiente compensación para lo que habían hecho?
En el vestíbulo, Vanessa se volvió hacia él con las mejillas encendidas y mirada centelleante.
¿Gracias? ¿Tengo que agradecerle haberme hecho esto? preguntó, mirándose a sí misma.
Con una sonrisa felina, Zac observó la blanca piel de su escote salpicada de perlitas de azabache.
—Te aseguro que es mucho mejor que ser humillada en público por un fanfarrón pomposo que te trata como a una niña.
Vanessa abrió los ojos como platos.
—¡Era mi hermano!
Zac la miró impasible.
Da lo mismo. No me gusta la arrogancia. ¿Dónde está tu dormitorio?
¿Por qué? preguntó ella, desafiante.
Zac la miró y sintió prender la llama del deseo. La perspectiva de seducirle le resultaba más y más atractiva.
Porque no me gustan las demostraciones de fuerza.
Vanessa rió y rompió parcialmente la tensión.
—Me refería a por qué preguntabas por mi dormitorio.
—Porque creo que deberías cambiarte —explicó Zac. Lentamente, para no asustarla, tomó con sus dedos unas bolitas de caviar que descansaban sobre la curva del seno de Bella y se los llevó a la boca. Luego, sin dejar de mirarla, la tomó de la mano y empezó a subir las escaleras.
En contra de lo que esperaba y a pesar de que estaba convencido de que en su interior tenía lugar una encarnizada batalla, ella no protestó. Como su abuela, el controlado exterior no llegaba a ocultar su naturaleza apasionada y rebelde. Como la Dame de la Croix.
Bella abrió la puerta de una habitación, entró y se volvió hacia él.
No sé nada de ti dijo súbitamente—. Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Zac Efron —Zac le tendió la mano y con sorna, añadió: Millonario especulador.
—Me dijiste que no estaba del todo en lo cierto. ¿Quién eres en realidad? —preguntó Vanessa con una media sonrisa.
—Me dedico a los fondos de cobertura.
¿Qué es eso?
Que compro y vendo cosas.
¿Qué cosas?
Cualquier cosa dijo Zac encogiéndose de hombros, pero prefiero las intangibles: lluvia, calidad del aire, confianza
¿O la herencia de otras personas? —preguntó Vanessa con sarcasmo.
Si me proporciona ganancias dijo él, sonriendo. ¿Qué más? Soy francés, pero llevo cuatro años en Londres. Colecciono arte, no estoy casado y no tengo hijos. ¿Quieres saber algo más?
¿Por qué estás aquí?
Vanessa fue hacia el armario y le dio la espalda. Zac permaneció apoyado en el quicio de la puerta. No quería precipitarse. No era necesario.
Quería volver a verte dijo.
Vanessa empezó a soltarse los botones de la espalda del vestido. En la penumbra, el blanco de su piel parecía nácar.
¿Por qué?
Su franqueza tomó a Zac por sorpresa. Caminó hacia ella y la ayudó a desabrocharse.
Quería devolverte lo que te pertenece.
¿El cuadro? hubo una pausa al deslizarse el vestido de los hombros de Vanessa. Lo recogió por delante antes de volverse.
—Por supuesto.
Sobre sus altos tacones, con el vestido apretado contra el escote salpicado de caviar tenía un aspecto de fragilidad que contrastó con su tono airado:
No, gracias.
Zac disimuló su sorpresa y la miró fijamente.
¿Por qué no? Dijiste que era la casa de tu abuela.
Es demasiado caro.
Zac la observó con genuina curiosidad. Que una mujer rechazara un regalo por su precio era, en su experiencia, como si un pez rechazara el agua por exceso de humedad.
Ayer dijiste que no tenía un valor material.
Y era verdad. Pero te equivocas si piensas que todo esto dijo ella con frío desdén al tiempo que abarcaba el cuarto con un movimiento del brazo significa que soy rica y que puedes vendérmelo por un precio desorbitado tras una breve pausa, continuó: Siento decepcionarte, pero lo cierto es que no puedo permitírmelo.
Cuando acabó, alzaba la barbilla con gesto desafiante y sus ojos brillaban como ascuas. Se produjo un silencio que llenó la música de la planta baja.
Ha sido un gran discurso, pero completamente innecesario dijo Zac finalmente—. He dicho que he venido a darte el cuadro.
¿Por qué harías algo así?
El aire estaba cargado de sensualidad. A aquella distancia, Zac pudo apreciar que la hostilidad que Vanessa irradiaba tenía un alto componente de incertidumbre e inseguridad. Y después de haber visto a su avasallador hermano, no le costó adivinar la causa de su actitud.
Acarició lentamente su mejilla. Vanessa se estremeció.
—Porque lo quieres dijo, sin dejar de mirarla. Tal y como esperaba, se dio cuenta de que Vanessa apenas sí se acordaba de a qué se refería. Disimulando una sonrisa triunfal, se alejó de ella—. Lo he dejado abajo. Espero que le guste a tu abuela.
Salió y cerró la puerta tras de sí. Mientras bajaba las escaleras, contó los escalones, intentando adivinar en qué número Vanessa saldría para detenerlo.
Porque no había la menor duda de que iría tras él.
Cuando alcanzó la puerta principal y salió a la tibia noche de agosto tuvo que admitir que no era tan predecible como había calculado. Cruzó la calle lentamente. Había puesto ya la mano en la manilla del coche cuando oyó unos precipitados pasos en la escalinata de mármol. Al oír la voz de Vanessa, sonrió.
¡Espera!
Compuso una expresión de sorpresa antes de volverse.
Vanessa se había puesto un vestido corto de un vivo rojo, que flotaba o se pegaba a su cuerpo según avanzaba. La chica formal acababa de transformarse en una vibrante belleza, y el impacto dejó a Zac boquiabierto. Parecía haber cobrado vida.
Vanessa se detuvo al pie de la escalinata.
Siento haber sido tan grosera dijo con voz temblorosa—. Estoy acostumbrada a desconfiar. Por favor, perdóname.
Zac dio un par de pasos hacia ella y se quedó en mitad de la calzada.
No tiene importancia —alzó una ceja. ¿Eso es todo?
—No —Vanessa fue hacia él—. Quería darte las graciasdada la altura de sus tacones no necesitó elevarse para plantar un beso en la mejilla de Zac.
Él la sujetó por los brazos y, sin soltarla, dijo:
No debes darme las gracias. Según tú, el cuadro te pertenece.
Vanessa rió.
—No sólo por el cuadro. También por sacarme de una situación extremadamente embarazosa y demostrarle a mi hermano que ya no soy una niña.
Zac alzó la mirada hacia los ventanales del primer piso. Comprobar que Miles los observaba con desaprobación le produjo una amarga satisfacción.
Ha sido un placer.
Sólo actúa así por mi bien. Para él nunca habrá un hombre lo bastante bueno para mí.
Zac sintió náuseas. Lo bastante bueno. Los caducos principios de aquella familia que habían arruinado la vida de Julien Efron permanecían intactos.
Encantadora susurró, acariciando la mejilla de Vanessa. Al ver que se sobresaltaba, añadió—: No te vuelvas, pero nos está mirando.
Zac inclinó la cabeza y ella entreabrió los labios.
Ya era suya.
Sujetándola por la nuca, profundizó el beso. La tenía, y probar el sabor de una Delacroix era aún más dulce y fácil de lo que había anticipado.
Vanessa apoyó las manos en la solapa de su esmoquin. Se sentía como si fuera a derretirse, y el temblor que se había adueñado de ella mientras bajaba a buscarlo se diluyó en una deliciosa languidez.
Les llegó el sonido de una canción lenta y romántica e, instintivamente. Vanessa meció las caderas al compás. El deseo le ardía en la sangre. Cualquier atisbo de desconfianza había sido aniquilado. De pronto, le daba lo mismo lo que su familia pensara de ella.
Zac deslizó la boca hacia su oreja. Ella se arqueó contra él con el vello electrizado. En aquel momento sólo ansiaba dejarse llevar por su instinto.
Sintió una leve desilusión cuando Vanessa alzó la cabeza y se separó de ella unos centímetros con expresión inescrutable.
¿Crees que se habrá hecho una idea? —preguntó con sorna.
Por un instante. Vanessa se sintió avergonzada al recordar que estaban interpretando una escena para irritar a Miles. Luego rió para ocultar el deseo que aquel beso había desatado en ella.
Quizá no, ¿crees que si practicamos sexo en el asiento de atrás de tu coche el mensaje será más claro?
Las palabras escaparon de su boca sin que pudiera detenerlas y en cierta medida se sintió liberada. Estaba harta de ocultarse tras una máscara.
Seguro que a mi chófer le encantaría —musitó él con picardía.
Vanessa lo miró fijamente.
Contigo, no con él.
La música, que había callado al concluir la canción, se reanudó. Con aire solemne, Zac alzó un brazo. Ella posó su mano sobre la de él, y sin decir palabra, empezaron a bailar. Zac no pudo resistirla tentación de atraerla lo bastante como para que sus pelvis se rozaran. El mundo se diluyó a su alrededor. Vanessa oía sus tacones siguiendo a su atractivo e hipnótico acompañante, que la guiaba con destreza. La belleza clásica de su rostro resultaba una máscara, perfecta e indescifrable.
Súbitamente, Vanessa sintió la necesidad de romper esa barrera y alcanzar al hombre de carne y hueso.
—Tengo que irme dijo él, de pronto, separándose de ella.
¿Por qué? ¿Dónde vas?
—A un pase privado en la Tale Gallery —Zac la miró como si dudara—. ¿Por qué no vienes?
En ese momento. Miles apareció en lo alto de la escalinata con expresión de enfado.
¡Vanessa, entra, vas a enfriarte!
Zac la miró con expresión retadora. Vanessa observó a su hermano y por primera vez en su vida vio que se sentía inseguro. Volvió a mirar a Zac y recordó las palabras de su abuela: No renuncies a la felicidad por contentar a tu familia. Ella sí la entendería.
Tomó la mano de Zac y éste le transmitió la fuerza que necesitaba.
¿Puedo ir contigo?
Cuando Zac asintió con la cabeza, ella se volvió hacia Miles. Por eso no vio el brillo triunfal que iluminó los ojos de Zac.

3 comentarios:

  1. ke largo!!
    xD xD
    me encanto el capi!!
    uy, ness se deja llevar :S
    es malo porke zac kiere acerle daño :S
    bueno pero seguro ke no le hace na XD
    o igual si y luego se arrepiente
    bueno yo ke se XD
    siguela pronto y me sacas de dudas XD XD
    bye!
    kisses!

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  2. Super... se va con zac.. o tal vez eso no es bueno haha
    es bueno sacar de quicio a los hermanos..
    me encanta que se libere vanessa, pero con zac no me convence de a mucho..
    siguela ;)

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  3. Ahh!!
    Me Encanta!!
    Uii Que Lindo Y Que Malo Es Zac !
    Hum!
    Jajaja
    Siguela!!
    Ya Quiero Saber Que Pasara !!!!
    Bye!

    Xx Erii

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