jueves, 18 de agosto de 2011

Capitulo 4



Tras pasar en coche el control de seguridad en la entrada de Wilton Square. Zac tuvo la sensación de entrar en un mundo encantado. En la oscuridad, se
atisbaba la mansión color marfil de Genevieve tras los grandes árboles. La casa estaba iluminaba y desde el interior llegaba el sonido de la música.
La fiesta había comenzado hacía más de una hora, y Zac había programado su llegada con la intención de pasar desapercibido.
En la puerta esperaba un mayordomo con levita al que Zac le dio la invitación con bordes dorados que había conseguido a través de un contacto en el Ministerio de Hacienda que le debía un favor. El mayordomo la tomó con expresión inescrutable a la vez que señalaba con la cabeza una mesa repleta de paquetes para que dejara el regalo que portaba. Zac dejó con sumo cuidado el lienzo, que había devuelto a su marco, entre los demás paquetes y siguió la dirección del ruido.
En el grandioso salón del primer piso había varios ministros, así como conocidos hombres de negocios y famosos aristócratas. El murmullo de sus voces se entremezclaba con la música que tocaba un grupo en directo.
Zac barrió la habitación con la mirada, diciéndose que aquél era el mundo al que Vanessa Hudgens estaba acostumbrada: lujoso, caro, exclusivo. Y sin darse cuenta, la buscó entre los rostros fácilmente reconocibles. En cuanto la vio, sintió el deseo despertar en él.
Lucía otro discreto y severo vestido negro, y unos altos tacones que hacían sus piernas interminables. Llevaba una bandeja con canapés en la mano y se la ofrecía a un grupo de gente de la televisión. Su rostro quedaba oculto por su sedoso cabello, pero había algo en la tensión de sus hombros y en la inclinación de su cabeza, que le hizo adivinar que no estaba a gusto. ¿Si aquél era su mundo, por qué parecía tan fuera de lugar?
¿Blini de caviar? le oyó ofrecer a un eminente locutor de televisión, quien tomó uno sin molestarse en mirarla o en interrumpir su conversación.
Zac observó.
«Suave oleaje dunas de arena locutor famoso al que le tiro los blinis en la cabeza».
Vanessa sonrió con un incómodo rictus y fue hacía otro grupo preguntándose cuándo podría retirarse a su dormitorio a leer.
«En cuanto quiera. Nadie va a echarme de menos».
Podía oír la voz de Miles, seguro de sí mismo, educado, cómodo. Como siempre, la lotería genética la dejaba perpleja. ¿Cómo podía tener un hermano tan apabullante cuando ella siempre había sido tan insegura? Se alejó de él confiando en que no la viera y así evitarse el bochorno de ser presentada a la figura política de turno con la que estuviera charlando.
—¡Vanessa, por fin! Acabo de mencionarte.
Vanessa habría querido que se la tragara la tierra, pero consciente de que no iba a tener suerte, forzó una tensa sonrisa y se volvió.
—Ésta es mi hermana pequeña, Vanessa dijo Miles animosamente al hombre de aspecto familiar que lo acompañaba.
Sonriendo educadamente, el hombre tomó un blinis.
—¿Supongo que como todos los distinguidos Hudgens serás una mujer emprendedora?
A Vanessa se le borró la sonrisa.
«Precisamente», habría querido decir. «Soy el primer miembro de la familia que ha fracasado en todo».
Justo cuando buscaba una manera más suave de expresar lo que pensaba, la delgada morena que estaba al lado de Miles, intervino.
—Vanessa es la artista de la familia. Primer Ministro. Tiene mucho tálenlo, por eso espero que, a pesar de que Miles no distingue un color de otro, nuestros hijos hereden una vena creativa
«Primer Ministro. Por eso me sonaba».
Vanessa lanzó una mirada de agradecimiento a Ashley Tisdale, la prometida de Miles. Además de tener una exitosa agencia de relaciones públicas, era guapísima, y Vanessa la consideraba una de las personas más encantadoras que conocía. Afortunadamente, porque de otra manera su belleza y su éxito habrían resultado imperdonables.
¿Qué tipo de arte haces? —preguntó el Primer Ministro.
Vanessa hizo una mueca.
Pinto mobiliario.
El Primer Ministro la miró con sorpresa. Ashley acudió de nuevo en su auxilio.
—Vanessa tiene un trabajo maravilloso en una exquisita tienda de Nolting Hill que vende antigüedades francesas —sonrió a Vanessa para animarla. El otro día pasé para ver si todavía teníais aquel fabuloso espejo, pero Celia dijo que lo habíais vendido. Me llevé una terrible desilusión.
—No te preocupes dijo Vanessa. Como está a punto de dar a luz, me ha pedido que haga el próximo viaje de compras a Francia. Voy a ir en coche a recorrer los mercados próximos a París, así que puedo buscarte uno.
Miles levantó la cabeza.
¿Que vas a ir a Francia? ¿Sola?
El aire se electrificó. Ashley posó la mano sobre el brazo de Vanessa en silencio. Vanessa se sentía como si le hubiera echado un jarro de agua fría.
—Sí, Miles —dijo, mirando al suelo con aire de mortificación.
Ya lo hablaremos en otro momento.
No es preciso. He dicho que iría, y voy a ir.
Miles se volvió hacia el Primer Ministro y dijo con una forzada sonrisa:
—Mi hermana ha estado regular. Todavía está recuperándose y necesita que alguien cuide de ella.
Fue demasiado humillante. Mientras Vanessa se esforzaba por olvidar lo sucedido, todos los demásparecían decididos a recordárselo. Sin hablar, enfurecida, giró bruscamente, con la bandeja ante sí como un arma cargada, y chocó contra alguien.
A cámara lenta, vio los blinis de caviar volar por los aires y caer a su alrededor. La bandeja, tras golpearle la cadera, acabó a sus pies, entre ella y el hombre con el que había chocado. Horrorizada, muerta de vergüenza, se agachó para recoger precipitadamente los canapés esparcidos, ansiosa por huir.
El hombre del accidente, se puso en cuclillas a su lado.
No hace faltmasculló ella, angustiada, sin alzar la vista—. Por favor no le molestes. Puedo hacerlo sola.
—Déjalo.
Su voz era grave, muy francesa, y estaba teñida de una ira apenas contenida.
Vanessa se quedó helada. Llena de aprensión, levantó la mirada lentamente. Contuvo el aliento. Ante sí tenía los brillantes y azules ojos del desconocido de la subasta.
—¿Quésusurró atropelladamente. ¿Qué haces aquí?
—Llevarte conmigo —le quitó la bandeja de las manos, la dejó sobre una mesa y tiró de Vanessa para que se pusiera en pie. Ella podía percibir a Miles a su espalda, observándola con condescendencia, avergonzado.
Vanessa no podía culparlo. Estaba en medio de la sala, al lado del Primer Ministro y numerosas personalidades, salpicada de caviar de la cabeza a los pies. Y ante el que debía ser el hombre más atractivo del planeta.
Al mismo tiempo que sentía los ojos llenársele de lágrimas, el hombre la tomó por la barbilla y la obligó a mirarlo.
De eso nada, preciosa. No vas a llorar —musitó, al tiempo que inclinaba la cabeza y le daba un beso en los labios. Por un instante. Vanessa se tensó, pero su suspiro de sorpresa se diluyó en la boca del desconocido.
La sala y sus ocupantes se difuminaron, la música se apagó, la vergüenza que sentía se diluyó. Estaba en la oscuridad, en un mundo de besos y manos en el que sólo se oía el precipitado latir de su corazón. O el de él. El de los dos
Tras un eterno segundo, él alzó la cabeza, posó la mano en la parte baja de su espalda y acercó la boca a su oído.
—Muy bien, sonríe y camina hacia la puerta.
Vanessa fue a protestar, pero él le pasó el pulgar por los labios.
—No digas nada susurró precipitadamente. Ya me darás las gracias más tarde.
Zac la siguió, y viendo la decisión con la que caminaba, le asombró el efecto que un solo beso había tenido en ella. Al imaginar lo que podría hacer durante toda una noche, sonrió para sí.
Había decidido seducir a la nieta de Genevieve Hudgens como venganza, pero empezaba a pensar que iba a resultarle demasiado placentero como para darle ese nombre. ¿Qué se sentiría al poseer una perla tan preciosa una hija de la dinastía Delacroix y luego repudiarla? ¿Sería suficiente compensación para lo que habían hecho?
En el vestíbulo, Vanessa se volvió hacia él con las mejillas encendidas y mirada centelleante.
¿Gracias? ¿Tengo que agradecerle haberme hecho esto? preguntó, mirándose a sí misma.
Con una sonrisa felina, Zac observó la blanca piel de su escote salpicada de perlitas de azabache.
—Te aseguro que es mucho mejor que ser humillada en público por un fanfarrón pomposo que te trata como a una niña.
Vanessa abrió los ojos como platos.
—¡Era mi hermano!
Zac la miró impasible.
Da lo mismo. No me gusta la arrogancia. ¿Dónde está tu dormitorio?
¿Por qué? preguntó ella, desafiante.
Zac la miró y sintió prender la llama del deseo. La perspectiva de seducirle le resultaba más y más atractiva.
Porque no me gustan las demostraciones de fuerza.
Vanessa rió y rompió parcialmente la tensión.
—Me refería a por qué preguntabas por mi dormitorio.
—Porque creo que deberías cambiarte —explicó Zac. Lentamente, para no asustarla, tomó con sus dedos unas bolitas de caviar que descansaban sobre la curva del seno de Bella y se los llevó a la boca. Luego, sin dejar de mirarla, la tomó de la mano y empezó a subir las escaleras.
En contra de lo que esperaba y a pesar de que estaba convencido de que en su interior tenía lugar una encarnizada batalla, ella no protestó. Como su abuela, el controlado exterior no llegaba a ocultar su naturaleza apasionada y rebelde. Como la Dame de la Croix.
Bella abrió la puerta de una habitación, entró y se volvió hacia él.
No sé nada de ti dijo súbitamente—. Ni siquiera sé cómo te llamas.
—Zac Efron —Zac le tendió la mano y con sorna, añadió: Millonario especulador.
—Me dijiste que no estaba del todo en lo cierto. ¿Quién eres en realidad? —preguntó Vanessa con una media sonrisa.
—Me dedico a los fondos de cobertura.
¿Qué es eso?
Que compro y vendo cosas.
¿Qué cosas?
Cualquier cosa dijo Zac encogiéndose de hombros, pero prefiero las intangibles: lluvia, calidad del aire, confianza
¿O la herencia de otras personas? —preguntó Vanessa con sarcasmo.
Si me proporciona ganancias dijo él, sonriendo. ¿Qué más? Soy francés, pero llevo cuatro años en Londres. Colecciono arte, no estoy casado y no tengo hijos. ¿Quieres saber algo más?
¿Por qué estás aquí?
Vanessa fue hacia el armario y le dio la espalda. Zac permaneció apoyado en el quicio de la puerta. No quería precipitarse. No era necesario.
Quería volver a verte dijo.
Vanessa empezó a soltarse los botones de la espalda del vestido. En la penumbra, el blanco de su piel parecía nácar.
¿Por qué?
Su franqueza tomó a Zac por sorpresa. Caminó hacia ella y la ayudó a desabrocharse.
Quería devolverte lo que te pertenece.
¿El cuadro? hubo una pausa al deslizarse el vestido de los hombros de Vanessa. Lo recogió por delante antes de volverse.
—Por supuesto.
Sobre sus altos tacones, con el vestido apretado contra el escote salpicado de caviar tenía un aspecto de fragilidad que contrastó con su tono airado:
No, gracias.
Zac disimuló su sorpresa y la miró fijamente.
¿Por qué no? Dijiste que era la casa de tu abuela.
Es demasiado caro.
Zac la observó con genuina curiosidad. Que una mujer rechazara un regalo por su precio era, en su experiencia, como si un pez rechazara el agua por exceso de humedad.
Ayer dijiste que no tenía un valor material.
Y era verdad. Pero te equivocas si piensas que todo esto dijo ella con frío desdén al tiempo que abarcaba el cuarto con un movimiento del brazo significa que soy rica y que puedes vendérmelo por un precio desorbitado tras una breve pausa, continuó: Siento decepcionarte, pero lo cierto es que no puedo permitírmelo.
Cuando acabó, alzaba la barbilla con gesto desafiante y sus ojos brillaban como ascuas. Se produjo un silencio que llenó la música de la planta baja.
Ha sido un gran discurso, pero completamente innecesario dijo Zac finalmente—. He dicho que he venido a darte el cuadro.
¿Por qué harías algo así?
El aire estaba cargado de sensualidad. A aquella distancia, Zac pudo apreciar que la hostilidad que Vanessa irradiaba tenía un alto componente de incertidumbre e inseguridad. Y después de haber visto a su avasallador hermano, no le costó adivinar la causa de su actitud.
Acarició lentamente su mejilla. Vanessa se estremeció.
—Porque lo quieres dijo, sin dejar de mirarla. Tal y como esperaba, se dio cuenta de que Vanessa apenas sí se acordaba de a qué se refería. Disimulando una sonrisa triunfal, se alejó de ella—. Lo he dejado abajo. Espero que le guste a tu abuela.
Salió y cerró la puerta tras de sí. Mientras bajaba las escaleras, contó los escalones, intentando adivinar en qué número Vanessa saldría para detenerlo.
Porque no había la menor duda de que iría tras él.
Cuando alcanzó la puerta principal y salió a la tibia noche de agosto tuvo que admitir que no era tan predecible como había calculado. Cruzó la calle lentamente. Había puesto ya la mano en la manilla del coche cuando oyó unos precipitados pasos en la escalinata de mármol. Al oír la voz de Vanessa, sonrió.
¡Espera!
Compuso una expresión de sorpresa antes de volverse.
Vanessa se había puesto un vestido corto de un vivo rojo, que flotaba o se pegaba a su cuerpo según avanzaba. La chica formal acababa de transformarse en una vibrante belleza, y el impacto dejó a Zac boquiabierto. Parecía haber cobrado vida.
Vanessa se detuvo al pie de la escalinata.
Siento haber sido tan grosera dijo con voz temblorosa—. Estoy acostumbrada a desconfiar. Por favor, perdóname.
Zac dio un par de pasos hacia ella y se quedó en mitad de la calzada.
No tiene importancia —alzó una ceja. ¿Eso es todo?
—No —Vanessa fue hacia él—. Quería darte las graciasdada la altura de sus tacones no necesitó elevarse para plantar un beso en la mejilla de Zac.
Él la sujetó por los brazos y, sin soltarla, dijo:
No debes darme las gracias. Según tú, el cuadro te pertenece.
Vanessa rió.
—No sólo por el cuadro. También por sacarme de una situación extremadamente embarazosa y demostrarle a mi hermano que ya no soy una niña.
Zac alzó la mirada hacia los ventanales del primer piso. Comprobar que Miles los observaba con desaprobación le produjo una amarga satisfacción.
Ha sido un placer.
Sólo actúa así por mi bien. Para él nunca habrá un hombre lo bastante bueno para mí.
Zac sintió náuseas. Lo bastante bueno. Los caducos principios de aquella familia que habían arruinado la vida de Julien Efron permanecían intactos.
Encantadora susurró, acariciando la mejilla de Vanessa. Al ver que se sobresaltaba, añadió—: No te vuelvas, pero nos está mirando.
Zac inclinó la cabeza y ella entreabrió los labios.
Ya era suya.
Sujetándola por la nuca, profundizó el beso. La tenía, y probar el sabor de una Delacroix era aún más dulce y fácil de lo que había anticipado.
Vanessa apoyó las manos en la solapa de su esmoquin. Se sentía como si fuera a derretirse, y el temblor que se había adueñado de ella mientras bajaba a buscarlo se diluyó en una deliciosa languidez.
Les llegó el sonido de una canción lenta y romántica e, instintivamente. Vanessa meció las caderas al compás. El deseo le ardía en la sangre. Cualquier atisbo de desconfianza había sido aniquilado. De pronto, le daba lo mismo lo que su familia pensara de ella.
Zac deslizó la boca hacia su oreja. Ella se arqueó contra él con el vello electrizado. En aquel momento sólo ansiaba dejarse llevar por su instinto.
Sintió una leve desilusión cuando Vanessa alzó la cabeza y se separó de ella unos centímetros con expresión inescrutable.
¿Crees que se habrá hecho una idea? —preguntó con sorna.
Por un instante. Vanessa se sintió avergonzada al recordar que estaban interpretando una escena para irritar a Miles. Luego rió para ocultar el deseo que aquel beso había desatado en ella.
Quizá no, ¿crees que si practicamos sexo en el asiento de atrás de tu coche el mensaje será más claro?
Las palabras escaparon de su boca sin que pudiera detenerlas y en cierta medida se sintió liberada. Estaba harta de ocultarse tras una máscara.
Seguro que a mi chófer le encantaría —musitó él con picardía.
Vanessa lo miró fijamente.
Contigo, no con él.
La música, que había callado al concluir la canción, se reanudó. Con aire solemne, Zac alzó un brazo. Ella posó su mano sobre la de él, y sin decir palabra, empezaron a bailar. Zac no pudo resistirla tentación de atraerla lo bastante como para que sus pelvis se rozaran. El mundo se diluyó a su alrededor. Vanessa oía sus tacones siguiendo a su atractivo e hipnótico acompañante, que la guiaba con destreza. La belleza clásica de su rostro resultaba una máscara, perfecta e indescifrable.
Súbitamente, Vanessa sintió la necesidad de romper esa barrera y alcanzar al hombre de carne y hueso.
—Tengo que irme dijo él, de pronto, separándose de ella.
¿Por qué? ¿Dónde vas?
—A un pase privado en la Tale Gallery —Zac la miró como si dudara—. ¿Por qué no vienes?
En ese momento. Miles apareció en lo alto de la escalinata con expresión de enfado.
¡Vanessa, entra, vas a enfriarte!
Zac la miró con expresión retadora. Vanessa observó a su hermano y por primera vez en su vida vio que se sentía inseguro. Volvió a mirar a Zac y recordó las palabras de su abuela: No renuncies a la felicidad por contentar a tu familia. Ella sí la entendería.
Tomó la mano de Zac y éste le transmitió la fuerza que necesitaba.
¿Puedo ir contigo?
Cuando Zac asintió con la cabeza, ella se volvió hacia Miles. Por eso no vio el brillo triunfal que iluminó los ojos de Zac.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Capitulo 3



G
enevieve Delacroix tenía las mejillas teñidas de un delicado rubor y sus labios se curvaban en una sonrisa voluptuosa. Reclinada en un sofá de terciopelo, estaba completamente desnuda, excepto por una gran cruz de oro con incrustaciones de piedras preciosas que colgaba de su cuello con una cinta de terciopelo rojo.
Sus azules ojos parecían descansar con interés en la espalda de Zac, que contemplaba el paisaje de Londres desde la ventana de su apartamento. A sus pies, los coches circulaban ruidosos por Park Lane y, por encima, los aviones cruzaban el intenso cielo azul con luces parpadeantes que competían con las estrellas. Pero Zac no notaba nada de todo aquello. La figura del cuadro flotaba ante él, reflejándose en la hoja de cristal.
La intuición que había tenido respecto al «encantador cuadro amateur» era correcta. Aunque no estaba firmado, el estilo y el tema. La manoir Si Laurien, le habían convencido de que era una obra de su padre.
Pero Julien Efron no era un aficionado, y de haberse dado otras circunstancias, habría llegado a ser uno de los pintores más famosos de su generación.
Bebió de un trago una copa de coñac y se giró bruscamente hacia La Dame de la Croix, la pintura que hasta aquel día había permanecido oculta bajo el cuadro de la casa en la campiña francesa.
Llevaba años buscándolo. Sus numerosos contactos en el mundo del arte no le habían servido de nada. Pero Zac siempre había conservado la esperanza, convencido de que el cuadro aparecería bajo otra de las obras posteriores de Julien. Tras varios años de pesquisas, por fin tenía ante sí el retrato de Genevieve, reposando sobre una silla de hierro, tan fresco y vivo como el primer día.
Y aunque Zac se vanagloriaba de conseguir lo que quería, no podía negar que para aquel hallazgo había tenido que intervenir la fortuna. O tal vez el karma, como pensarían algunos: había llegado el momento de que los arrogantes Hudgens asumieran sus errores. Había llegado la hora de la venganza.
Deslizó la mirada por la provocativa Genevieve. Durante todos aquellos años había creído que bastaría con mostrar el cuadro y revelar al mundo el escándalo que lo rodeaba. Pero eso ya no le parecía suficiente.
En su vida profesional se caracterizaba por sacar el máximo partido de la más mínima oportunidad. Y el destino le había proporcionado aquel día dos: el cuadro y Vanessa Hudgens. Tenía que aprovecharse de las circunstancias. El destino, la justicia, el karma, qué importaba cómo llamarlo. Cualquier nombre habría sido sinónimo de «venganza».
Los Hudgens no lo sabían, pero había llegado la hora del castigo.
Ojo por ojo, diente por diente, corazón por corazón.

Genevieve Hudgens estaba en el vestíbulo, poniendo unas exquisitas flores en un jarrón, cuando Vanessa bajó las escaleras.
Buenos días —sonrió a modo de disculpa y besó a su abuela.
Genevieve miró la hora con expresión divertida.
—Ya es casi la tarde dijo con su característica voz aterciopelada. Aunque la joven Genevieve Delacroix había dejado hacía años Francia para casarse con el distinguido y elegante lord Edward Hudgens, conservaba un fuerte acento francés—. ¿Has dormido bien?
—Sí mintió Vanessa. No tenía sentido explicar que había pasado la noche en vela y dibujando. No había conseguido capturar las facciones del desconocido de la subasta, y para cuando se dio por vencida y volvió a la cama, empezaba a amanecer—. ¿Queda mucho por hacer para esta noche?
Genevieve sacó del jarrón un lirio de tallo largo y suspiró.
Siempre surgen cosas en el último momento. Ahora recuerdo por qué no he organizado ninguna fiesta desde que tu abuelo murió.
Vanessa hizo un gesto de comprensión. Tras cincuenta años de matrimonio, su abuela había enviudado hacía dos años.
¿Te resultará espantoso hacerlo sin él?
¿Espantoso? Para nada dijo Genevieve sin titubear, dando un paso atrás para contemplar el ramo.
Vanessa pensó, como tantas otras veces, que apenas la conocía. Hasta hacía cinco meses, no había sido más que una figura remota, elegante y silenciosa, al lado de Edward Hudgens, un hombre carismático y lleno de fuerza. Sólo en los últimos meses, cuando Miles insistió en que fuera a vivir con ella tras el episodio de Dan Nightingale, había empezado a descubrir a la persona que se ocultaba tras la impecable fachada. Y le gustaba.
—Es una pena que tus padres no puedan asistir dijo Genevieve, ajustando una rama. Tu madre ha llamado. Parece ser que la crisis diplomática se ha agudizado.
Vanessa se avergonzó de sentirse aliviada. Acostumbrada a ser el miembro invisible de la exitosa y enérgica familia Hudgens, le incomoda la atención de la que era objeto desde el suceso con Dan Nightingale, y llevaba días dominada por un sentimiento de aprensión ante el inminente encuentro con sus padres, a los que no había visto desde entonces. La tensa preocupación que Miles manifestaba por ella ya era suficiente.
Supongo que están muy desilusionados dijo.
Genevieve se encogió levemente de hombros.
—Ya conoces a los hombres Hudgens. El trabajo es lo primero. Pero dudo que los echemos de menos. Por cierto, ¿sabes qué vas a ponerte?
El rostro de Vanessa se iluminó.
—La verdad es que tengo un vestido precioso quecompré en el mercado de Portobello el otro día. Es rojo brillante y la parte de abajo está bordada con flores fucsia, lentejuelas e hilo de oro, que acompañó sus atropelladas palabras con un amplio moviendo de las manos en el aire tiene el largo perfecto y unas preciosas mangas dejó la frase en suspenso.
Debe ser fabuloso,Nessa.
Sí —dijo Vanessa, súbitamente mortecina—, pero será mejor que me ponga tu Balencíaga negro.
Genevieve arqueó las cejas con sorpresa.
—¿Por qué?
—Supongo que Miles preferirá que mantenga un perfil discreto. Después de lo que ha pasado —Vanessa tomó una rama que su abuela había descartado y empezó a deshojarla nerviosamente.
—Vanessa, no puedes pasar la vida intentado ser como tu hermano quiere que seas dijo su abuela en tono preocupado.
Vanessa sonrió con tristeza.
No, pero al menos así no crearé problemas. Ya ves lo que pasó cuando insistí en vivir mi vida tal y como quería.
¿Tan malo es cometer un error? —preguntó su abuela con dulzura.
Vanessa se puso seria.
Teniendo en cuenta que el escándalo podía haberle costado el trabajo a mis padres, sí dijo con voz queda. Sin darse cuenta, había dejado la mesa de mármol salpicada de hojas—. No quiero empeorar aún más las cosas para Miles. Las elecciones están cerca y lo último que necesita es que la cabeza hueca de su hermana haga algo imprudente.
Pero, ésta es una fiesta de cumpleaños privada, no un mitin político de Miles. Puedes ponerte lo que quieras.
Lo sé, pero tienes que reconocer que tienes amigos muy importantes. Es mejor que pase lo más desapercibida posible —lanzó una risa seca—. De hecho, lo mejor sería que no asistiera.
Había reunido todas las hojas en un montoncito.
Genevieve posó una mano sobre las de ella.
Para, Vanessa
—Lo siento No es que no quiera asistir, pero tienes que admitir que soy una rémora dijo Vanessa,forzando una sonrisa. Hasta a Ashley, que es un genio de las relaciones públicas además de un ser maravilloso, le resultaría difícil convertir en un talismán político a una fracasada estudiante de arte y paciente ideal de cualquier psiquiatra.
¡Oh Vanessa! —suspiró su abuela—. ¡Ojalá fueras capaz de darte cuenta de todo el talento que tienes!
Para el artdijo Vanessa con gesto serio. Y esa vía ya no va a poder ser explorada debido a
Genevieve la interrumpió.
No sólo para el arte. Comprendes a la gente y no te dejas engañar por las apariencias. Eres capaz de amar apasionadamente.
Vanessa rió con amargura.
—Miles diría que eso es más negativo que positivo.
¡Pues no le creas!
La rabia contenida que Vanessa percibió en su abuela la desconcertó. Sus palabras reverberaron unos segundos en el gran vestíbulo, ascendiendo por la escalera, rebotando en la porcelana y la plata. Genevieve le tomó las manos.
No quiero que renuncies a la felicidad por contentar a tu familia. Por favor, prométeme que no lo harás. No cometas el mismo error que yo.