En el futuro. Vanessa no recordaría nada del recorrido hasta la casa, excepto la excitación que le causaba saber que Zac iba detrás de ella. Sentía su cuerpo pleno, vivo, como si acabara de pasar por un bautismo de fuego y hubiera emergido renovada.
Miró por el espejo retrovisor. Zac mantenía una expresión neutra, inexpresiva, pero eso no impidió que ella sintiera una explosión de fuegos artificiales en su interior. Debajo de aquella máscara y de la apariencia de hombre rico, había otro de carne y hueso.
—Vamos.
Vanessa se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado ensimismada, dentro del coche, delante de la casa. Zac se inclinó hacía el volante para parar el motor, luego abrió la puerta y la ayudó a bajar.
Tenía la falda empapada. Zac arqueó una ceja:
—Te has mojado.
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Tengo que secarme.
—No vale la pena —dijo Zac con expresión enigmática.
Vanessa lo miró. El agua se deslizaba por su cabello, por el cuello del abrigo que él le había puesto y que olía a su aroma. Sintió un escalofrío.
—Tienes razón. No vale la pena.
Sin dejar de mirarla, Zac la tomó en brazos y la condujo hasta el dormitorio. Allí la dejó en el suelo.
—Desvístete —dijo con voz ronca, separándose de ella.
—¿Dónde vas?
—A preparar un baño.
Una vez sola. Vanessa se quitó la ropa y se quedó desnuda en medio de la habitación. Sentía la piel fría y caliente a un mismo tiempo.
Ardiente y hermosa.
Zac había adivinado su verdadera naturaleza antes que ella misma. O quizá, aunque la conociera, no había querido admitirla hasta que él se la había mostrado. Con la mirada perdida, buscó su imagen en el espejo. La cruz pintada parecía una joya de verdad, sus ojos tenían un resplandor audaz y sus labios parecían oscuros rubíes.
Zac apareció a su espalda. Vanessa le vio posar las manos en sus hombros, sintió sus dedos masajearle la nuca. El agua de la lluvia se deslizó desde su cabello hacia su pecho, difuminando la cinta de la cruz y dándole la apariencia de una gota de sangre.
—Es tan perfecto… —dijo ella con voz ronca—, que no puedo soportar que vaya a desaparecer.
En el espejo vio a Zac deslizar la mirada por su cuerpo con aquella característica mirada inescrutable que le hacía estremecer y que provocaba que la sangre se le agolpara en la pelvis.
—Entonces, permíteme… —susurró él.
A continuación, se chupó el dedo pulgar y emborronó la cruz. Vanessa contuvo el aliento.
—Pertenece al pasado —explicó él. Y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en brazos y la llevó al cuarto de baño.
El vapor creaba una nebulosa que lo envolvía todo, dándole un aire de irrealidad. En el alféizar de la ventana había una botella de vino y dos copas. Vanessa sonrió.
—Piensas en todo.
—Métete en la bañera.
—Sólo si tú me acompañas.
Vanessa le desabrochó la camisa y, en el instante de retirársela de los hombros vio una expresión de dolor cruzar el rostro de Zac. Vanessa deslizó las manos por su espalda al tiempo que lo rodeaba para mirársela.
—¡Dios mío, Zac! ¡Dios mío! —exclamó con sorpresa y compasión.
La oscura piel de su ancha espalda estaba llena de cortes y de sangre seca. Vane los acarició con delicadeza al tiempo que recordaba los cristales de la cabaña.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó. Y sintió los músculos de Zac contraerse cuando éste se encogió de hombros.
—Parar hubiera sido aún más doloroso.
Vanessa sintió una oleada de ternura y de deseo. Sus pezones se endurecieron y una pulsante sensación se instaló en su pelvis. Rodeó la cintura de Zac por detrás y, aunque él aparentemente no reaccionó, los músculos de su estómago se encogieron al paso de la mano de Nessa hacía su sexo endurecido. Entonces lo recorrió un temblor y Vanessa, actuando sin ningún control, le desabrochó el pantalón al tiempo que lamía y besaba su espalda. Zac puso sus manos sobre las de ella para ayudarla con sus ciegos movimientos hasta que súbitamente, se giró y la estrechó contra sí, atrapando su boca con voracidad.
Luego la depositó en el baño y se metió tras ella. Vanessa echó la cabeza hacia atrás y buscó de nuevo sus labios, besándolos con delicadeza, acariciándolos con su lengua. Podía sentir su erección contra su vientre y la anticipación de sentir a Zac en su interior le hizo estremecer. Sin pensárselo, se sumergió en el agua y lo atrapó en su boca, cerrando los labios en torno a él.
Cuando emergió del agua para respirar, Zac la tomó por debajo de los brazos y la desplazó para colocarse sobre ella. Nessa rodeó las caderas de Zac con sus piernas para presionarlo contra sí al tiempo que él la penetraba de un solo empuje. Bastó con que viera la mirada de Nessa enturbiada por la pasión para que estuviera a punto de estallar, aun antes de sentir su pulsante interior rodeándolo, contrayéndose alrededor de su sexo. Agachó la cabeza y la oyó gemir cuando atrapó entre sus dientes un rosado pezón.
El agua se desbordaba y sacudía los bordes de la bañera a su alrededor al compás de sus movimientos, tan complementarios que parecían formar un solo cuerpo. Nessa hundió los dedos en el cabello de Zac, luego elevó los brazos por encima de la cabeza, arqueándose frenéticamente contra él, hasta que bajándolos de nuevo y asiéndose a sus brazos, una serie de temblores se apoderaron de ella hasta alcanzar el clímax.
Cuando las contracciones remitieron, se abrazó a Zac y fue entonces él quien se dejó ir. Y cuando colapso sobre ella tuvo la extraña sensación de haber llegado a casa.
Después, permanecieron en el agua, bebiendo vino mientras sus pulsaciones recuperaban el ritmo normal. La realidad se habían fundido en una acogedora nebulosa, y el futuro y el resto de la gente eran algo remoto e incomprensible.
Zac pasaba la mano por el hombro de Bella, acariciaba su mano, su muñeca. Al sentir la fina piel de la cicatriz que tatuaba su fina piel, la sacó del agua para mirarla; luego, la besó.
Ninguno de los dos dijo nada. Habían sido tocados por un frágil hechizo que ninguno de los dos parecía querer romper.
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Zac miro con indiferencia su Blackberry. Por primera vez en su vida, las cifras le daban lo mismo. Pero desde aquella mañana habían cambiado muchas cosas.
Eso no significaba que pudiera perder el control. Si era tan bueno en lo suyo se debía a que siempre estaba alerta, a que nunca había perdido de vista el objetivo de hacer dinero. Era lo que lo definía. La necesidad de probarse a sí mismo, de demostrar su valía.
Tras comprobar que no se había producido cambios de importancia, dejó la Blackberry a un lado y miró a su alrededor. El olor a humo de la chimenea, la habitación en penumbra, la oscuridad tras los cristales… desde el piso superior llegaban las pisadas de Vane sobre el suelo de madera.
Ellas siempre querían que les dedicara más tiempo, mientras que él prefería trabajar. Aquellas mujeres se habían enamorado del monstruo que había creado. Adoraban una figura de cartón piedra, una efigie.
Tomó los hongos que había recogido al salir de la cabaña y sacó un cuchillo. Tenía el mango de madera gastado y suave por el uso de los años, y encajaba en su mano como no encajaban los sofisticados utensilios de titanio de su cocina. Ni siquiera recordaba la última vez que los había usado, o que había preparado algo de comer.
Y en ese momento fue consciente de que se equivocaba, de que no había alcanzado el éxito, de que había perdido el contacto con sus raíces. Por eso se había rodeado de personas que actuaban de la misma manera. Intentó imaginar en aquella casa a cualquiera de las mujeres con las que se relacionaba, y la idea le resultó tan absurda que casi se echó a reír.
—¿Estás cocinando?
Levantó la vista. Vane estaba en el umbral de la puerta, con el cabello húmedo peinado hacia atrás y las mejillas coloreadas por el vapor y el sexo. Llevaba una camiseta de él que le llegaba a la mitad del muslo, y el resto de sus gloriosas piernas quedaba al descubierto.
—¿Tan raro le parece? —preguntó un tanto ofendido, aunque él mismo había pensado hacía unos segundos que ya casi no lo hacía.
Vanessa fue a su lado y sonrió.
—No. Me admira —tomó uno de los hongos y lo acarició antes de olerlo.
Zac encontró el gesto irresistiblemente sensual, y tuvo que girarse para no sucumbir a la tentación de deslizar sus manos por debajo de la camiseta y sentir su piel desnuda.
—Cuando era pequeño —dijo con más brusquedad de la que pretendía mientras cortaba uno de los hongos—, tuve que aprender a cocinar. Julien no se ocupaba de las tareas domésticas.
—¿Y tu madre?
Zac se quedó en suspenso una fracción de segundo.
—Nos dejó cuando tenía dos años —dijo finalmente.
—Lo siento, no debía haberte preguntado.
Zac salteó los hongos.
—No pasa nada. Era una estudiante de Arte que quiso hacer su proyecto de fin de carrera sobre mi padre. Supongo que después de tantos años de inactividad, le halagó que alguien se interesara por él. Ella localizó la mayoría de sus cuadros y pensó en organizar una exposición, pero el proyecto se canceló cuando quedó embarazada —hizo una pausa. Los hongos impregnaban el aire de un delicioso aroma. Vanessa no se atrevió a hablar—. Supongo que creyó que mi padre llegaría a amarla, pero eso era imposible.
—¿Por qué?
Zac echó arroz en la cazuela.
—Porque seguía enamorado de Genevieve. Ninguna otra mujer podía comparársele. Imagino que mi madre sólo fue un breve paréntesis en su soledad —miró a Vane esbozando una sonrisa de melancolía—. La utilizó, pero acabó pagando por ello.
—¿A qué te refieres?
—Ella lo abandonó y le dejó con un hijo que nunca había deseado, de una mujer a la que nunca amó.
La aparente ausencia de emoción con la que dijo aquellas palabras hizo estremecer a Vane. Llegando a conclusiones precipitadas, le había acusado de descuidar a su padre, cuando quizá la verdad era lo contrario.
—Pero seguro que tu padre te quería —dijo, titubeante—. ¿Nunca estuvisteis unidos?
—Creo que su amor por Genevieve absorbió toda su capacidad de amar. Por eso se quedó aquí.
—¿Por si volvía?
—En parte sí. Y en parte porque quería demostrar que no tenía nada de lo que arrepentirse.
—¿En qué sentido?
—¿Recuerdas lo que te ha contado tu tío? Pues precisamente para acallar los rumores de que había pintado el cuadro para chantajear a tu familia.
—Fue muy valiente —dijo Nessa con un hilo de voz.
Zac frunció el ceño. Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Para él, la actitud pasiva de su padre no era más que la prueba de su total claudicación. Pensaba que, de ser valiente, se habría marchado. No se había dado cuenta de que al huir del pasado y de sus problemas para alcanzar el éxito de los Delacroix, era él el cobarde. De pronto lo veía todo con una nitidez meridiana.
—Lo siento mucho, Zac. Está claro que mi familia les ha causado mucho dolor.
—Ya no importa. Forma parte del pasado.
Las palabras surgieron mecánicamente, y sin embargo, por primera en su vida, Zac pensó que podían ser verdad.
xAstridx
awww me encantooooooooooooo, aunque la escena demasiado hot, creo que en la vida real le desgarraba la ropa por que siempre salia vanessa con algo de zac 8-) hahaha yo no dije nada, siguela
ResponderEliminaromg... las cosas van cambiando... zac es raro, pero vanessa sabrá ganárselo..
ResponderEliminarsiguela pronto, esta super..
me ha encantado .d
aaaaaaaaaawwwwwwww
ResponderEliminarpobre zacky
lo han hecho en la bañera XD XD XD
mola XD
esta interesante la nove!
siguela pronto!
bye!
kisses!