martes, 7 de febrero de 2012

Capitulo 10

—¡Tienes que estar equivocado! —exclamó Vanessa, horrorizada. Había algo siniestro e insolente en el tono de Zac.
—Me temo que no. ¿Quieres pruebas? ¿Documentos?
—No, me refiero a las condiciones de mantenimiento de la casa. Mi familia jamás…
—¿Qué? ¿Se aprovecharía de su poder?
Vanessa intentó reír con sarcasmo.

—No seas tan melodramático. Jamás obligarían a nadie a vivir de una manera tan primitiva —sonrió complacida al pensar que había actuado tan correctamente como habría esperado de Ashley—. Déjalo en mis manos. Iré a Le Manoir a hablar con mi tío y lo arreglaré todo. Ahora, si me disculpas, voy a vestirme…
Pasó con decisión junto a él, confiando en hacer una salida digna, pero había olvidado que Zac sujetaba el extremo de la cinta que ceñía sus pantalones a la cintura. Al avanzar, sintió un tirón y su trasero quedó expuesto. Con una exclamación, se los subió precipitadamente, sin saber si era más humillante que Zac la hubiera visto o la total indiferencia que mostraba.
—Buena idea —dijo él, alejándose de ella para servirse más café—. Salimos en medía hora.
—¿No vas a venir conmigo? —preguntó Vanessa.
—A ver a qtu tío, no. Pero tengo que visitar a mi padre en el hospital, y puesto que Louis me trajo ayer de París, no tengo coche —miró a Vanessa con desdén—. Tendrás que llevarme tú.
Vanessa sabía que no podía negarse, así que, sin molestarse en contestar, subió las escaleras maldiciendo entre dientes.

Media hora más tarde, al dirigirse al coche con una cesta llena de las ciruelas que había recogido por la mañana, Vanessa se dijo que «no poder negarse», no significaba tener que hacerle la vida fácil a Zac. Así que, a pesar de que el cielo estaba cubriéndose de amenazadoras nubes, decidió descapotar el coche y confiar en que el ruido hiciera imposible la conversación.
Zac salió de la casa consultando su Blackberry. Al alzar la vista y ver a Vanessa esperarlo con gesto de aburrimiento, se paró en seco y dijo, sarcástico:
—¿Eres consciente del frío que vamos a pasar con la capota bajada?
—Me da igual —dijo Vanessa, aunque sabía que tenía razón y que, sin su abrigo, que había dejado a Julien Efron, la falda y el jersey que llevaba no iban a ser lo bastante calientes. Sin embargo, prefería morir de hipotermia que dar la razón a Zac. Sonrió con superioridad—. ¿Podemos irnos ya? (QUE VIVA EL ORGULLO! xD)

El hospital estaba a unos veinte minutos y tras un trayecto en el que no se dirigieron la palabra, Vanessa dejó a Zac en la puerta. Luego aparcó bajo un árbol y mordisqueó una de las ciruelas de la cesta que Zac no se había molestado en entregar a su padre. Tal y como había predicho, la temperatura había bajado considerablemente, y Vanessa pegó las rodillas al pecho para entrar en calor.
—¿Estás cómoda?
Vanessa alzó la mirada, sobresaltada, y vio a Zac. Sonrojándose, se secó el jugo de ciruela que le caía por la barbilla.
—Te has dado prisa. ¿Después de doce años te han bastado diez minutos con tu padre?
Zac abrió la puerta para dejarle bajar.
—Mi padre quiere conocerte.
Por su tono de voz y su lenguaje corporal al precederla hacia el hospital. Vanessa dedujo que a Zac no le agradaba la idea. Lo siguió en silencio hasta casi chocar con él cuando se detuvo ante una puerta.
Con gesto adusto y el entrecejo profundamente marcado, Zac pareció a punto de decir algo, pero se limitó a abrir la puerta e indicarle que pasara.

Julien Efron estaba recostado sobre las almohadas. Estaba menos demacrado; su piel había recuperado un tono tostado. Su rostro cansado se iluminó con una amplia sonrisa al ver a Vanessa y, por un instante, ésta creyó ver en él el aspecto que Zac tendría si consiguiera relajarse; si dejara de estar permanentemente enfadado.
—Mademoiselle Hudgens. Tengo tanto que agradecerle…
Vanessa se acercó con una tímida sonrisa.
—Por favor, llámame Vanessa. Julien rió aunque sus ojos reflejaban dolor. —Sí, yo también lo prefiero —dijo, y le tendió la mano.
Vanessa, percibiendo la hostil y retadora mirada de Zac, vaciló una fracción de segundo, pero, manteniendo la sonrisa, tomó la mano del anciano.
Tenía la piel fina y pegada a los huesos, enrojecida, como si no tuviera carne. Vanessa la sostuvo con delicadeza.
—Estoy encantada de que te encuentres mejor —dijo dulcemente—. He traído unas ciruelas de tu jardín. Espero que no te importe.

Había sido un error. Un gran error.

Zac aceleró el paso por el corredor y metió los puños en los bolsillos.
Tenía que haber dejado a Vanessa en el coche. Aquello no podía convertirse en algo personal. Se sentía como si se acabaran de abrir canales de comunicación entre los compartimentos estanco de su vida.
Julien se había quedado completamente hechizado, y lo irónico de la situación era tan cruel que le atenazaba la garganta. El abismo que lo separaba de su padre era tan hondo, tan infranqueable, por culpa de las desdichas causadas a su familia por los Hudgens… Y, sin embargo, ella aparecía y acariciaba el dolorido corazón de un anciano con una sola sonrisa.
Ni siquiera podía culparlo. Una sonrisa de Vanessa podía causar el mismo efecto que un exquisito coñac. Recordó el instante en que su padre alargó una de sus rudas manos y Vanessa se la tomó entre las suyas, tan pálidas y delicadas.
Notó sus dedos cargados de tensión. De tensión y resentimiento. Julien no habría sido tan amable de haber sabido que Vanessa pretendía quitarle su amado cuadro, pensó con rencor.
Al abrirse las puertas de salida respiró profundamente el fresco aire.
Vanessa lo miró de soslayo. La ternura de sus ojos se diluyó al encontrarse con la obvia animadversión que manifestaba.
—Gracias por haberme dejado venir —dijo en voz baja.
Su exceso de cortesía encolerizó a Zac.
—No lo he hecho porque quisiera —masculló—. No tenía coche, así que ha sido más una cuestión de necesidad que de generosidad.
Caminaban hacia el coche. Cuando lo alcanzaban, una ráfaga de aire formó un torbellino de hojas que cayeron sobre los asientos del MG. Vanessa tuvo un escalofrío.
—No tenías por qué decirle que estaba aquí —dijo, titubeante.
Zac chasqueó la lengua despectivamente.
—Ya ves lo lejos que te lleva un poco de calculado encanto femenino. Buen trabajo, señorita Hudgens. Una mirada de esos ojos azules, un parpadeo de tus largas pestañas y cincuenta años de animosidad y dolor se desintegran.
Vanessa se quedó paralizada mientras la adrenalina le recorría las venas y la furia teñía su rostro.
—¿Qué querías que hiciera, Zac? ¿Qué entrara como una gran dama honrando con su visita al humilde campesino? —Vanessa se inclinó hacia Zac. De pronto la ira que la había poseído, fue reemplaza por una amenazadora calma—. ¿Eso es lo que te gustaría, no es cierto? No te gusta estar equivocado, y supongo que estás acostumbrado a que la gente haga cualquier cosa con tal de complacerte. Quizá debería limitarme a simplificarte la vida actuando como la zorra que crees que soy.
Y de un solo movimiento. Vanessa abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Excepcionalmente, el motor arrancó a la primera. Lo aceleró al máximo.
—¡Vanessa!
Zac intentó detenerla, pero ella quitó el freno de mano y dio marcha atrás para quitarse de su alcance, luego, con un chirrido de las ruedas, giró y fue hacía la salida del aparcamiento.
Zac se quedó inmóvil hasta que el sonido del motor se perdió en la distancia.
Antes de conocer a Vanessa, ninguna mujer lo había dejado plantado. Ella lo había hecho dos veces, pero Zac se juró en aquel instante que no lo haría una tercera.

En menos de veinte minutos la ayudante personal de Zac en Londres le enviaba un Aston Martin. Al entregárselo, el conductor intentó explicarle algunas características del sistema de navegación informatizado, pero Zac tenía demasiada prisa como para prestar atención.
Condujo a toda velocidad, en tensión. A su paso, las hojas se arremolinaban formando pequeños tornados. Acelerando a lo largo del muro de piedra que marcaba los límites de la propiedad de La Manoir de St Laurien, Zac asió con fuerza el volante al aproximarse a la verja de entrada.
Un segundo más tarde, salía por ella un MG rojo que, sin apenas detenerse para comprobar que el camino estaba libre, tomó la carretera a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de humo. Y colocándose en el carril de la izquierda. El carril inglés.
Zac dejó escapar un juramento en francés y aceleró. El MG no podía competir con él y, aun así, Zac vio horrorizado el punto al que llegaba la aguja del velocímetro. Con la vista fija en Vanessa, como si con ello pudiera protegerla, buscó con los dedos las luces o bocina para advertirla de su error, pero el diseño minimalista del salpicadero tenía más en cuenta la estética que la funcionalidad.
La furia y la frustración lo invadieron a partes iguales. Dando un volantazo a la derecha se situó al lado de ella para indicarle que se desplazara al otro carril. Ignorándolo, Vanessa mantuvo la mirada al frente. Clavaba la barbilla en el pecho con gesto de determinación; el viento le alborotaba el cabello. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

Seguía tan enfadada con él que no era consciente de estar conduciendo en el lado equivocado de la carretera.
Zac sintió pánico. Aceleró y la adelantó sin dificultad, confiando en que si se cambiaba de carril, Vanessa se daría cuenta de lo que sucedía. Pero al mirar por el retrovisor vio que permanecía en el sentido equivocado. Hacia delante, la carretera subía hacia un cambio de rasante. Zac aceleró tanto que el velocímetro empezó a vibrar. Al llegar a lo alto de la colina, ojeó el horizonte.

Un camión ascendía pesadamente desde el otro lado, de frente a Vanessa Su viejo coche quedaría aplastado. No sobreviviría al impacto.
Sin pensárselo dos veces, Zac dio un volantazo y, con el corazón en la garganta, se pasó al carril por el que se aproximaba el camión justo a tiempo de ver la cara de horror del conductor que, con un volantazo simétrico, lo esquivaba a la vez que tocaba el claxon prolongadamente. Los dos vehículos se cruzaron a apenas unos centímetros de distancia en el preciso momento en que el MG aparecía en lo alto del cambio de rasante, tras el Aston Martin.
El conductor del camión volvió a su carril sin dejar de tocar el claxon.
Con el corazón acelerado, Zac se desvió hacia el arcén y detuvo el coche. Vanessa lo imitó y le vio bajarse del coche con expresión de ira. Él abrió la puerta y le hizo salir, tirándole del brazo. Su voz vibraba como un cable a punto de romperse.

—¡Podías haberte matado!
—Y a ti qué más te da —dijo Vanessa articulando cada palabra lentamente.
Zac le clavó los dedos en el brazo y por una fracción de segundo, Vanessa temió que fuera a pegarla. En lugar de eso, la soltó bruscamente y se pasó la mano por el cabello con gesto de exasperación.
—¿Habría arriesgado la vida por salvarte si me diera lo mismo? —preguntó en voz baja.
Vanessa se cruzó de brazos. Podía sentir el corazón golpeándole el pecho.
—No lo sé —replicó, airada—. Teniendo en cuenta cómo me odias, no sé por qué lo has hecho —concluyó, dándole la espalda.
—Yo no te odio.
La voz de Zac le llegó como si estuviera muy lejos, sin que llegara a penetrar la niebla que enturbiaba su cerebro. Philippe Delacroix no estaba en su sano juicio, y el breve tiempo que había pasado en la deteriorada y oscura Le Manoir le había resultado aterradora y extraña a partes iguales, pero al menos había averiguado muchas cosas. «Por ejemplo, por qué su abuela se había mostrado tan comprensiva tras lo ocurrido con Dan Nightingale».
Mirando en la distancia y con el tono más neutral del que fue capaz, dijo:
—No me habías dicho que tu padre era artista, Zac.
—¿Por qué será? —dijo él con sarcasmo.
—¿Quizá porque podría haber averiguado que hace años pintó un cuadro de mí abuela con el que pretendía arruinar su reputación y la de su familia? —dijo Vanessa con una mezcla de ira y abatimiento.
Zac la tomó por los brazos y la obligó a girarse.
—¿Qué te ha dicho el bastardo de Delacroix?
Vanessa dejó escapar una risa amarga.
—Así que no lo niegas…
—¿La existencia del cuadro? No. Tú sabes tan bien como yo que existe —dijo él entre dientes—. Por eso estás aquí. Por eso nos conocimos.
Vanessa lo miró atónita.
—¿Cómo? No es verdad… Yo pensaba que…
No pudo seguir. Cómo decir algo tan ridículamente sentimental como que era el destino el que los había hecho coincidir.
Zac le clavó los dedos en el brazo.
—Siempre has sabido de la existencia del cuadro; lo estabas buscando.
Vanessa trató de zafarse de él, pero no lo consiguió.
—Jamás lo había oído nombrar. De haberlo sabido, jamás te habría tocado —dijo con inquina—. Sé muy bien lo que se siente al ser explotada en nombre del arte. Lo he experimentado yo misma.
Zac se quedó paralizado.
—¿A qué te refieres?
En la mirada que Vanessa le dirigió, vislumbró un profundo dolor.
—Por eso dejé Bellas Artes —Vanessa se estremeció antes de seguir—. En mi caso no fue un cuadro, sino fotografías… desnuda, proyectadas sobre titulares de periódicos del tiempo en que mi abuelo era ministro; ampliadas en grandes pantallas de seda —cada palabras parecía abrir una herida—. Muy moderno, muy ingenioso… Y una total humillación para mí.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Zac con voz ronca.

2 comentarios:

  1. O_O me dejaste en shock..
    pobre Vanessa lo que le paso...
    y Zac en lugar de herirla debe ayudarla...
    espero que al menos la ayude y deje de ser tan mierda...
    siguela..
    ;)

    ResponderEliminar
  2. si tio, ke viva el orgullo!!!
    XD XD XD
    esta niña es una suicida!
    no le basta con morirse de frio ke tb kiere ke la aplasten con un camion! XD XD XD
    y zac va y arriesga su vida por salvarla, coño dile ya ke la kieres!!
    bueno siguela pronto ke me e kedao ahi con una duda muy grande
    a ver kien a echo lo de las fotos esas
    gracias por comentarme!
    bye!
    kisses!

    ResponderEliminar