sábado, 26 de noviembre de 2011

Capitulo 7


Normandía. Francia. Un mes más tarde.

El viejo deportivo MG de Celia era como su dueña: excéntrico, encantador y temperamental. Y Vanessa lo adoraba.
Y también adoraba Francia. En lugar de tomar la autopista, había decidido atravesar Normandía por carreteras secundarias. El otoño había alcanzado su esplendor y en la luz del atardecer, el paisaje parecía refulgir.
Ardiente y hermosa. Como en otras ocasiones, las palabras acudieron a la mente de Vanessa y tuvo que apretar los dientes.
Aquella noche en Londres, hacía más de un mes,había marcado un punto de inflexión en su vida. Hasta entonces, había huido de sus problemas, refugiándose en un lugar seguro dentro de su propia mente, pero Zac le había hecho volver a sentir placer y dolor, éxtasis y agonía, cielo e infierno. Los minutos de total abandono, con la ciudad de Londres a sus pies, expuesta al mundo, habían sido la medicina que la cara terapeuta de Miles no lograba encontrar.
Al llegar a un cruce, redujo la velocidad y dejó escapar un gemido de protesta al leer en una señal que todavía quedaban sesenta kilómetros para llegar a París. El sol empezaba a hundirse en el horizonte. Vanessa arqueó su dolorida espalda. Empezaba a arrepentirse de no haber tomado la autopista, cuando la señal de un desvío llamó su atención: St Laurien.
Sin pensárselo. Vanessa tomó la carretera que señalaba, adentrándose por un denso bosque. Por muy tarde que fuera, no pudo resistir la tentación de ir a ver la casa de su abuela.
Súbitamente, una gran sombra se proyectó desde el lateral de la carretera. Oyó un ruido, unas ramas rompiéndose y el repiquetear de los cascos de un caballo; unos segundos después vio unos ojos en blanco y unos hollares dilatados de los que escapaba vaho. Aterrada, dio un volantazo. El coche dio varias vueltas hasta quedar parado perpendicular a la calzada.
De pronto, todo fue silencio y oscuridad. Haciendo un esfuerzo por calmarse. Vanessa bajó. Había estado a punto de chocar con un caballo sin jinete. Con el corazón acelerado, retrocedió unos pasos.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? —llamó.
Aunque no obtuvo respuesta, vio un cuerpo tirado en la cuneta. Se trataba de un hombre mayor. Estaba muy pálido y de un corte en la frente le brotaba sangre. Cuando Vanessa se inclinó ante él, hizo ademán de incorporarse.
—No se mueva —dijo ella, posando una mano sobre su hombro con delicadeza—. Se ha caído del caballo. Voy a pedir auxilio.
Fue al coche y llamó por el móvil. Después, volvió junio al hombre, que parea semi inconsciente. Instintivamente. Vanessa le tomó las manos, que llevaba enguantadas, y comenzó a hablar.
¿Vive usted por aquí? —preguntó en un forzado tono de animación.
Le vieux moulin…
El viejo molino. Qué bonito nombre ¿Tiene familia?
¿Un hijo? —Vanessa se sintió aliviada de que alguien pudiera ocuparse de él—. Si me da su teléfono…
El viejo sacudió la cabeza con una mueca de dolor.
No… Por favor, no llame. Es muy importante… muy ocupado…. no quiero molestar.
Vanessa rió.
—Seguro que no le gustaría oírle decir eso. Querría acudir a su lado.
—No. Está muy ocupado. Su trabajo, muy importante. No vendrá.
—Shhh —lo calmó Vanessa—. Tranquilo. La ambulancia no tardará en llegar y lo llevará al hospital.
El hombre reaccionó como si le hubiera dado un calambre.
Imposible… Mi caballo, mi casa… No puedo dejarlos. Nadie puede cuidar de ellos.
Vanessa posó las manos sobre sus hombros.
—No se preocupe. Yo me ocuparé —dijo. Las palabras escaparon de su boca sin pensarlas.
Al instante, el viejo se relajó y se dejó caer sobre las hojas secas con expresión de alivio. Vanessa se mordió el labio. Era demasiado tarde para dar marcha atrás.
¡Así que por fin la encontraste! —Fabricio de Roche se reclinó en su butaca de cuero con gesto satisfecho—. Tengo que reconocer, Zac, mon ami, que hay pocas mujeres a las que haya esperado cincuenta años, pero ésta merece la pena. Genevieve Delacroix…¡qué belleza!
Fabrice era uno de los más grandes marchantes de arte de París. Bajo su encantadora apariencia, latía un corazón de hielo.
—¿Dónde la has encontrado? —preguntó sin apartar la vista del cuadro.
—En una subasta en Londres. Estaba oculta tras otro lienzo sin firma que Julien debió pintar después del incendio.
—¿Cómo llegaría al mercado?
Supongo que lo cubrió para protegerlo —Zac sonrió con tristeza—. Mi madre siempre fue bastante irracional en lo que respecta a Genevieve Delacroix y, de haberlo encontrado, lo habría destruido. Desgraciadamente, el rencor también le hizo regalar casi todos sus cuadros para hacerle saber lo poco que valoraba su arte. Quién sabe dónde ha estado hasta ahora.
Fabricio asintió mientras observaba a Genevieve con sus penetrantes ojos azules.
—¿Y quieres que lo tase? ¿Cuánto te costó el que lo ocultaba?
—Mil libras.
Fabrice lo miró sorprendido.
—Parece mucho para la obra de un pintor amateur de «limitado mérito artístico» —Fabricio se inclinó hacia Zac—. Lo que me hace pensar que alguien más lo estaba buscando.
—Es imposible. Nadie sabe que sobrevivió al fuego.
—De eso no puedes estar seguro —Fabrice hizo una pausa de efecto dramático antes de continuar—. Ya sabes que este cuadro ha adquirido dimensiones míticas. Y también sabes que los Hudgens tienen muchos contactos —respiró profundamente—. Teniendo en cuenta que las elecciones están a la vuelta de la esquina y que Miles Hudgens piensa presentarse a ellas, tendría mucho que perder si el cuadro aflorara. ¿Viste a la otra persona que pujó por él?
Zac se puso en pie bruscamente y fue hasta el ventanal desde el que se divisaba un otoñal París sobre el que se superpuso una vívida imagen de Vanessa.
—Sí.
—¿Crees que era alguien relacionado con los Hudgens?
Vanessa Hudgens, hermosa y apasionada, desnuda sobre unos altos tacones.
—Sí.
Zac Efron no había conocido nunca la sensación de desear desear algo inalcanzable, pero la noche que había hecho el amor con Vanessa había cambiado muchas cosas… Aunque él prefería pensar que había sido sexo y no «hacer el amor». Sexo frenético y apasionado. En sus oídos resonaban las palabras de Vanessa cuando le había dicho que no había experimentado nada igual. Entonces él se había limitado a responder algo con brusquedad, pero lo cierto era que había sentido lo mismo. 
Había querido poseerla, marcarla para siempre, pero finalmente era él quien no lograba olvidar y a quien habían dejado plantado. Por eso la maldecía.
Fabrice carraspeó.
—Si es así, querido amigo, los Hudgens estarán buscando el cuadro, así que te recomiendo que extremes tus medidas de seguridad, ¿Has pensado en venderlo?
—No es mío, sino de mi padre.
—¡Qué lástima! ¿Y qué piensas hacer con él?
Zac frunció el ceño. Un nervio le latía en la frent
—Megan Fox es una antigua novia mía.
—¿La periodista? —Fabrice dejó escapar un silbido—. ¡Menuda víbora! Si publica la historia. Genevieve Delacroix va a convertirse en una celebridad —se sirvió una copa de coñac y la alzó hacia Zac—. ¡Buen trabajo! La venganza es siempre dulce.
Afortunadamente, el móvil de Zac sonó en aquel momento y no tuvo que contestar a Fabrice. Por más dulce que fuera, aquella venganza le había dejado un sabor insoportablemente amargo.

Vanessa llegó a Le vieux moulin en una oscuridad total. La ambulancia había tardado en aparecer y luego se había perdido por las pequeñas carreteras comarcales. Después de un tiempo que se le hizo interminable, por fin notó bajo las ruedas el camino adoquinado que conducía al molino, y los faros del coche iluminaron una casa vieja encalada, con una forma extraña y un tejado puntiagudo.
Vanessa dejó la bolsa en el coche y cruzó el patio. Estaba exhausta y el corazón le latía aceleradamente. Todavía no comprendía qué le había hecho ofrecerse a cuidar de la propiedad. Pero cada vez que recordaba la imagen desvalida del anciano comprendía de dónde había arrancado el impulso de protegerlo.
Abrió. Desde una puerta entreabierta a su derecha, salía la suficiente luz como para iluminar una habitación que parecía sacada de un cuento. Paredes encaladas, leña apilada, olor a humedad y manzana… Vanessa entró con paso vacilante. Reinaba un silencio absoluto, como si la casa estuviera esperándola. Sin apenas atreverse a respirar, fue de puntillas hacia la puerta entornada. Detrásestaba la cocina. Tenía el lecho bajo y una gran cocina de hierro dentro de una chimenea lo bastante grande como para una persona de pie. Todo lo que veía le hacía pensar en varios siglos atrás y le costaba imaginar que alguien viviera en aquella precariedad.
Suspiró profundamente y con manos temblorosas acarició la gran mesa de pino que ocupaba el centro de la habitación. En la pared colgaba un retrato. Vanessa se rodeó la cintura con los brazos para protegerse del frío y fue hacía él. Le recordaba a…
Súbitamente alguien la sujetó por detrás.
El pánico le nubló la mente al sentir un brazo tomarla por la cintura y echarla hacia atrás. Un centenar de pensamientos cruzaron su mente ofuscada, pero ninguno logró atravesar el terror que la dominaba. Abrió la boca para gritar, pero una mano se la cubrió.
Empezó a dar patadas y a removerse violentamente; su asaltante la sujetó con fuerza y la obligó a volverse.
El grito de terror que había tomado forma en su garganta se ahogó al mismo tiempo que su corazón dio un salto. Ante así, en lugar de los ojos febriles de un asesino en serie, tenía los azules ojos de Zac Efron.


domingo, 20 de noviembre de 2011

Capitulo 6


     Se volvió para mirar a Olympia. Zac tenía razón. A pesar de su apariencia tranquila y serena, su mirada hablaba de sexo. Y Vanessa se sentía igual: sexy, poderosa y apasionada. Y la sensación era embriagadora. El miedo y la tensión que llevaba meses sintiendo la habían abandonado.
Buscó a Zac con la mirada y vio que seguía con la periodista. Deseaba a aquel hombre y Miles y su terapeuta se equivocaban. No había en ello nada malo. Todo lo contrarío: se trataba de asumir el control de su vida, no de perderlo. Le daba fortaleza, no se la quitaba.
De reojo vio que entraba otro grupo charlando en voz alta. Una de las voces reclamó su atención. Al mirar, palideció. A pocos metros de ella, con expresión divertida, como si intentara contener la risa que le había provocado algún comentario chistoso, estaba Dan Nightingale.
Zac empezaba a perder la paciencia. «Unas preguntas» se estaban conviniendo en una entrevista a fondo. Era un experto en separar su vida profesional y personal, así que le irritaba estar hablando de su colección de arte al tiempo que no dejaba de pensar en quitarle el vestido a la mujer que estaba al otro lado de la sala.
El día anterior, al devolverle la chaqueta en la calle, la había desdeñado como una insípida niña rica, y así la había visto aquella misma noche al verla repartir canapés en un discreto vestido negro.
Pero su imagen en aquel momento estaba muy lejos de ser la misma. Con aquel vestido escarlata, su frío estilo aristocrático adquiría una fuerza infinitamente más atractiva. Hacía brillar en ella la pasión que había creído atisbar en el salón de subastas, dándole un irresistible aire inconformista y bohemio.
También cabía la posibilidad de que aquellatransformación no se debiera al vestido, sino que se tratara de la Vanessa de verdad, de la mujer que su convencional y rígida familia intentaba enterrar. A Zac le hacía pensar en una mariposa atrapada.
—¿Puede hablarme de su última adquisición, señor Efronu? —preguntó la periodista con una coqueta sonrisa.
Zac pensó en La Dame de la Croix, y en cómo, de haberse dado otras circunstancias, habría ocupado un lugar entre aquellos cuadros.
—Preferiría no dar detalles —dijo con gesto tenso.
La periodista asintió y miró de reojo en la dirección de Vanessa.
—¿Y tiene algo que decir de esa otra? Es muy hermosa…
Zac la miró con gesto de enfado y siguió su mirada hacia Vanessa que hablaba con un hombre rubio con el cabello alborotado y vestido con el uniforme característico del eterno estudiante de arte: traje negro arrugado y camisa negra abierta.
Algo en su actitud física y en la manera que dominaba el espacio alrededor de Vanessa puso a Zac en guardia.
—No tengo nada más que decir —dijo a la periodista. Y sin despedirse, caminó hacia Vanessa y su acompañante.
Mirándolo con más detenimiento, se dijo que ni siquiera era un hombre, sino un joven, guapo e insustancial, tan frágil como una estrella de pop adolescente. Pero  Vanessa parecía pensar de otra manera. Sus ojos lo miraban con adoración… Con la misma fascinación que hacía unos minutos le había dedicado a él.
Zac se sintió poseído por la ira. Había estado a punto de caer en la trampa de la pobre niña rica. Comotodos los demás hombres, pensó al ver que el niñato le retiraba el cabello detrás de la oreja en un gesto que evidenciaba intimidad.
Pero Zac se dio cuenta de que lo que sentía no era sólo ira. La ira era al menos un sentimiento puro y estimulante. No. Era mucho más oscuro y siniestro. Sentía celos.
Con amargura, se recriminó haberse dejado llevar por un sentimiento caballeroso y emotivo en lugar de mantenerse concentrado en su objetivo.
Debía sentirse afortunado de que la aparición de aquel jovencito le hubiera devuelto al camino de la venganza antes de que fuera demasiado tarde. Vanessa Hudgens no era la mujer inocente que fingía ser, y la historia de su severo hermano no debía ser más que uno de sus trucos para sacar el instinto protector de los hombres con los que coqueteaba.
Era tan lista como hermosa, y había jugado con él como si fuera un muñeco.
En cuanto llegó junto a ellos, Vanessa alzó la mirada y Zac percibió un brillo en sus oscuros ojos que no supo interpretar.
—¿Podemos irnos? —preguntó fríamente.
—Sí, por favor —dijo ella sin titubear.
Al menos tenía la decencia de fingirse incómoda al ser descubierta coqueteando con otro cuando sus labios todavía llevaban la huella de sus besos. Los sentimientos que eran tan fácilmente transferibles no tenían ningún valor. Zac sonrió con frialdad. Al menos ya no había razón para sentirse culpable.
Vanessa tuvo que concentrarse para poner un pie delante del otro, y de no haber sido por el brazo de hierro con el que Zac la sostenía, dudaba de haber sido capaz de salir del museo. Fue un alivio alcanzar el exterior y poder respirar el fresco aire de la noche londinense. Zac la condujo hasta el coche. Una vez dentro, cuando el motor ya ronroneaba, ella musitó:
—Lo siento.
El encuentro con Dan la había sacudido porque le había hecho darse cuenta de lo frágiles que habían sido sus sentimientos hacia él. Había estado enamorada de una ficción. Dan no valía nada, pero hasta ese momento no lo había visto con una nitidez tan dolorosa. Porque esa constatación sólo servía para demostrar el sinsentido de todo lo que había sucedido.
Mirando por la ventana, Zac se soltó la corbata.
—¿Por qué? —preguntó con indiferencia.
«Por haber sido una idiota durante cinco meses».
—Siento haber visto a ese hombre. No es más que…alguien que conocí mientras estudiaba arte y…
Zac le cortó.
—No hace falta que des explicaciones.
Vanessa sintió que se encogía, que moría un poco. Habría querido explicarse, pero ahuyentó esa idea de su cabeza. La situación era verdaderamente absurda: Miles pagaba una fortuna a una terapeuta a la que no quería contarle nada de sí misma, y sin embargo, estaba deseando abrir su corazón a un hombre al que apenas conocía.
Apretó los dientes y miró por la ventanilla. Quizá lo mejor era olvidar, aunque a veces el esfuerzo la aplastara. Era una batalla incesante, pero al menos aquella noche se había sentido libre durante unos instantes, había conseguido no sentir miedo.
Los faros de un coche con el que se cruzaron iluminaron el rostro de Zac. Vanessa lo miró de soslayo, avergonzada de la intensidad con la que deseaba que volviera a hacerle olvidar.
—¿Dónde vamos? —preguntó, titubeante.
Zac la miró fijamente.
—Eso depende de lo que tú quieras.
En la penumbra, vio que Vanessa abría los ojos y entreabría los labios. ¿Estaría pensando en el hombre del museo? No podía saberlo, pero estaba seguro de poder hacer que lo borrara de su mente.
Le tomó la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.
—¿Tienes hambre?
Vanessa sacudió la cabeza.
—¿Estás cansada? ¿Quieres volver a tu casa?
Era una pregunta retórica, pues los dos conocían la respuesta. Vanessa se sentaba muy erguida, con las manos sobre el regazo, el cinturón de seguridad entre sus firmes senos. Toda ella irradiaba energía contenida. Era como la cuerda de un violín esperando ser pulsada.
—No —susurró finalmente con un hilo de voz apenas audible.
Pero Zac lo oyó, y sonrió. Inclinándose, abrió la mampara que los separaba del chófer. —Louis al apartamento.


Vanessa nunca había visto un apartamento como el de Zac. Tres paredes estaban pintadas de un intenso rojo y la cuarta era una cristalera tras la que había una espectacular vista de Londres. El decorado era sobrio, con un gran sofá color crema y una silla alta situada junto a la ventana.
Vanessa se acercó al cristal y su aliento empañó por unos segundos las luces que parpadeaban en la lejanía. Zac se situó tras ella y Vanessa temió desvanecerse.
—¡Qué vista! —balbuceó—. ¡No debes aburrirle de verla!
—Te equivocas —dijo él en un susurro—. Ahora mismo me aburre. Prefiero mirarle a ti.
Posó las manos en las caderas de Vanessa y se pegó a su cuerpo. Nessa sintió que se derretía; echó la cabeza adelante y el frío vidrio refrescó su mejilla. Zac le desabrochó el vestido, que cayó a sus pies como una flor escarlata. Nessa sintió la caricia del aire sobre la piel antes de encontrarse presionada contra el cristal vistiendo tan sólo unas braguitas y un sujetador de encaje. Zac deslizaba los dedos por su columna y aunque Nessa abrió la boca para protestar, sólo logró balbucear:
—La ventana… Pueden vernos.
Zac le besó el cuello antes de susurrarle al oído:
—A esta altura y sin luces, es imposible —la tomó por los hombros para obligarle a darse la vuelta—. Sólo puedo verte yo.
Sin pensar en lo que hacía. Vane alzó las manos y las enredó en su cabello mientras lo miraba fijamente. No tenía sentido resistirse a lo inevitable. La tormenta había estallado y tenía que aprender a navegar en aquellas aguas.
Sus labios se cerraron en una sensual sonrisa.
—¿Estás seguro? —preguntó.
—Siempre lo estoy —dijo él. Y tirando del tirante de su sujetador, continuó—: Quítate esto.
Su arrogancia, en lugar de irritar a Vane, se convirtió en un poderoso afrodisiaco.
Sin apartar sus ojos de los de él, se desabrochó el sujetador, pero en lugar de quitárselo, miró a Zac con picardía, dio media vuelta y sólo entonces, lo tiró hacia un lado como una experta stripper, al tiempo que apoyaba las manos en el cristal y separaba levemente las piernas. Nunca antes se había sentido tan temeraria, tan poderosa.
Ardiente y hermosa.
Zac dejó escapar un gemido jadeante. En el cristal, se reflejaba su rostro inescrutable, pero el brillo de sus ojos dejaba intuir la intensidad de su deseo. Sus dedos acariciaron la cintura de las braguitas de Nessa dibujando círculos por debajo del clástico con lentitud, sin prisa.
Un escalofrío de anticipación recorrió a Vane.Instintivamente arqueó las caderas contra la pelvis de Zac y pegó su cuerpo al cristal. Zac posó sus manos sobre su trasero y con un diestro movimiento, le bajó las bragas.
Como si lo hubiera practicado infinidad de veces. Vane levantó alternativamente sus pies calzados con altos tacones y las retiro a un lado antes de darse la vuelta. Con los brazos en cruz, el cabello revuelto cubriéndole parcialmente el rostro y la respiración entrecortada, susurró:
—Por favor…
Zac apenas pudo contener un grito de victoria al sentir un estallido de fuegos artificiales en el corazón. Vane estaba dispuesta a suplicarle. Eso era justo lo que había querido lograr. Y sin embargo, una vez conseguido, supo que no sería bastante.
Quería poseerla, arrastrarla a tan delicioso éxtasis que Nessa jamás pudiera olvidarlo.
Apoyó las manos sobre el cristal a ambos lados de ella y agachó la cabeza para besarla. Vane entreabrió los labios al tiempo que tiraba de los botones de su camisa con dedos nerviosos. Zac oyó una protesta sofocada de frustración hasta que finalmente abrió la camisa y pudo posar las manos sobre su pecho y recorrerlo hacia sus hombros con frenética ansiedad. Luego los deslizó hacia abajo y buscó su cinturón.
La fuerza de su deseo y la ausencia de inhibición que mostraba, tomaron a Zac por sorpresa. Descubrió que tenía que contenerse porque temió perder el control con sólo tocarla. Y eso no podía permitírselo. Debía llevar las riendas en todo momento.
Girándose hacia atrás, tiro hacia si del taburete que hacia unas horas había sujetado el cuadro. Alzó a Vanessa por la cantara y la colocó sobre él. El jadeante aliento de Nessa lo envolvía como una caricia que exacerbaba sus sentidos. Sus dedos nerviosos recorriéndole la espalda le hacían arder como marcas de un hierro al rojo vivo.
Tenía que dominarse.
Se arrodilló delante de ella y recorrió con los dedos sus largos muslos. Era tan perfecta que casi le resultó doloroso tocarla. Apretó los dientes para impedir que la lascivia que irradiaba lo ahogara y alcanzó con sus dedos la húmeda oscuridad que coronaba sus muslos. Luego agachó la cabeza y lenta y acariciadoramente, exploró sus secretos pliegues con la lengua. Aferrándose a la silla. Nessa dejó escapar un grito de total abandono que fue como el golpe de un martillo en el frágil vidrio que permitía a Zac contenerse.
—Zac, por favor —jadeó Vanessa—. Ahora.
Zac ya no pudo esperar. Poniéndose en pie, ignorando las luces que centelleaban en el exterior, ahogándose en la anhelante oscuridad de los ojos de Vanessa, sacó del bolsillo posterior el pequeño paquete de aluminio que había guardado hacía horas. Impaciente. Nessa se lo quitó, lo abrió con los dientes y le puso el preservativo con dedos ansiosos.
Zac no tuvo tiempo de desvestirse. La penetró con decisión mientras Vanessa se arqueaba contra é, entrelazando las piernas alrededor de sus caderas y echando la cabeza hacia atrás en un mudo éxtasis.
Vanessa era increíble.
Sorprendente.
Zac mantuvo las manos contra el cristal mientras ella se aferraba a sus hombros y lo apretaba entre sus poderosos muslos. Sus labios estaban pegados a la oreja de Zac, quien podía oír sus gemidos entrecortados, sus deliciosos susurros. Hasta que de pronto se sacudió y Zac la sintió tensarse. Y sin pensárselo, la abrazó por la cintura y la estrechó contra sí, alcanzando su propio clímax simultáneamente.
Había confiado en sentir la satisfacción de la victoria.
Por el contrario, el desprecio de sí mismo que lo invadió fue una desagradable sorpresa.
—Gracias, gracias.
Agitada y todavía en la nebulosa del placer. Nessa susurró su agradecimiento jadeante, al tiempo que apoyando la cabeza en el pecho de Zac, se decía que era lo más estúpido que podía haber dicho.
—Eres de una buena educación fuera de lo normal —dijo él, impersonal, retirándole los brazos de alrededor del cuello—. No creo que me haya acostado nunca con nadie que dijera «por favor» y «gracias» durante el sexo.
Nessa se mordió la lengua y, aunque temía que sus piernas no la sujetaran, puso los pies en el suelo.
—Ya lo sé —dijo, intentando disimular la tristeza que le produjo que sus cuerpos se separaran—. Arrastro la maldición de una opresora educación.
Zac dio media vuelta.
—Viéndote actuar, cuesta creerlo.
Su tono desdeñoso la dejó helada. Zac se apoyó en el cristal y aparte de la camisa desabrochada, nada en él podía hacer pensar en lo que acababa de ocurrir.
Por el contrario, ella estaba desnuda. La única prenda que permanecía en su lugar eran sus altos lacones, y con ellos se sentía aún más desnuda. Aunque no había esperado que Zac se transformara, su distanciamiento le hizo sentir como si la hubiera abofeteado. Miró hacia el vestido que yacía en el suelo, junto a los pies de Zac,intentando decidir qué sería menos humíllame, si recogerlo ella misma o pedirle a él que se lo diera.
—¿Por qué me has dado las gracias? —preguntó Zac.
—Por nada —dijo ella, sacudiendo la cabeza, avergonzada, al tiempo que se agachaba y se tapaba con él.
Zac la tomó por la cintura.
—Dímelo.
Tras intentar pensar en vano en una respuesta ingeniosa. Vanessa se resignó a decir la verdad.
—Quería darte las gracias por hacerme sentir como lo has hecho —dijo con voz ronca—. Hasta ahora…. con mis novios…, no había sabido que pudiera ser tan… impresionante.
Zac retiró la mano y la apretó en un puño. Su rostro no transmitía ninguna emoción. Haciendo un gesto seco con la cabeza, esbozó una cínica sonrisa.
—Cuando quieras le diré a Louis que te lleve a casa—dijo.
Nessa no recordaba una experiencia tan dolorosa como la de ocultar sus sentimientos en aquel instante, mientras Zac sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta que había dejado sobre el sofá al entrar.
A pesar de la humillación que sentía, una parte de ella creía comprender su comportamiento. Ya en el museo había intuido que Zac Efron no era un hombre que se entregara con facilidad. Era un lobo solitario. El sexo con él era espectacular, pero no incluía intimidad.
¿Por qué tardaba tanto en contestar Louis? Quizá no esperaba que su jefe reclamara tan pronto sus servicios.
Fue hacia la puerta.
—¿Dónde está el cuarto de baño?
Sin separar el teléfono de la oreja. Zac indicó con un gesto de la cabeza.
—Segunda puerta a la izquierda.
Vanessa cerró la puerta a su espalda sigilosamente. A continuación, se puso el vestido. Un fogonazo de ira estalló en su herido corazón; le quemaron las muñecas. Se las frotó. No pensaba volver al punto cero.