viernes, 10 de febrero de 2012

Capitulo 11

—¿Quién lo hizo? —preguntó Zac con voz ronca.
Vanessa intentó cubrirse el rostro con las manos, pero Zac le sujetaba las muñecas con tanta fuerza que estuvo a punto de apoyar la cabeza en su pecho.
—El hombre con el que estuve hablando el otro día en la Tate. El hombre al que creí amar hasta que supe que sólo se había fijado en mí por mi apellido —intentó soltarse una vez más en vano—. Por eso sé muy bien lo que debió sentir mi abuela por culpa de tu padre…
—¡Te equivocas! —gritó él, intentando atraerla hacia sí para que lo escuchara—. ¡Fue algo muy distinto!
Vanessa consiguió liberarse y le dio la espalda.
—Sí, claro —dijo con sarcasmo—. Aunque estaba desnuda y sólo llevara la cruz de los Delacroix, el símbolo del honor de la familia, como si fuera un objeto pornográfico, la intención era puramente artística.
—Así es —dijo Zac, furioso, sin encontrar las palabras que expresaran la ternura y el respeto, la veneración con la que Julien había pintado a Genevieve, inmortalizándola como una mujer de veinte años, vibrante y apasionada…
Igual que la mujer que tenía ante sí.
El deseo lo golpeó como un puñetazo.
—Tienes que creerme. Fue muy diferente —dijo casi en un susurro.
La ira había abandonado súbitamente la mirada de Vanessa, que lo observaba con tristeza.
—¿Por qué tendría que creerte?
Zac dejó escapar un gemido de protesta.
—¿Quieres que te lo enseñe?
—Sí.
Zac la atrajo bruscamente hacia sí y la besó vorazmente. Vanessa intentó protestar para descargar su rabia, le golpeó con los puños, le arañó el pecho a través de la camisa, mientras entreabría los labios y entrelazaba su lengua con la de él con tanta furia que sus dientes entrechocaron. Y de pronto, la tensión la abandonó completamente, y en lugar de resistirse, se arqueaba contra él; los dedos que arañaban empezaban a acariciar… Zac le sujetaba el rostro con ambas manos, con el pulgar le acariciaba la barbilla…, hasta que súbitamente, alzó la cabeza y la echó hacia atrás, jadeante.
Aturdida, enajenada por la intensidad de su deseo y confusa. Vanessa cerró los ojos con fuerza, apoyó la cabeza en el pecho de Zac y se lo golpeó débilmente.
Y de pronto, casi a regañadientes, Zac se apartó de ella con rostro inescrutable.
—De acuerdo, te lo enseñaré. Verás a lo que me refiero. Ven conmigo.

Caminaron en silencio. El sol del atardecer, tan denso y dorado como la miel, se ocultaba tras un cielo gris plomizo, contra el que las hojas amarillas adquirían una extraña luminosidad. Vanessa quería preguntar adonde iban, pero no lograba articular palabra. El corazón le latía aceleradamente, no tanto por el paso ligero al que seguía a Zac como por lo que acababa de suceder entre ellos. Los labios le ardían; sentía los senos firmes, llenos, sensibilizados.

Al poco de caminar divisó una pequeña construcción de piedra con las ventanas cubiertas por tablones y el lecho derruido. Al llegar a ella, Zac se detuvo y se volvió con ademán tenso. Sus oscuros ojos parecían un reflejo de la oscuridad que se iba adueñando del cielo. Cuando Vanessa llegó a su lado, vio que estaban junto al río, y que desde la puerta de la casita se llegaba a una pequeña playa de cantos rodados.
—¿Qué es este lugar?
Zac miró debajo de varías piedras hasta que encontró una llave.
—Era una caseta de baño, pero mi abuelo la usaba de estudio —dijo, abriendo y echándose a un lado para cederle el paso.
Vanessa entró. En el interior reinaba una total oscuridad y olía a humedad. Sintió que la recorría un escalofrío.
—¿Cómo podía pintar aquí con tanta oscuridad? —preguntó con voz temblorosa.
Se oyó el rasgar de una cerilla que la sobresaltó. Zac encendió una vela, y luego otra, y otra, hasta que la suave luz alcanzó los rincones de la habitación.
—Antes no era así.
—¿Qué pasó? —preguntó Vanessa con un hilo de voz.
—Se produjo un incendio.
—¿Aquí? ¿Es así cómo…? —Vanessa se estremeció al recordar las manos de Julien Efron—. ¿Sus manos?
—Sí.
Zac se alejó de ella. Vanessa oyó ruido de cristal bajo sus botas al caminar tras él. Algunas señales que contradecían la primera impresión de que se trataba de un lugar completamente abandonado. Había un sofá tapado con una cortina de terciopelo rojo, un taburete de madera sobre el que había una botella de vino vacía, un espejo y, en una esquina, un caballete junto a una mesa con brochas y tubos de pintura.
Zac estaba en cuclillas, encendiendo fuego con algunas ramas secas. Vanessa observó sus manos moverse hábilmente hasta conseguir una llama viva.
«Igual que hizo conmigo», pensó Vanessa. «Igual que cuando me dio el primer beso».
—¿Era aquí donde pintaba a mi abuela? —preguntó con voz quebradiza.
—Oh, aquí pintó La Dame de la Croix —Zac se incorporó y se plantó ante ella—. Es uno de sus mejores cuadros. Los artistas contemporáneos estaban obsesionados con la experimentación, mientras que él se mantuvo en la tradición clásica de Ingres o Courbel, mucho más sensual.
Su voz grave y susurrante ejerció un efecto hipnótico en Vanessa y cuando él le desabrochó el primer botón de su camisa,se sobresaltó.
Zac dio un paso atrás.
—¿Quieres que te enseñe cómo era? —preguntó en tono solemne.
—Sí.
—Entonces tienes que confiar en mí —tras un breve titubeo, Zac añadió—. Quiero que confíes en mí.
Vanessa era consciente de que la estaba retando. Contempló sus sensuales labios esbozar una sonrisa. Luego alzó la mirada hacia la oscura profundidad de sus ojos. Al instante sintió algo tirar de ella y supo que estaba perdida.
—Confío en ti —susurró.
—Me alegro.
El tiempo pareció eternizarse mientras Zac le descubría los hombros antes de dejar caer la camisa al suelo. Los ojos de Zac se encendieron cuando los deslizó por sus senos. Luego, de un diestro movimiento, le quitó la falda, que cayó al suelo con un susurro de terciopelo. A continuación se alejó de ella.
Vanessa permaneció inmóvil.
Zac se colocó delante del caballete, de espaldas a ella. Vanessa pensó en Olympia y en su mirada segura y retadora. Con el corazón palpitante, esperó.

Zac volvió junto a ella y Vanessa se sintió estremecer ante su abierta mirada de deseo. Fue a moverse, avergonzada de estar sólo cubierta por un pequeño conjunto de sujetador y braguitas de encaje negro, medias con liguero y bolas altas. Zac la detuvo con un áspero:
—¡No! ¡Quédate como estás!
Apretó los dientes. La encontraba devastadoramente hermosa. Mirarla le resultaba casi doloroso. Si se desnudaba, perdería el control que constituía el eje de su vida.
Necesitaba demostrar a Vanessa con hechos, y no con palabras, lo que había sucedido hacía tantos años. La idea de que Phillipe Delacroix se lo hubiera explicado como algo sórdido se le hacía insoportable. Vanessa merecía saber la verdad.
La tomó de la mano y la guió hasta el sofá de terciopelo, haciéndole una señal para que se echara. Ella obedeció y se tumbó con una pierna flexionada levemente sobre la otra y con la cabeza apoyada en el codo. Mientras, Zac fue hacia la mesa en la que estaban los tubos de pintura, eligió varios y los puso sobre un plato de porcelana. Luego volvió junto Vanessa, que lo miraba en silencio, con los ojos ardiendo con un deseo que no se molestaba en ocultar. Zac lo reconoció porque también lo sentía, pero estaba decidido a dominarlo. Al menos por el momento. Había demasiados fantasmas en su pasado.
Con gesto de concentración, se arrodilló ante ella. En la penumbra de las velas, la piel de Vanessa tenía un brillo nacarado. Al verle manchar un pincel con la pintura, luego con un poco de agua, y sacudirlo contra el borde del plato, Vanessa abrió los ojos con curiosidad, pero no apartó la mirada.
Cuando el pincel rozó la piel de la curva de su cuello. Vanessa inspiró el aire con un escalofrío. Zac vio cómo echaba la cabeza hacia atrás y clavaba los dedos en el terciopelo a medida que deslizaba el pincel hacia su clavícula, dibujando una cinta roja sobre su piel desnuda.
Zac continuó trabajando, evitando mirarla a la cara para no caer en la tentación de besar sus voluptuosos labios. Sólo la respiración entrecortada de Vanessa rompía el silencio.

El calor de la chimenea le calentaba la espalda, y en cierto momento Zac se desabrochó la camisa. Al percibir el suave gemido que escapó de la boca de Vanessa, estuvo a punto de perder el control, por lo que tuvo que concentrarse aún más para que no le temblara la mano. El pecho de Vanessa se movía al ritmo de su respiración y su redondo seno desbordaba el escote del sujetador. El dulce aroma de su piel resultaba embriagador.
Vanessa movió las piernas y al oír el roce del cuero de sus botas, Zac estuvo a punto de gritar para liberar la tensión que el deseo estaba haciendo crecer en su interior. Se echó el cabello hacia atrás, metió el pincel en la pintura blanca y continuó. Fallaba poco. Ya sólo tenía que marcar con unos toquecitos el brillo de las piedras de la joya.
Finalmente, dejó el pincel a un lado y se puso en pie. Un velo de lánguida entrega parecía cubrir a Vanessa. Su exquisita e indolente belleza, que tanto recordaba a la del cuadro, fue como un puñal clavándose en el costado de Zac.Fue a por el espejo que ocupaba la pared de detrás del caballete y lo sostuvo ante ella.
Vanessa alzó la cabeza. Sus ojos, nublados por el deseo, quedaron ocultos bajo sus pestañas cuando levantó la mirada hacia su imagen.
—Ohhh —susurró, sorprendida.
El reflejo le mostraba a una diosa renacentista. Parecía lucir una cruz, de diamantes y rubíes, suspendida de un lazo rojo.
—¿Es así? —preguntó con un hilo de voz.
Zac asintió. Luego, la vio observarse con admiración. Por un instante pareció que La Dame de la Croix hubiera cobrado vida.
—¿Exactamente así? —preguntó Vanessa.
—No —dijo él con voz ronca—. En el cuadro no lleva ropa interior.
En silencio. Vanessa se incorporó con sensualidad felina y lentamente se quitó las botas; luego, la ropa interior.
—¿Así? —preguntó, echándose de nuevo. Zac deslizó la mirada por su cuerpo antes de decir:
—Menos en una cosa —dejó el espejo en el suelo antes de atrapar la boca de Vanessa con la suya y darle un apasionado beso. Luego, echó la cabeza hacia atrás y se puso en pie. Mostrándole su imagen de nuevo en el espejo, continuó—: Así.

Vanessa nunca se había sentido tan viva, tan sensual. Era una Olympia contemporánea, vibrante y sexual.
En ese momento, acudieron a su mente las palabras que le había dicho su abuela: No cometas el mismo error que yo. Genevieve había amado a un hombre al que su familia le había obligado a abandonar.
Miró a Zac y vio las sombras que las velas proyectaban sobre su rostro, el dolor que se percibía en su mirada. Lentamente, recorrió con sus dedos su mejilla y se inclinó hacía él para besársela. Con un gemido de frustración, él la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho. Sacudida por el urgente deseo que él le trasmitió y por el que ella misma sentía, sus dedos buscaron la hebilla del cinturón de Zac.
Con una mezcla de sentimiento de victoria y desesperación, Zac se dio cuenta de que sus planes estaban saliendo a la perfección, excepto en que, en lugar de producirle satisfacción, se sentía como si hubiera caído en una hoguera y su cuerpo se retorciera entre las llamas.
Tomó a Vanessa por los hombros y la besó vorazmente. Ella terminó de desabrocharle los pantalones y entre los dos liberaron su endurecido sexo de su prisión de tela. Zac sentía el cálido aliento de Vanessa en el cuello, el pulsante deseo de su cuerpo de seda. Deslizó la mano por su vientre hasta alcanzar su húmeda feminidad. El mundo se disolvió en un magma de piel y sensaciones. Vanessa sintió el calor estallar en su interior al sentir los dedos de Zac dibujando círculos en el centro más íntimo de su cuerpo. La luz de las velas producía destellos que parecieron converger en una bola incandescente antes de estallar en un millar de fragmentos de luz.

—Zac… ahora. Te necesito. No puedo… esperar…
Entonces Zac quiso que sus gritos de éxtasis ahogaran las voces de culpabilidad que clamaban en su cabeza, que su mirada anhelante ahuyentara los fantasmas del pasado.

La besó con ciega pasión y rodaron al suelo. Colocándola sobre sí para poder verle el rostro, la penetró con decisión. El dolor lo atravesó al sentir el cristal del suelo clavársele en la espalda. Encima de él. Vanessa de una hermosura irreal, mecía las caderas rítmicamente, comunicándole sus estremecimientos de placer que se mezclaban con el agónico dolor de su piel.
La sujetó por las caderas y de pronto sintió que se detenía una fracción de segundo antes de que una sucesión de estremecimientos la poseyeran. Entonces Zac, olvidando el dolor, se entregó a la gloriosa y violenta liberación.

Vanessa colapso sobre él y Zac la abrazó al tiempo que le acariciaba el rostro.
Sus cuerpos temblorosos y jadeantes estaban perlados de sudor. Poco a poco, el violento ritmo de sus respiraciones fue desacelerándose y Vanessa, rozando con sus labios su pecho, susurró:
—Ahora lo entiendo. Gracias por mostrármelo —alzó la cabeza y tras mirarlo fijamente con ojos de ensoñación, volvió a apoyarla en su pecho antes de decir con dulzura—: Tenías razón. La Dame de la Croix no tiene nada que ver con el odio. Es un cuadro sobre el amor.

martes, 7 de febrero de 2012

Capitulo 10

—¡Tienes que estar equivocado! —exclamó Vanessa, horrorizada. Había algo siniestro e insolente en el tono de Zac.
—Me temo que no. ¿Quieres pruebas? ¿Documentos?
—No, me refiero a las condiciones de mantenimiento de la casa. Mi familia jamás…
—¿Qué? ¿Se aprovecharía de su poder?
Vanessa intentó reír con sarcasmo.

—No seas tan melodramático. Jamás obligarían a nadie a vivir de una manera tan primitiva —sonrió complacida al pensar que había actuado tan correctamente como habría esperado de Ashley—. Déjalo en mis manos. Iré a Le Manoir a hablar con mi tío y lo arreglaré todo. Ahora, si me disculpas, voy a vestirme…
Pasó con decisión junto a él, confiando en hacer una salida digna, pero había olvidado que Zac sujetaba el extremo de la cinta que ceñía sus pantalones a la cintura. Al avanzar, sintió un tirón y su trasero quedó expuesto. Con una exclamación, se los subió precipitadamente, sin saber si era más humillante que Zac la hubiera visto o la total indiferencia que mostraba.
—Buena idea —dijo él, alejándose de ella para servirse más café—. Salimos en medía hora.
—¿No vas a venir conmigo? —preguntó Vanessa.
—A ver a qtu tío, no. Pero tengo que visitar a mi padre en el hospital, y puesto que Louis me trajo ayer de París, no tengo coche —miró a Vanessa con desdén—. Tendrás que llevarme tú.
Vanessa sabía que no podía negarse, así que, sin molestarse en contestar, subió las escaleras maldiciendo entre dientes.

Media hora más tarde, al dirigirse al coche con una cesta llena de las ciruelas que había recogido por la mañana, Vanessa se dijo que «no poder negarse», no significaba tener que hacerle la vida fácil a Zac. Así que, a pesar de que el cielo estaba cubriéndose de amenazadoras nubes, decidió descapotar el coche y confiar en que el ruido hiciera imposible la conversación.
Zac salió de la casa consultando su Blackberry. Al alzar la vista y ver a Vanessa esperarlo con gesto de aburrimiento, se paró en seco y dijo, sarcástico:
—¿Eres consciente del frío que vamos a pasar con la capota bajada?
—Me da igual —dijo Vanessa, aunque sabía que tenía razón y que, sin su abrigo, que había dejado a Julien Efron, la falda y el jersey que llevaba no iban a ser lo bastante calientes. Sin embargo, prefería morir de hipotermia que dar la razón a Zac. Sonrió con superioridad—. ¿Podemos irnos ya? (QUE VIVA EL ORGULLO! xD)

El hospital estaba a unos veinte minutos y tras un trayecto en el que no se dirigieron la palabra, Vanessa dejó a Zac en la puerta. Luego aparcó bajo un árbol y mordisqueó una de las ciruelas de la cesta que Zac no se había molestado en entregar a su padre. Tal y como había predicho, la temperatura había bajado considerablemente, y Vanessa pegó las rodillas al pecho para entrar en calor.
—¿Estás cómoda?
Vanessa alzó la mirada, sobresaltada, y vio a Zac. Sonrojándose, se secó el jugo de ciruela que le caía por la barbilla.
—Te has dado prisa. ¿Después de doce años te han bastado diez minutos con tu padre?
Zac abrió la puerta para dejarle bajar.
—Mi padre quiere conocerte.
Por su tono de voz y su lenguaje corporal al precederla hacia el hospital. Vanessa dedujo que a Zac no le agradaba la idea. Lo siguió en silencio hasta casi chocar con él cuando se detuvo ante una puerta.
Con gesto adusto y el entrecejo profundamente marcado, Zac pareció a punto de decir algo, pero se limitó a abrir la puerta e indicarle que pasara.

Julien Efron estaba recostado sobre las almohadas. Estaba menos demacrado; su piel había recuperado un tono tostado. Su rostro cansado se iluminó con una amplia sonrisa al ver a Vanessa y, por un instante, ésta creyó ver en él el aspecto que Zac tendría si consiguiera relajarse; si dejara de estar permanentemente enfadado.
—Mademoiselle Hudgens. Tengo tanto que agradecerle…
Vanessa se acercó con una tímida sonrisa.
—Por favor, llámame Vanessa. Julien rió aunque sus ojos reflejaban dolor. —Sí, yo también lo prefiero —dijo, y le tendió la mano.
Vanessa, percibiendo la hostil y retadora mirada de Zac, vaciló una fracción de segundo, pero, manteniendo la sonrisa, tomó la mano del anciano.
Tenía la piel fina y pegada a los huesos, enrojecida, como si no tuviera carne. Vanessa la sostuvo con delicadeza.
—Estoy encantada de que te encuentres mejor —dijo dulcemente—. He traído unas ciruelas de tu jardín. Espero que no te importe.

Había sido un error. Un gran error.

Zac aceleró el paso por el corredor y metió los puños en los bolsillos.
Tenía que haber dejado a Vanessa en el coche. Aquello no podía convertirse en algo personal. Se sentía como si se acabaran de abrir canales de comunicación entre los compartimentos estanco de su vida.
Julien se había quedado completamente hechizado, y lo irónico de la situación era tan cruel que le atenazaba la garganta. El abismo que lo separaba de su padre era tan hondo, tan infranqueable, por culpa de las desdichas causadas a su familia por los Hudgens… Y, sin embargo, ella aparecía y acariciaba el dolorido corazón de un anciano con una sola sonrisa.
Ni siquiera podía culparlo. Una sonrisa de Vanessa podía causar el mismo efecto que un exquisito coñac. Recordó el instante en que su padre alargó una de sus rudas manos y Vanessa se la tomó entre las suyas, tan pálidas y delicadas.
Notó sus dedos cargados de tensión. De tensión y resentimiento. Julien no habría sido tan amable de haber sabido que Vanessa pretendía quitarle su amado cuadro, pensó con rencor.
Al abrirse las puertas de salida respiró profundamente el fresco aire.
Vanessa lo miró de soslayo. La ternura de sus ojos se diluyó al encontrarse con la obvia animadversión que manifestaba.
—Gracias por haberme dejado venir —dijo en voz baja.
Su exceso de cortesía encolerizó a Zac.
—No lo he hecho porque quisiera —masculló—. No tenía coche, así que ha sido más una cuestión de necesidad que de generosidad.
Caminaban hacia el coche. Cuando lo alcanzaban, una ráfaga de aire formó un torbellino de hojas que cayeron sobre los asientos del MG. Vanessa tuvo un escalofrío.
—No tenías por qué decirle que estaba aquí —dijo, titubeante.
Zac chasqueó la lengua despectivamente.
—Ya ves lo lejos que te lleva un poco de calculado encanto femenino. Buen trabajo, señorita Hudgens. Una mirada de esos ojos azules, un parpadeo de tus largas pestañas y cincuenta años de animosidad y dolor se desintegran.
Vanessa se quedó paralizada mientras la adrenalina le recorría las venas y la furia teñía su rostro.
—¿Qué querías que hiciera, Zac? ¿Qué entrara como una gran dama honrando con su visita al humilde campesino? —Vanessa se inclinó hacia Zac. De pronto la ira que la había poseído, fue reemplaza por una amenazadora calma—. ¿Eso es lo que te gustaría, no es cierto? No te gusta estar equivocado, y supongo que estás acostumbrado a que la gente haga cualquier cosa con tal de complacerte. Quizá debería limitarme a simplificarte la vida actuando como la zorra que crees que soy.
Y de un solo movimiento. Vanessa abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Excepcionalmente, el motor arrancó a la primera. Lo aceleró al máximo.
—¡Vanessa!
Zac intentó detenerla, pero ella quitó el freno de mano y dio marcha atrás para quitarse de su alcance, luego, con un chirrido de las ruedas, giró y fue hacía la salida del aparcamiento.
Zac se quedó inmóvil hasta que el sonido del motor se perdió en la distancia.
Antes de conocer a Vanessa, ninguna mujer lo había dejado plantado. Ella lo había hecho dos veces, pero Zac se juró en aquel instante que no lo haría una tercera.

En menos de veinte minutos la ayudante personal de Zac en Londres le enviaba un Aston Martin. Al entregárselo, el conductor intentó explicarle algunas características del sistema de navegación informatizado, pero Zac tenía demasiada prisa como para prestar atención.
Condujo a toda velocidad, en tensión. A su paso, las hojas se arremolinaban formando pequeños tornados. Acelerando a lo largo del muro de piedra que marcaba los límites de la propiedad de La Manoir de St Laurien, Zac asió con fuerza el volante al aproximarse a la verja de entrada.
Un segundo más tarde, salía por ella un MG rojo que, sin apenas detenerse para comprobar que el camino estaba libre, tomó la carretera a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de humo. Y colocándose en el carril de la izquierda. El carril inglés.
Zac dejó escapar un juramento en francés y aceleró. El MG no podía competir con él y, aun así, Zac vio horrorizado el punto al que llegaba la aguja del velocímetro. Con la vista fija en Vanessa, como si con ello pudiera protegerla, buscó con los dedos las luces o bocina para advertirla de su error, pero el diseño minimalista del salpicadero tenía más en cuenta la estética que la funcionalidad.
La furia y la frustración lo invadieron a partes iguales. Dando un volantazo a la derecha se situó al lado de ella para indicarle que se desplazara al otro carril. Ignorándolo, Vanessa mantuvo la mirada al frente. Clavaba la barbilla en el pecho con gesto de determinación; el viento le alborotaba el cabello. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.

Seguía tan enfadada con él que no era consciente de estar conduciendo en el lado equivocado de la carretera.
Zac sintió pánico. Aceleró y la adelantó sin dificultad, confiando en que si se cambiaba de carril, Vanessa se daría cuenta de lo que sucedía. Pero al mirar por el retrovisor vio que permanecía en el sentido equivocado. Hacia delante, la carretera subía hacia un cambio de rasante. Zac aceleró tanto que el velocímetro empezó a vibrar. Al llegar a lo alto de la colina, ojeó el horizonte.

Un camión ascendía pesadamente desde el otro lado, de frente a Vanessa Su viejo coche quedaría aplastado. No sobreviviría al impacto.
Sin pensárselo dos veces, Zac dio un volantazo y, con el corazón en la garganta, se pasó al carril por el que se aproximaba el camión justo a tiempo de ver la cara de horror del conductor que, con un volantazo simétrico, lo esquivaba a la vez que tocaba el claxon prolongadamente. Los dos vehículos se cruzaron a apenas unos centímetros de distancia en el preciso momento en que el MG aparecía en lo alto del cambio de rasante, tras el Aston Martin.
El conductor del camión volvió a su carril sin dejar de tocar el claxon.
Con el corazón acelerado, Zac se desvió hacia el arcén y detuvo el coche. Vanessa lo imitó y le vio bajarse del coche con expresión de ira. Él abrió la puerta y le hizo salir, tirándole del brazo. Su voz vibraba como un cable a punto de romperse.

—¡Podías haberte matado!
—Y a ti qué más te da —dijo Vanessa articulando cada palabra lentamente.
Zac le clavó los dedos en el brazo y por una fracción de segundo, Vanessa temió que fuera a pegarla. En lugar de eso, la soltó bruscamente y se pasó la mano por el cabello con gesto de exasperación.
—¿Habría arriesgado la vida por salvarte si me diera lo mismo? —preguntó en voz baja.
Vanessa se cruzó de brazos. Podía sentir el corazón golpeándole el pecho.
—No lo sé —replicó, airada—. Teniendo en cuenta cómo me odias, no sé por qué lo has hecho —concluyó, dándole la espalda.
—Yo no te odio.
La voz de Zac le llegó como si estuviera muy lejos, sin que llegara a penetrar la niebla que enturbiaba su cerebro. Philippe Delacroix no estaba en su sano juicio, y el breve tiempo que había pasado en la deteriorada y oscura Le Manoir le había resultado aterradora y extraña a partes iguales, pero al menos había averiguado muchas cosas. «Por ejemplo, por qué su abuela se había mostrado tan comprensiva tras lo ocurrido con Dan Nightingale».
Mirando en la distancia y con el tono más neutral del que fue capaz, dijo:
—No me habías dicho que tu padre era artista, Zac.
—¿Por qué será? —dijo él con sarcasmo.
—¿Quizá porque podría haber averiguado que hace años pintó un cuadro de mí abuela con el que pretendía arruinar su reputación y la de su familia? —dijo Vanessa con una mezcla de ira y abatimiento.
Zac la tomó por los brazos y la obligó a girarse.
—¿Qué te ha dicho el bastardo de Delacroix?
Vanessa dejó escapar una risa amarga.
—Así que no lo niegas…
—¿La existencia del cuadro? No. Tú sabes tan bien como yo que existe —dijo él entre dientes—. Por eso estás aquí. Por eso nos conocimos.
Vanessa lo miró atónita.
—¿Cómo? No es verdad… Yo pensaba que…
No pudo seguir. Cómo decir algo tan ridículamente sentimental como que era el destino el que los había hecho coincidir.
Zac le clavó los dedos en el brazo.
—Siempre has sabido de la existencia del cuadro; lo estabas buscando.
Vanessa trató de zafarse de él, pero no lo consiguió.
—Jamás lo había oído nombrar. De haberlo sabido, jamás te habría tocado —dijo con inquina—. Sé muy bien lo que se siente al ser explotada en nombre del arte. Lo he experimentado yo misma.
Zac se quedó paralizado.
—¿A qué te refieres?
En la mirada que Vanessa le dirigió, vislumbró un profundo dolor.
—Por eso dejé Bellas Artes —Vanessa se estremeció antes de seguir—. En mi caso no fue un cuadro, sino fotografías… desnuda, proyectadas sobre titulares de periódicos del tiempo en que mi abuelo era ministro; ampliadas en grandes pantallas de seda —cada palabras parecía abrir una herida—. Muy moderno, muy ingenioso… Y una total humillación para mí.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Zac con voz ronca.

domingo, 5 de febrero de 2012

Capitulo 9

Vanessa estaba en la cocina cuando Zac volvió de los establos.
—¿Era ése el caballo de tu padre? —preguntó sin dejar de aclarar las ciruelas en el fregadero.
—Sí —dijo Zac, evitando mirarla—. He llamado a los vecinos más próximos esta mañana. Duva, el más cercano, lo ha encontrado pastando con sus vacas. No parece herido.
—Me alegro —tras una pausa. Vanessa preguntó—: ¿Y por lo de esta mañana?
—No ha sufrido ningún daño —dijo Zac, cortante.
Pero mentía. Quizá el caballo estaba intacto, pero él, no. La expresión de Vanessa durante unos segundos, tan frágil, tan… abatida. Le había hecho atisbar una vulnerabilidad en ella que se había convertido en desprecio hacia sí mismo.
Pero no quería pensar en ello. No quería que Vanessa le importara. Sólo quería exorcizar los demonios del pasado, mirar al futuro.
Sacó unos huevos de la despensa y fue al jardín para recoger algo de tomillo. El intenso olor invocó al instante tristes imágenes de él y Julien comiendo, la atmósfera de abandono y soledad de su infancia.
Esa era la expresión que había visto en el rostro de Vanessa.
Apartó de sí aquel pensamiento reprendiéndose por ser tan sentimental y obligándose a pensar que lo que realmente le había preocupado era que, una vez más, la había encontrado sexy y adorable y que había estado a punto de besarla.
Recordó el instante en el que la había visto en el salón de subastas, y cómo había asumido que sería otra más. Una mujer con la que coquetear y a la que olvidar en cuanto saliera de su cama.
Pero los dioses parecían haberse conjurado para poner a Vanessa en su camino y castigarlo por su arrogancia. Y la odiaba por despertar en él el anhelo de romper las barreras que tanto tiempo le había costado erigir para defenderse del mundo exterior.

Vanessa puso la mesa mientras Zac preparaba unas tortillas con hierbas aromáticas. Llevaba una camisa azul celeste abierta sobre una camiseta blanca con cuello de pico que dejaba ver el arranque de su pecho. Y Vanessa sintió al instante el impulso de tocarlo. El sol iluminaba sus brazos mientras cocinaba, y el oscuro vello que los cubría adquiría tonalidades cobrizas, dándole el aspecto de una perfecta estatua que hubiera sido dotada de vida.
Vanessa sacudió la cabeza preguntándose qué le pasaba. Fuera por lo mal que había dormido o por lo cerca que se había sentido de la muerte, lo cierto era que se sentía peculiarmente consciente de su propio cuerpo, del latir de su corazón, de la ropa rozándole la piel. Y lo peor era que le sucedía lo mismo con el cuerpo de Zac,cuya presencia parecía llenar cada rincón de la casa.
Todos sus movimientos transmitían seguridad. Daba lo mismo que vistiera un inmaculado traje en medio de la ciudad, o una camiseta informal en el campo. Era camaleónico, y cualquier espacio parecía convertirse en su hábitat natural.

Zac se volvió y, mirándola, puso una perfecta tortilla sobre su plato.
—Gracias —dijo Vanessa. Y se ruborizó al ser sorprendida observándolo.
Zac se sentó enfrente y ella sintió un súbito ataque de timidez ante la peculiar intimidad de la escena, que contrastaba con la atmósfera sombría que se había creado entre ellos.
—Así que… —empezó, ansiosa por romper el silencio—. ¿Cuándo fue la última vez que estuviste aquí?
—Me marché hace doce años y no había vuelto, pero está exactamente igual que cuando me fui —dijo Zac al tiempo que dirigía una mirada a su entorno.
—¿Esperabas que hubiera cambiado?
Zac clavó una intensa mirada en Vanessa que le hizo sentirse desnuda.
—No. Aquí no ha cambiado nada desde hace siglos. Por eso me fui —dijo en un tono desafiante que confundió a Vanessa.
—Hay mucha gente a la que le gusta que las cosas sean inmutables —dijo, desviando su mirada al café para disimular su incomodidad.
—Todo depende de dónde le sitúes —dijo Zac con una ferocidad que la hizo estremecer—. Te gusta si eres quien ejerce el poder, quien toma las decisiones.
—¿Qué quieres decir?
—Los pueblos como St Laurien siguen siendo feudales. Una minoría acapara el poder y la riqueza, y eso puede causar problemas.
—¿Envidia? ¿Resentimiento? —preguntó Vanessa.
Zac la miró con desprecio.
—Supongo que piensas que los campesinos deben saber qué lugar ocupan y no tener aspiraciones.

—¡No! —la brutalidad en el tono de Zac indignó a Vanessa quien se puso en pie y empezó a recoger la mesa—. ¡No he dicho eso! Yo sólo creo que las familias deben permanecer unidas, que necesitas saber que puedes contar con los tuyos.
—¿Igual que tú sabes que puedes contar con tus padres?
Vanessa se quedó paralizada. Luego alzó la barbilla y llevó los platos al fregadero.
—No es lo mismo —dijo finalmente—. Mi familia tiene muchas responsabilidades. Es parte de lo que son y de lo que han de hacer.
A su espalda, oyó a Zac reír con sarcasmo.
—¿Muchas responsabilidades? —repitió con desdén—. ¿Quieres decir que están tan ocupados con los demás que no tiene tiempo para ti?
—Puede que sí —Vanessa abrió el agua caliente—, pero no me importa. Estar en el mundo de la política significa poner el interés de la comunidad por encima del propio.
En lugar de responder, Zac fue hacia ella. Su proximidad hizo que el vello de Vanessa se erizara.
Con una exagerada lentitud, dejó su taza en el fregadero. Ella alzó la mirada y al ver la expresión hostil de su rostro, se le heló el corazón.
—¿De verdad crees eso? —preguntó él con sorna.
—Desde luego. Son así porque nacieron para ello.
Tuvo que hacer un esfuerzo hercúleo por mantener un tono calmado, ya que Zac estaba tan pegado a ella que podía ver los destellos dorados de sus ojos y el pequeño frunce de las comisuras de sus voluptuosos labios. Apartó la mirada bruscamente y la volvió hacia el fregadero. Sin darse cuenta, acariciaba el borde de la taza en la que él acababa de beber.
Afortunadamente, Zac se separó de ella en aquel instante y, al poder respirar, el deseo fue sustituido por la ira.
—Puedes criticar a mi familia —dijo entre dientes—, pero al menos nosotros permanecemos unidos. En cambio tú, abandonaste a tu padre y nunca te has ocupado de él.
—Te equivocas —dijo Zac con acritud—. Que no haya vuelto no quiere decir que no haya permanecido en contacto.
—Ya veo lo bien que cuidas de él —Vanessa se volvió con ojos centelleantes—. Si no me equivoco tú eres millonario… —miró a su alrededor—, y ésta es la casa de un campesino.
Una amenazadora sombra oscureció el rostro de Zac. Cruzándose de brazos y apoyado en la chimenea, preguntó, retador.

—Puede que ésta no sea mi casa ideal, pero sí es la de mi padre. Ha elegido vivir así. No quiere marcharse.
—Está bien —dijo Vanessa dejando escapar un suspiro de impaciencia—. Entiendo que no quiera marcharse porque es un lugar maravilloso, pero, ¿tanto te costaría introducir algunas comodidades en su vida? No sé, quizá podrías prescindir de alguno de tus picassos e instalarle calefacción central.
—No es cuestión de dinero.
—Comprendo —Vanessa le dio la espalda y farfulló—: Así que podrías ayudarlo pero has decidido no hacerlo.
De pronto la tensión que se respiraba en el aire se hizo casi palpable. Vanessa esperó con el corazón palpitante, preguntándose si había ido demasiado lejos.
—Comprendo —Vanessa le dio la espalda y farfulló—: Así que podrías ayudarlo pero has decidido no hacerlo.
De pronto la tensión que se respiraba en el aire se hizo casi palpable. Vanessa esperó con el corazón palpitante, preguntándose si había ido demasiado lejos.
Zac se separó lentamente de la chimenea y fue hacia ella. Su rostro reflejaba una mezcla de tedio y picardía.
—¡Ojalá la vida fuera tan simple!
—¿Qué quieres decir? —tartamudeó Vanessa.
—Sigues sin entenderlo, ¿verdad? —dijo Zac y como si hablara con una niña a la que le costara comprender, continuó—: Mi padre no es dueño de la casa, sólo es un inquilino.
—¿Y no podrías comprársela?
Zac rió con amargura.
—He perdido la cuenta del número de veces que lo he intentado. La última vez ofrecí el doble de lo que me costó el apartamento de Londres. No está a la venta.
Zac se quedó delante de Vanessa quien miró al suelo y dejó que el cabello le sirviera de barrera defensiva. Antes de hablar necesitaba que las mariposas que revoloteaban en su estómago por la proximidad de Zac se posaran. Pero cuando creía estar a punto de conseguirlo, una corriente eléctrica la sacudió al retirarle él el cabello detrás de la oreja y rozarle, al hacerlo, el cuello.
—Por otro lado —continuó Zac—, el contrato prohíbe cualquier reforma sin permiso previo. Y, curiosamente, siempre nos lo niegan.
Respirando profundamente. Vanessa pensó en Ashley y trató de imaginar qué diría ella, siempre tan sensata, en una situación como aquélla.
—No es justo —dijo con voz, temblorosa—. Sea quien sea el dueño, su deber es mejorar las condiciones de la casa. Debe tener una obligación legal.
Los ojos de Zac brillaron con un perverso destello a la vez que tiró de la cinta del pijama de Vanessa a hacia él.
—Yo pienso lo mismo.
La respiración de Vanessa se aceleró. Zac la observaba con una expresión que no supo analizar, pero que estaba cargada de sensualidad.
—Entonces deberías hablar con los dueños y quejarte.
—Eso estoy haciendo en este mismo momento —dijo él casi en un susurro—. La casa es propiedad de St Laureen, que a su vez pertenece por partes iguales a las familias Delacroix y Hudgens.

viernes, 3 de febrero de 2012

Capitulo 8

Por un instante Vanessa tuvo que reprimir el impulso de abrazarse a él, pero en cuanto le bajó el nivel de adrenalina, se separó violentamente y lo miró con espanto.
—¡Dios mío! ¡Eres tú!
—¿Dios? —dijo él con sorna—. ¡Me siento halagado!
—No sé por qué —Vanessa se cruzó de brazos y preguntó airada—. ¿Qué haces aquí?
Sin salir de su estado de confusión, vio que Zac se acercaba a un viejo aparador y sacaba dos vasos. Llevaba un traje negro y una inmaculada camisa blanca que contrastaban con el ambiente rústico de la cocina, pero por la familiaridad con la que se movía intuyó que conocía la casa.
Cuando Zac por fin habló, lo hizo en un tono gélido:
—He venido a ver a mi padre. Está en el hospital…, como bien sabes. Imagino que pensabas aprovechar que la casa estaba vacía para…
—¿Tu padre?
La pregunta escapó de los labios de Vanessa con una mezcla de incredulidad y horror. El desdén que encendía su mirada la convirtió en una aristocrática Delacroix de lo pies a la cabeza.
La ira que bullía en el interior de Zac desde la noche que ella había desaparecido, prendió como una abrasadora llamarada.
—Sí —dijo sin apenas mover los labios—. Mi padre. No finjas que no lo sabías.
Vanessa alzó la mirada lentamente hacia él.
—Sí —dijo, recordando los acontecimientos de las últimas horas—, supongo que debería haberlo adivinado cuando ha dicho que su hijo estaba demasiado ocupado y era demasiado importante como para molestarle. No creo que haya mucha gente tan insensible como tú.
Zac la observó entornando los ojos.
—¿Fuiste tú quien lo encontró?
—Claro —Vanessa se retiró el cabello del rostro con un brusco gesto—. ¿Por qué crees que estoy aquí?
—Está claro —dijo Zac con desdén, al tiempo que estudiaba la etiqueta de una botella de vino tinto—. ¿No te parece una afortunada coincidencia?
—¿Afortunada? ¿Te has vuelto loco? Podría estar dándome un baño en un hotel de París en lugar de encontrarme en la precaria casa de un desconocido —Vanessa sacudió la cabeza con incredulidad—. ¿Tanto te cuesta dar las gracias?
Zac clavó la mirada en ella.
—Yo no soy tan bien educado como tú.
Vanessa sintió que las mejillas le ardían. Tras unos segundos en los que se miraron sabiendo que estaban pensando en la misma escena, Zac retiró la mirada y abrió la botella.
—Ya que ha salido el tema —dijo con una lánguida sonrisa, al tiempo que llenaba los vasos—, no pensaba que fuera una norma de buena educación marcharse sin despedirse.
Vanessa alzó la barbilla con expresión retadora.
—Quería evitarte la molestia de tener que charlar conmigo mientras esperábamos el coche.
—Ya te he dicho que no me rijo por las normas de sociedad.
—Está claro que no. Ni siquiera por las de los seres humanos. Si te cortaras, ¿brotaría sangre de tus venas, o sólo hielo?
Zac le dio uno de los vasos.
—Supongo que te encantaría comprobarlo —dijo con sorna.
—No me tientes.
Zac esbozó una fría sonrisa.
—No me juzgues. Puede que sea mejor que tenga hielo y no sangre.
Vanessa se acercó el vaso al pecho; al atravesarlo la luz, el vino proyectó una sombra roja sobre su corazón.
—Dudo que tu padre esté de acuerdo.
—Tú no sabes nada de mi padre —dijo Zac, cortante.
Vanessa le lanzó una mirada encendida.
—¡Sé que cuando estaba dolorido y aterrado, no quería que te perturbaran! Podía haber muerto, pero según él, tú no debes ser molestado con un detalle tan nimio.
Zac se encogió de hombros.
—Se ve que en el hospital pensaban de otra manera —dijo con indiferencia—, porque me lo notificaron en cuanto fue admitido. He dejado una reunión para venir.
Vanessa lo miró indignada y Zac pensó que no conocía a nadie que se alterara con tanta facilidad. Tenía las emociones tan a flor de piel que bastaba con rascar para que brotaran como un torrente. No habría sido capaz de mentir ni en una situación extrema. Aun así, la advertencia de Fabrice seguía resonando en sus oídos. ¿Qué sabría Vanessa de La Dame de la Croixl.
—¡Qué buen hijo! —dijo ella.
Tras llevarse las manos a las sienes, compuso el gesto aletargado que tanto había exasperado a Zac al conocerla. Intuir que se trataba de un mecanismo de defensa y no parte de su personalidad, lo inquietó.
—Ahora que has venido, no es preciso que me quede —dijo con una sonrisa forzada—. Prometí a tu padre buscar el caballo extraviado y cuidar de su casa, pero puedes hacerlo tú.
Pasó de largo junto a él, pero Zac la detuvo.
—No digas tonterías.
Vanessa lo miró con frialdad.
—¿Te parece una tontería ocuparte de tu padre?
—Me refería a que te marcharas. No voy a permitirlo. Y quiero que sepas que mi relación con mi padre no es de tu incumbencia.
—Puede que no —Vanessa pareció vacilar, pero continuó—: Que me trataras como a una muñeca de usar y tirar, es propio del macho arrogante, egoísta y engreído que eres, pero es imperdonable que apliques el mismo trato a tu padre.
Se hizo un profundo silencio. El aire se electrificó. Cuando Zac habló, lo hizo con voz amenazadora.
—¿Imperdonable?
—Sí.
Los labios de Zac se curvaron en una cruel sonrisa.
—¿Tengo que asumir que tu familia es perfecta?
—Sabes que no —Vanessa logró disimular la angustia que sentía—, pero al menos pueden contar conmigo.
Zac cruzó los brazos y, echando la cabeza hacia atrás, clavó en ella una mirada especulativa.
—Es verdad —dijo con aspereza—, eres muy leal y muy obediente. Y ése es tu mayor problema.
Vanessa hubiera querido defenderse, llevarle la contraria, pero en el fondo, Zac tenía razón. Por unos segundos se miraron en silencio, hasta que él dijo, displicente:
—Querrás subir a tu dormitorio. Te llevaré las cosas del coche.
—Ya voy yo por ellas —dijo ella, apagada.
—No. No quiero arriesgarme a que hagas otra de tus desapariciones.
Sólo cuando oyó sus pisadas alcanzar el alto de la escalera, notó Zac que tenía todo el cuerpo en tensión. Por un instante, permaneció inmóvil, pensando en lo que Vanessa le había dicho.
Tuvo que aferrarse a la mesa para contener el impulso de lanzar el vaso de vino contra la pared y ver cómo la bebida se deslizaba por la pared, dejando un rastro de sangre.


Vanessa pasó una noche agitada, con pesadillas en las que las formas irregulares de la casa adquirían proporciones fantasmagóricas y los pasillos de bajos techos se alargaban en un laberinto por el que trataba de huir de Zac. O de encontrarlo.
Cerca del amanecer cayó en un sueño profundo y cuando abrió los ojos, el sol atravesaba las cortinas. El temor a haber bajado la guardia hizo que saltara de la cama. Aún medio dormida, se puso las botas por encima del pantalón del pijama y bajó las escaleras precipitadamente.
La cocina estaba caliente y el sol se filtraba por las ventanas con una luz amarillenta que proyectaba sombras sobre el suelo de piedra. No había rastro de Zac,pero al ver el fuego que ardía en la cocina dedujo que llevaba horas levantado.
Fue a la puerta trasera y, al abrirla, la envolvió una bocanada de aire otoñal perfumado a manzana. Vanessa cerró los ojos para aspirar aquella dulce fragancia. Ante sí había un pequeño jardín con parterres sembrados de fruías y verduras. Lo rodeaba un muro de piedra tras el que se abría una pradera de verde terciopelo, salpicada de rocío.
Había estado equivocada al calificar aquel lugar de primitivo, pensó mientras se llevaba una frambuesa a los labios y el jugo de ésta estallaba en su boca. Lo era. Pero también era completamente idílico.
La luz, las texturas, los colores lo convertían en un exuberante paraíso, y la calma que se respiraba en él apaciguó un tumulto en su interior de cuya existencia Vanessa ni siquiera había sido consciente hasta aquel momento. Era como si acabara de hacerse realidad un lugar que sólo había existido en su mente: el refugio al que quería retirarse.
A cierta distancia del muro, el terreno se deslizaba hacia un seto en cuyo centro había un árbol.
Aun en la distancia. Vanessa podía ver que estaba tan cargado de fruta que sus ramas se inclinaban hacia el suelo. Acercándose, descubrió que se trataba de ciruelas rojas. Muchas de ellas yacían en el suelo. Vanessa tomó una y la olió antes de morderla. Estaba dulce y jugosa, y demasiado buena como para dejar las demás tiradas. Al poco, tuvo que hacer una bolsa con el faldón de su camiseta para recogerlas.
Súbitamente, la calma que la rodeaba se vio rota por un ruido atronador que sacudió la tierra e hizo que Vanessa se irguiera, sujetando la camiseta contra su pecho. Un caballo saltó el seto, tan cerca de ella que estuvo a punto de derribarla. La enorme grupa del animal oscureció el cielo por un instante y pasó rozándola. Cuando lo vio posarse, varios metros más adelante, se dio cuenta de que temblaba de píes a cabeza. El jinete desmontó aún antes de que el caballo se detuviera.
El corazón de Vanessa se aceleró al reconocer a Zac. Su rostro, habitualmente impasible, estaba contorsionado en una mueca de ira.
—¡La próxima vez que pienses en suicidarte espero que elijas un método menos dramático! ¿Píldoras y alcohol? ¿Una cuchilla afilada? Cualquier cosas con tal de que no me incluya.
Vanessa palideció y lo miró horrorizada.
—Lo…lo siento —susurró con los labios blancos.

Zac farfulló:
—¿Te has hecho daño?
Vanessa sacudió la cabeza, pero pareció a punto de desmayarse. Zac la sujetó por la cintura y tuvo que apretar los dientes para ignorar la súbita oleada de deseo que lo golpeó al tocar la piel que la camiseta dejaba expuesta.
—¿Vanessa?
Ella consiguió alzar la mirada hacía él.
—Lo siento. Estoy bien. Sólo estaba…
—No pasa nada —dijo él con aspereza.
Se miraron y entre ellos se abrió un abismo de palabras calladas. Zac sintió una opresión en el pecho y, lentamente, alzó la mano para acariciar la mejilla de Vanessa. En cuanto la tocó, retiró los dedos como si le hubiera quemado, y se apartó de ella con un gesto de exasperación. Sin volverse, caminó hacia el caballo, que pastaba mansamente, y se montó sobre él con destreza. Sólo entonces se giró para mirar a Bella. Sus mejillas habían recuperado parcialmente el color, pero sus enormes ojos tenían una expresión de infinita tristeza.
Un sentimiento de culpa lo atravesó. Culpa y remordimientos, rabia y deseo. Dirigiendo al caballo con brusquedad, lo espoleó y cruzó el prado al galope hacia los establos.
Para un hombre que había dedicado su vida a aletargar sus emociones, sentir tantas en tan poco tiempo resultaba casi doloroso.