Comieron delante del fuego, en el suelo, en una atmósfera tranquila y silenciosa.
Vanessa dejó el plato a un lado con un gran suspiro y apoyó la espalda en el sofá.
—Estaba delicioso, gracias. Yo no sabría por dónde empezar. Especialmente para elegir los hongos. ¿Cómo sabes que son comestibles?
Zac se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo he supuesto.
Vanessa lo miró con los ojos desorbitados.
—¡Dios mío, Zac, pueden ser venenosos! ¿Cómo has podido…? —dejó la frase en el aire al ver la sonrisa que bailaba en los ojos de Zac—. Me estás tomando el pelo.
—Pues claro, ¿no ves que crecí aquí? Puedes vestir al chico de campo de hombre de ciudad —dijo con sorna—, pero no puedes erradicarlo.
Vane se inclinó hacia él y Zac le hizo sitio para que apoyara la cabeza en su pecho. La sensación era tan placentera, que Vane casi no se atrevía a respirar por miedo a romper el encantamiento.
—Tienes razón. Lo intuí en cuanto le vi en la sala de subastas.
—¿Qué? ¿Que era un campesino? —preguntó él, sonriendo.
—¡No! Tu…naturalidad. Luego pensé que eras un hombre solitario… Ahora sé que eres un superviviente, que puedes adaptarle a cualquier situación y que no necesitas a nadie.
Hubo una pausa prolongada en la que sólo se oyó el crepitar del fuego.
—Puede que sí —dijo finalmente Zac.
Apretando a Vanessa contra sí, se pasó la mano libre por el rostro. Luego, le tomó la muñeca y acarició la cicatriz que, a la luz de las llamas, parecía una fina pulsera.
—Tú también eres una superviviente —dijo con voz ronca—. ¿Qué pasó?
Vanessa se tensó durante una fracción de segundo. Luego suspiró profundamente y empezó:
—Una mezcla de vergüenza, culpa, sentimiento de humillación —dijo con una risa seca—. ¿Quieres que siga?
—Sí, pero empieza por el principio —Zac aspiró el aroma a jazmín que emanaba de su cabello. La idea de que hubiera sufrido le resultó casi insoportable.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —dijo ella—. Siempre me he sentido la oveja negra de la familia. Miles era listo y ambicioso, mientras que yo no encajaba.
Zac le acarició el brazo esperando a que siguiera.
—Lo único que me interesaba era hacer Bellas Artes. Mis padres querían que hiciera algo sensato, pero por una vez en mi vida, luché por lo que quería y lo logré. ¡Me sentí tan libre! —Zac pudo percibir una sonrisa en sus labios. Luego, en tono de amargura, añadió—: Hasta que apareció Dan Nightingale, el artista atrevido, siempre rodeado de modelos y músicos. Una tarde me invitó a tomar una copa.
—¡Qué listo! —murmuró Zac, odiando al hombre aun sin conocerlo.
—¡Me sentí tan halagada…! Jamás se me pasó por la cabeza que lo que le interesara fuera mí apellido. Era mi primer novio y me enamoré locamente de él. Hasta que…
Un escalofrío la sacudió y Zac incrementó la presión de su brazo, como si con ello pudiera protegerla.
—¿Era el tipo de la Tate, verdad, el que expuso tus fotografías?
—Así es —dijo Vane sarcástica—. Resultó que lo que quería era utilizarme para crear una pieza provocadora. Como para el resto del mundo, para él yo no era nadie, sólo un apellido: Hudgens —rió con rabia—. Aprendí la lección y me obligó a enfrentarme a la verdad que llevaba negando toda mi vida.
—¿Cuál?
—Que haga lo que haga para convertirme en mí misma, siempre seré la nieta, la hija o la hermana de alguien.
Zac sintió una opresión en el pecho. Quería gritar que se equivocaba, pero las palabras se congelaron en su garganta. Después de todo, ¿no era él culpable de eso mismo?
—Cometí una estupidez —continuó Vanessa—. Me sentía tan mal que quise hacer mí dolor visible. Apenas recuerdo nada, excepto el instante en que confirmé que la exquisita sangre Hudgens era igual a las demás. Luego, Miles apareció y se ocupó detodo.
En el hogar sólo quedaban unas brasas. Zac se irguió para avivarlas y al sentir el dolor de la espalda quiso concentrarse en él como si con ello expiara sus culpas.
—Le debo una disculpa a Miles —dijo, apretando los dientes—. Lo juzgué erróneamente.
Como a ella. Bella suspiró.
—Sé que está obsesionado con controlarlo todo, pero se preocupa sinceramente por mí. De no ser por él, no estaría aquí.
—Entonces, debo darle las gracias —dijo Zac con voz ronca.
Echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el asiento del sofá y cerró los ojos.
Todas sus certezas estaban siendo pulverizadas. Instintivamente, había odiado a Dan Nightingale al verlo con Vane. Pero lo peor era reconocerse en él.
Cuando Nessa despertó era de día y supo, al instante, que Zac no estaba a su lado. Se incorporó con cara somnolienta y lo buscó en el espacio vacío que quedaba en la cama. Pero las sábanas estaban frías. Se levantó y bajó con el corazón en un puño. En el piso inferior se proyectaban las sombras de la luz del amanecer. Aguzó el oído. Nada.
Entonces, al mirar hacia un lado, creyó percibir movimientos tras una puerta entreabierta. Se acercó de puntillas. Frente a la ventana, Zac miraba las capas de neblina que, como velos, se superponían en los campos. Iba en vaqueros, pero tenía el torso desnudo, y su actitud hizo pensar a Vanessa en la noche en que lo había visto recortado contra las luces de Londres, en su apartamento.
Sin pensárselo, caminó hasta él y le rodeó la cintura por la espalda.
—¿Qué haces? —preguntó en un susurro.
—Tengo que irme —dijo él en tono distante. Se deshizo con firme suavidad de sus brazos y la miró de frente—. He de ir a París por un asunto relacionado con esto.
Fue hacia una cómoda y tomó lo que parecía un rollo de tela rígida. Impasible, Olivier se la mostró: La Dame de la Croix.
Era tal y como Zac se la había mostrado el día anterior. Por un instante el tiempo se paralizó y Nessa no supo si se miraba a sí misma a los ojos o a los de su abuela.
—¡Zac,es maravilloso!
—Así es —se limitó a decir él.
—¡Y aún más maravilloso es que lo hayas encontrado después de tantos años y que lo hayas traído!
—Y que le haya encontrado a ti al mismo tiempo.
—Por azar o por el destino —dijo ella con dulzura—. Siento que ese mismo destino haya hecho que mi familia les hiciera daño.
—También tú has sufrido, pero ya se acabó. Forma parte del pasado.
La determinación en sus palabras hizo que sonaran más como una promesa que como una simple afirmación. Vane hubiera querido que la tomara en sus brazos, sentirse segura de nuevo, pero Zac se alejó y se puso la camisa.
Ya vestido, fue como si se distanciara de ella, como si ya hubiera partido.
Mientras se alejaba a toda velocidad con los labios aún calientes del último beso de Vanessa, Zac sintió crecer la impaciencia en su interior. Apenas se había marchado y ya quería estar de vuelta. En casa. Un sentimiento que jamás había pensado llegar a tener.
La noche anterior, con Vanessa apoyada en su pecho, había atisbado una paz que jamás había sentido antes. Por un instante. Vanessa le había hecho sentirse bien consigo mismo, con su pasado y con su torturado padre. Ella lo había aceptado todo con naturalidad y le había hecho sentir lástima de no haberlo aceptado él mismo con anterioridad.
Pero gracias a ella ya no se avergonzaba del pasado. Sin embargo, la espantosa contradicción era que la culpabilidad que pesaba sobre su conciencia se había multiplicado. Se había propuesto torturarla, y si no paraba el artículo de Veronique Lemercier, lo conseguiría.
En un par de días, el gran escándalo de los Delacroix, el romance, el cuadro, el incendio, el chantaje, sería desvelado en la prensa de toda Europa. Desde que tenía uso de razón había querido sacar a la luz lo que habían hecho Philippe Delacroix y Edward Hudgens, pero de pronto sentía un deseo mucho más acuciante: el de proteger a Vanessa.
Cuando llegó al hospital, Julien estaba despierto y Zac se sintió culpable al ver cómo se le iluminaba la mirada al verlo. Frunció el ceño sin saber cómo empezar a tender un puente sobre el abismo que los separaba. Las cerúleas manos de Julien descansaban sobre la blanca sábana y, titubeante, Zac las cubrió con las suyas. Era tan buen comienzo como cualquier otro.
El sol caldeaba la espalda de Vanessa cuando detuvo el coche frente a la casa. Hacía otro dorado día de otoño, y Vane se descubrió sonriendo al abrir la puerta cargada de paquetes.
El aroma familiar a humo y manzanas la envolvió mientras cruzaba la habitación para depositarlos sobre la mesa. Parecía imposible haber ido a aquella casa tan en contra de su voluntad y sentir, desde el primer instante, algo tan especial por aquel destartalado e irregular espacio.
En él se había encontrado a sí misma… y a Zac, y aunque no habría sabido explicar por qué, tenía la certeza de que no podía haber sucedido en ningún otro lugar.
Miró los paquetes con satisfacción. Tras la partida de Zac, se había vestido y había ido a visitar el mercado de antigüedades del pueblo más próximo. Había conseguido sábanas de lino, maceteros de hierro forjado, unos preciosos candelabros que constituirían el regalo de boda perfecto para Miles y Ashley, y, el que representaba su más valioso hallazgo: un mantón idéntico al que lucía Olympia, que en aquel momento acarició con dedos temblorosos.
Quizá aquella misma noche sentiría la seda rozar su piel desnuda.
Llevándoselo al pecho, recordó la noche anterior, el sexo tierno y apasionado, el hambre que Zac había despertado en ella. También cómo a pesar de su rostro impenetrable, su cuerpo le había transmitido intensas emociones, como cuando le había acariciado y lamido, y él la había sujetado con fuerza a la vez que gritaba su nombre.
El dolor era cosa del pasado. Había llegado el momento de la sanación y del placer… comenzando por aquella misma noche, cuando Zac volviera de París y ella le esperara con la cena preparada.
Pero primero, encendería el fuego. Limpió las cenizas, rellenó la cesta con leños y buscó periódicos. Finalmente, los encontró en el último estante de una polvorienta estantería, dentro de una caja. Sacó el primero y, ya estaba a punto de arrancar una página cuando se detuvo.
Tenía el papel amarillento y quebradizo, y vio que era de noviembre de 1954. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo según leyó precipitadamente la portada.
El nombre aparecía en grandes letras: DELACROIX.
Vanessa se sentó en los talones con manos temblorosas. Por un instante permaneció paralizada en medio de la alfombra donde la noche anterior Zac y ella habían hecho el amor. Luego sacó todos los periódicos de la caja y empezó a leer.
Una hora más tarde, cuando se puso en pie con piernas inseguras, las nubes habían oscurecido el cielo. Se asió a la estantería para ayudarse mientras la sangre volvía a sus pies y su cerebro trataba de asimilar lo que acaba de descubrir.
Luego, recogió todos los periódicos y buscó la llave del coche. Apenas podía contener la ira.
Philippe Delacroix había recurrido al chantaje y al soborno para no tener que admitir ante el juez lo que le había hecho a Julien, pero ella le obligaría a decir la verdad.
ho ho..
ResponderEliminarsera que todo ya se podra ir bien con ellos???
siguela
me ha encantado el capitulo
esta super :d
oh oh...
ResponderEliminarcuando venga zac va a haber movida XD XD
espero ke zac sepa explicarse XD
aunke vanessa se enfadara igual XD
siguela pronto!
bye!
kisses!