Vanessa estaba en la cocina cuando Zac volvió de los establos.
—¿Era ése el caballo de tu padre? —preguntó sin dejar de aclarar las ciruelas en el fregadero.
—Sí —dijo Zac, evitando mirarla—. He llamado a los vecinos más próximos esta mañana. Duva, el más cercano, lo ha encontrado pastando con sus vacas. No parece herido.
—Me alegro —tras una pausa. Vanessa preguntó—: ¿Y por lo de esta mañana?
—No ha sufrido ningún daño —dijo Zac, cortante.
Pero mentía. Quizá el caballo estaba intacto, pero él, no. La expresión de Vanessa durante unos segundos, tan frágil, tan… abatida. Le había hecho atisbar una vulnerabilidad en ella que se había convertido en desprecio hacia sí mismo.
Pero no quería pensar en ello. No quería que Vanessa le importara. Sólo quería exorcizar los demonios del pasado, mirar al futuro.
Sacó unos huevos de la despensa y fue al jardín para recoger algo de tomillo. El intenso olor invocó al instante tristes imágenes de él y Julien comiendo, la atmósfera de abandono y soledad de su infancia.
Esa era la expresión que había visto en el rostro de Vanessa.
Apartó de sí aquel pensamiento reprendiéndose por ser tan sentimental y obligándose a pensar que lo que realmente le había preocupado era que, una vez más, la había encontrado sexy y adorable y que había estado a punto de besarla.
Recordó el instante en el que la había visto en el salón de subastas, y cómo había asumido que sería otra más. Una mujer con la que coquetear y a la que olvidar en cuanto saliera de su cama.
Pero los dioses parecían haberse conjurado para poner a Vanessa en su camino y castigarlo por su arrogancia. Y la odiaba por despertar en él el anhelo de romper las barreras que tanto tiempo le había costado erigir para defenderse del mundo exterior.
Vanessa puso la mesa mientras Zac preparaba unas tortillas con hierbas aromáticas. Llevaba una camisa azul celeste abierta sobre una camiseta blanca con cuello de pico que dejaba ver el arranque de su pecho. Y Vanessa sintió al instante el impulso de tocarlo. El sol iluminaba sus brazos mientras cocinaba, y el oscuro vello que los cubría adquiría tonalidades cobrizas, dándole el aspecto de una perfecta estatua que hubiera sido dotada de vida.
Vanessa sacudió la cabeza preguntándose qué le pasaba. Fuera por lo mal que había dormido o por lo cerca que se había sentido de la muerte, lo cierto era que se sentía peculiarmente consciente de su propio cuerpo, del latir de su corazón, de la ropa rozándole la piel. Y lo peor era que le sucedía lo mismo con el cuerpo de Zac,cuya presencia parecía llenar cada rincón de la casa.
Todos sus movimientos transmitían seguridad. Daba lo mismo que vistiera un inmaculado traje en medio de la ciudad, o una camiseta informal en el campo. Era camaleónico, y cualquier espacio parecía convertirse en su hábitat natural.
Zac se volvió y, mirándola, puso una perfecta tortilla sobre su plato.
—Gracias —dijo Vanessa. Y se ruborizó al ser sorprendida observándolo.
Zac se sentó enfrente y ella sintió un súbito ataque de timidez ante la peculiar intimidad de la escena, que contrastaba con la atmósfera sombría que se había creado entre ellos.
—Así que… —empezó, ansiosa por romper el silencio—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí?
—Me marché hace doce años y no había vuelto, pero está exactamente igual que cuando me fui —dijo Zac al tiempo que dirigía una mirada a su entorno.
—¿Esperabas que hubiera cambiado?
Zac clavó una intensa mirada en Vanessa que le hizo sentirse desnuda.
—No. Aquí no ha cambiado nada desde hace siglos. Por eso me fui —dijo en un tono desafiante que confundió a Vanessa.
—Hay mucha gente a la que le gusta que las cosas sean inmutables —dijo, desviando su mirada al café para disimular su incomodidad.
—Todo depende de dónde le sitúes —dijo Zac con una ferocidad que la hizo estremecer—. Te gusta si eres quien ejerce el poder, quien toma las decisiones.
—¿Qué quieres decir?
—Los pueblos como St Laurien siguen siendo feudales. Una minoría acapara el poder y la riqueza, y eso puede causar problemas.
—¿Envidia? ¿Resentimiento? —preguntó Vanessa.
Zac la miró con desprecio.
—Supongo que piensas que los campesinos deben saber qué lugar ocupan y no tener aspiraciones.
—¡No! —la brutalidad en el tono de Zac indignó a Vanessa quien se puso en pie y empezó a recoger la mesa—. ¡No he dicho eso! Yo sólo creo que las familias deben permanecer unidas, que necesitas saber que puedes contar con los tuyos.
—¿Igual que tú sabes que puedes contar con tus padres?
Vanessa se quedó paralizada. Luego alzó la barbilla y llevó los platos al fregadero.
—No es lo mismo —dijo finalmente—. Mi familia tiene muchas responsabilidades. Es parte de lo que son y de lo que han de hacer.
A su espalda, oyó a Zac reír con sarcasmo.
—¿Muchas responsabilidades? —repitió con desdén—. ¿Quieres decir que están tan ocupados con los demás que no tiene tiempo para ti?
—Puede que sí —Vanessa abrió el agua caliente—, pero no me importa. Estar en el mundo de la política significa poner el interés de la comunidad por encima del propio.
En lugar de responder, Zac fue hacia ella. Su proximidad hizo que el vello de Vanessa se erizara.
Con una exagerada lentitud, dejó su taza en el fregadero. Ella alzó la mirada y al ver la expresión hostil de su rostro, se le heló el corazón.
—¿De verdad crees eso? —preguntó él con sorna.
—Desde luego. Son así porque nacieron para ello.
Tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo por mantener un tono calmado, ya que Zac estaba tan pegado a ella que podía ver los destellos dorados de sus ojos y el pequeño frunce de las comisuras de sus voluptuosos labios. Apartó la mirada bruscamente y la volvió hacia el fregadero. Sin darse cuenta, acariciaba el borde de la taza en la que él acababa de beber.
Afortunadamente, Zac se separó de ella en aquel instante y, al poder respirar, el deseo fue sustituido por la ira.
—Puedes criticar a mi familia —dijo entre dientes—, pero al menos nosotros permanecemos unidos. En cambio tú, abandonaste a tu padre y nunca te has ocupado de él.
—Te equivocas —dijo Zac con acritud—. Que no haya vuelto no quiere decir que no haya permanecido en contacto.
—Ya veo lo bien que cuidas de él —Vanessa se volvió con ojos centelleantes—. Si no me equivoco tú eres millonario… —miró a su alrededor—, y ésta es la casa de un campesino.
Una amenazadora sombra oscureció el rostro de Zac. Cruzándose de brazos y apoyado en la chimenea, preguntó, retador.
—Puede que ésta no sea mi casa ideal, pero sí es la de mi padre. Ha elegido vivir así. No quiere marcharse.
—Está bien —dijo Vanessa dejando escapar un suspiro de impaciencia—. Entiendo que no quiera marcharse porque es un lugar maravilloso, pero, ¿tanto te costaría introducir algunas comodidades en su vida? No sé, quizá podrías prescindir de alguno de tus picassos e instalarle calefacción central.
—No es cuestión de dinero.
—Comprendo —Vanessa le dio la espalda y farfulló—: Así que podrías ayudarlo pero has decidido no hacerlo.
De pronto la tensión que se respiraba en el aire se hizo casi palpable. Vanessa esperó con el corazón palpitante, preguntándose si había ido demasiado lejos.
—Comprendo —Vanessa le dio la espalda y farfulló—: Así que podrías ayudarlo pero has decidido no hacerlo.
De pronto la tensión que se respiraba en el aire se hizo casi palpable. Vanessa esperó con el corazón palpitante, preguntándose si había ido demasiado lejos.
Zac se separó lentamente de la chimenea y fue hacia ella. Su rostro reflejaba una mezcla de tedio y picardía.
—¡Ojalá la vida fuera tan simple!
—¿Qué quieres decir? —tartamudeó Vanessa.
—Sigues sin entenderlo, ¿verdad? —dijo Zac y como si hablara con una niña a la que le costara comprender, continuó—: Mi padre no es dueño de la casa, sólo es un inquilino.
—¿Y no podrías comprársela?
Zac rió con amargura.
—He perdido la cuenta del número de veces que lo he intentado. La última vez ofrecí el doble de lo que me costó el apartamento de Londres. No está a la venta.
Zac se quedó delante de Vanessa quien miró al suelo y dejó que el cabello le sirviera de barrera defensiva. Antes de hablar necesitaba que las mariposas que revoloteaban en su estómago por la proximidad de Zac se posaran. Pero cuando creía estar a punto de conseguirlo, una corriente eléctrica la sacudió al retirarle él el cabello detrás de la oreja y rozarle, al hacerlo, el cuello.
—Por otro lado —continuó Zac—, el contrato prohíbe cualquier reforma sin permiso previo. Y, curiosamente, siempre nos lo niegan.
Respirando profundamente. Vanessa pensó en Ashley y trató de imaginar qué diría ella, siempre tan sensata, en una situación como aquélla.
—No es justo —dijo con voz, temblorosa—. Sea quien sea el dueño, su deber es mejorar las condiciones de la casa. Debe tener una obligación legal.
Los ojos de Zac brillaron con un perverso destello a la vez que tiró de la cinta del pijama de Vanessa a hacia él.
—Yo pienso lo mismo.
La respiración de Vanessa se aceleró. Zac la observaba con una expresión que no supo analizar, pero que estaba cargada de sensualidad.
—Entonces deberías hablar con los dueños y quejarte.
—Eso estoy haciendo en este mismo momento —dijo él casi en un susurro—. La casa es propiedad de St Laureen, que a su vez pertenece por partes iguales a las familias Delacroix y Hudgens.
O_o Omg
ResponderEliminarla casa es de la familia de Vanessa?
hahahahha
como quedara VAnessa?
quiero ver que pasa...
Zac es un idiota, pero tiene sus porque...
siguela
esta super..
me ha encantado el capi
;)
ala ala ala!!!
ResponderEliminarke fuerte!
ke fuerte!
ke fuerte!
la casucha esa es propiedad de la familia de ness!!
el destino los kiere juntos si o si XD XD
ya kiero ver como sigue!!!
publica pronto!!!
gracias por pasarte por la mia!
bye!
kisses!