Comieron delante del fuego, en el suelo, en una atmósfera tranquila y silenciosa.
Vanessa dejó el plato a un lado con un gran suspiro y apoyó la espalda en el sofá.
—Estaba delicioso, gracias. Yo no sabría por dónde empezar. Especialmente para elegir los hongos. ¿Cómo sabes que son comestibles?
Zac se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo he supuesto.
Vanessa lo miró con los ojos desorbitados.
—¡Dios mío, Zac, pueden ser venenosos! ¿Cómo has podido…? —dejó la frase en el aire al ver la sonrisa que bailaba en los ojos de Zac—. Me estás tomando el pelo.
—Pues claro, ¿no ves que crecí aquí? Puedes vestir al chico de campo de hombre de ciudad —dijo con sorna—, pero no puedes erradicarlo.
Vane se inclinó hacia él y Zac le hizo sitio para que apoyara la cabeza en su pecho. La sensación era tan placentera, que Vane casi no se atrevía a respirar por miedo a romper el encantamiento.
—Tienes razón. Lo intuí en cuanto le vi en la sala de subastas.
—¿Qué? ¿Que era un campesino? —preguntó él, sonriendo.
—¡No! Tu…naturalidad. Luego pensé que eras un hombre solitario… Ahora sé que eres un superviviente, que puedes adaptarle a cualquier situación y que no necesitas a nadie.
Hubo una pausa prolongada en la que sólo se oyó el crepitar del fuego.
—Puede que sí —dijo finalmente Zac.
Apretando a Vanessa contra sí, se pasó la mano libre por el rostro. Luego, le tomó la muñeca y acarició la cicatriz que, a la luz de las llamas, parecía una fina pulsera.
—Tú también eres una superviviente —dijo con voz ronca—. ¿Qué pasó?
Vanessa se tensó durante una fracción de segundo. Luego suspiró profundamente y empezó:
—Una mezcla de vergüenza, culpa, sentimiento de humillación —dijo con una risa seca—. ¿Quieres que siga?
—Sí, pero empieza por el principio —Zac aspiró el aroma a jazmín que emanaba de su cabello. La idea de que hubiera sufrido le resultó casi insoportable.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —dijo ella—. Siempre me he sentido la oveja negra de la familia. Miles era listo y ambicioso, mientras que yo no encajaba.
Zac le acarició el brazo esperando a que siguiera.
—Lo único que me interesaba era hacer Bellas Artes. Mis padres querían que hiciera algo sensato, pero por una vez en mi vida, luché por lo que quería y lo logré. ¡Me sentí tan libre! —Zac pudo percibir una sonrisa en sus labios. Luego, en tono de amargura, añadió—: Hasta que apareció Dan Nightingale, el artista atrevido, siempre rodeado de modelos y músicos. Una tarde me invitó a tomar una copa.
—¡Qué listo! —murmuró Zac, odiando al hombre aun sin conocerlo.
—¡Me sentí tan halagada…! Jamás se me pasó por la cabeza que lo que le interesara fuera mí apellido. Era mi primer novio y me enamoré locamente de él. Hasta que…
Un escalofrío la sacudió y Zac incrementó la presión de su brazo, como si con ello pudiera protegerla.
—¿Era el tipo de la Tate, verdad, el que expuso tus fotografías?
—Así es —dijo Vane sarcástica—. Resultó que lo que quería era utilizarme para crear una pieza provocadora. Como para el resto del mundo, para él yo no era nadie, sólo un apellido: Hudgens —rió con rabia—. Aprendí la lección y me obligó a enfrentarme a la verdad que llevaba negando toda mi vida.
—¿Cuál?
—Que haga lo que haga para convertirme en mí misma, siempre seré la nieta, la hija o la hermana de alguien.
Zac sintió una opresión en el pecho. Quería gritar que se equivocaba, pero las palabras se congelaron en su garganta. Después de todo, ¿no era él culpable de eso mismo?
—Cometí una estupidez —continuó Vanessa—. Me sentía tan mal que quise hacer mí dolor visible. Apenas recuerdo nada, excepto el instante en que confirmé que la exquisita sangre Hudgens era igual a las demás. Luego, Miles apareció y se ocupó detodo.
En el hogar sólo quedaban unas brasas. Zac se irguió para avivarlas y al sentir el dolor de la espalda quiso concentrarse en él como si con ello expiara sus culpas.
—Le debo una disculpa a Miles —dijo, apretando los dientes—. Lo juzgué erróneamente.
Como a ella. Bella suspiró.
—Sé que está obsesionado con controlarlo todo, pero se preocupa sinceramente por mí. De no ser por él, no estaría aquí.
—Entonces, debo darle las gracias —dijo Zac con voz ronca.
Echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el asiento del sofá y cerró los ojos.
Todas sus certezas estaban siendo pulverizadas. Instintivamente, había odiado a Dan Nightingale al verlo con Vane. Pero lo peor era reconocerse en él.
Cuando Nessa despertó era de día y supo, al instante, que Zac no estaba a su lado. Se incorporó con cara somnolienta y lo buscó en el espacio vacío que quedaba en la cama. Pero las sábanas estaban frías. Se levantó y bajó con el corazón en un puño. En el piso inferior se proyectaban las sombras de la luz del amanecer. Aguzó el oído. Nada.
Entonces, al mirar hacia un lado, creyó percibir movimientos tras una puerta entreabierta. Se acercó de puntillas. Frente a la ventana, Zac miraba las capas de neblina que, como velos, se superponían en los campos. Iba en vaqueros, pero tenía el torso desnudo, y su actitud hizo pensar a Vanessa en la noche en que lo había visto recortado contra las luces de Londres, en su apartamento.
Sin pensárselo, caminó hasta él y le rodeó la cintura por la espalda.
—¿Qué haces? —preguntó en un susurro.
—Tengo que irme —dijo él en tono distante. Se deshizo con firme suavidad de sus brazos y la miró de frente—. He de ir a París por un asunto relacionado con esto.
Fue hacia una cómoda y tomó lo que parecía un rollo de tela rígida. Impasible, Olivier se la mostró: La Dame de la Croix.
Era tal y como Zac se la había mostrado el día anterior. Por un instante el tiempo se paralizó y Nessa no supo si se miraba a sí misma a los ojos o a los de su abuela.
—¡Zac,es maravilloso!
—Así es —se limitó a decir él.
—¡Y aún más maravilloso es que lo hayas encontrado después de tantos años y que lo hayas traído!
—Y que le haya encontrado a ti al mismo tiempo.
—Por azar o por el destino —dijo ella con dulzura—. Siento que ese mismo destino haya hecho que mi familia les hiciera daño.
—También tú has sufrido, pero ya se acabó. Forma parte del pasado.
La determinación en sus palabras hizo que sonaran más como una promesa que como una simple afirmación. Vane hubiera querido que la tomara en sus brazos, sentirse segura de nuevo, pero Zac se alejó y se puso la camisa.
Ya vestido, fue como si se distanciara de ella, como si ya hubiera partido.
Mientras se alejaba a toda velocidad con los labios aún calientes del último beso de Vanessa, Zac sintió crecer la impaciencia en su interior. Apenas se había marchado y ya quería estar de vuelta. En casa. Un sentimiento que jamás había pensado llegar a tener.
La noche anterior, con Vanessa apoyada en su pecho, había atisbado una paz que jamás había sentido antes. Por un instante. Vanessa le había hecho sentirse bien consigo mismo, con su pasado y con su torturado padre. Ella lo había aceptado todo con naturalidad y le había hecho sentir lástima de no haberlo aceptado él mismo con anterioridad.
Pero gracias a ella ya no se avergonzaba del pasado. Sin embargo, la espantosa contradicción era que la culpabilidad que pesaba sobre su conciencia se había multiplicado. Se había propuesto torturarla, y si no paraba el artículo de Veronique Lemercier, lo conseguiría.
En un par de días, el gran escándalo de los Delacroix, el romance, el cuadro, el incendio, el chantaje, sería desvelado en la prensa de toda Europa. Desde que tenía uso de razón había querido sacar a la luz lo que habían hecho Philippe Delacroix y Edward Hudgens, pero de pronto sentía un deseo mucho más acuciante: el de proteger a Vanessa.
Cuando llegó al hospital, Julien estaba despierto y Zac se sintió culpable al ver cómo se le iluminaba la mirada al verlo. Frunció el ceño sin saber cómo empezar a tender un puente sobre el abismo que los separaba. Las cerúleas manos de Julien descansaban sobre la blanca sábana y, titubeante, Zac las cubrió con las suyas. Era tan buen comienzo como cualquier otro.
El sol caldeaba la espalda de Vanessa cuando detuvo el coche frente a la casa. Hacía otro dorado día de otoño, y Vane se descubrió sonriendo al abrir la puerta cargada de paquetes.
El aroma familiar a humo y manzanas la envolvió mientras cruzaba la habitación para depositarlos sobre la mesa. Parecía imposible haber ido a aquella casa tan en contra de su voluntad y sentir, desde el primer instante, algo tan especial por aquel destartalado e irregular espacio.
En él se había encontrado a sí misma… y a Zac, y aunque no habría sabido explicar por qué, tenía la certeza de que no podía haber sucedido en ningún otro lugar.
Miró los paquetes con satisfacción. Tras la partida de Zac, se había vestido y había ido a visitar el mercado de antigüedades del pueblo más próximo. Había conseguido sábanas de lino, maceteros de hierro forjado, unos preciosos candelabros que constituirían el regalo de boda perfecto para Miles y Ashley, y, el que representaba su más valioso hallazgo: un mantón idéntico al que lucía Olympia, que en aquel momento acarició con dedos temblorosos.
Quizá aquella misma noche sentiría la seda rozar su piel desnuda.
Llevándoselo al pecho, recordó la noche anterior, el sexo tierno y apasionado, el hambre que Zac había despertado en ella. También cómo a pesar de su rostro impenetrable, su cuerpo le había transmitido intensas emociones, como cuando le había acariciado y lamido, y él la había sujetado con fuerza a la vez que gritaba su nombre.
El dolor era cosa del pasado. Había llegado el momento de la sanación y del placer… comenzando por aquella misma noche, cuando Zac volviera de París y ella le esperara con la cena preparada.
Pero primero, encendería el fuego. Limpió las cenizas, rellenó la cesta con leños y buscó periódicos. Finalmente, los encontró en el último estante de una polvorienta estantería, dentro de una caja. Sacó el primero y, ya estaba a punto de arrancar una página cuando se detuvo.
Tenía el papel amarillento y quebradizo, y vio que era de noviembre de 1954. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo según leyó precipitadamente la portada.
El nombre aparecía en grandes letras: DELACROIX.
Vanessa se sentó en los talones con manos temblorosas. Por un instante permaneció paralizada en medio de la alfombra donde la noche anterior Zac y ella habían hecho el amor. Luego sacó todos los periódicos de la caja y empezó a leer.
Una hora más tarde, cuando se puso en pie con piernas inseguras, las nubes habían oscurecido el cielo. Se asió a la estantería para ayudarse mientras la sangre volvía a sus pies y su cerebro trataba de asimilar lo que acaba de descubrir.
Luego, recogió todos los periódicos y buscó la llave del coche. Apenas podía contener la ira.
Philippe Delacroix había recurrido al chantaje y al soborno para no tener que admitir ante el juez lo que le había hecho a Julien, pero ella le obligaría a decir la verdad.
El despiadado magnate estaba dispuesto a seducir a la rica heredera para vengarse. Peligrosamente guapo, Zac Efron lo tenía todo: poder, dinero y mujeres dispuestas a caldear su cama. Pero había algo que anhelaba más que todo eso: ¡vengarse de la familia Hudgens! ¿Y qué mejor venganza que seducir a la inocente Vanessa Hudgens para luego repudiarla? Ojo por ojo; corazón por corazón. Pero cuando la fría y calculada venganza se transformó en tórrida pasión, decidió retenerla junto a él.
lunes, 30 de abril de 2012
sábado, 28 de abril de 2012
Capitulo 13
En el futuro. Vanessa no recordaría nada del recorrido hasta la casa, excepto la excitación que le causaba saber que Zac iba detrás de ella. Sentía su cuerpo pleno, vivo, como si acabara de pasar por un bautismo de fuego y hubiera emergido renovada.
Miró por el espejo retrovisor. Zac mantenía una expresión neutra, inexpresiva, pero eso no impidió que ella sintiera una explosión de fuegos artificiales en su interior. Debajo de aquella máscara y de la apariencia de hombre rico, había otro de carne y hueso.
—Vamos.
Vanessa se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado ensimismada, dentro del coche, delante de la casa. Zac se inclinó hacía el volante para parar el motor, luego abrió la puerta y la ayudó a bajar.
Tenía la falda empapada. Zac arqueó una ceja:
—Te has mojado.
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Tengo que secarme.
—No vale la pena —dijo Zac con expresión enigmática.
Vanessa lo miró. El agua se deslizaba por su cabello, por el cuello del abrigo que él le había puesto y que olía a su aroma. Sintió un escalofrío.
—Tienes razón. No vale la pena.
Sin dejar de mirarla, Zac la tomó en brazos y la condujo hasta el dormitorio. Allí la dejó en el suelo.
—Desvístete —dijo con voz ronca, separándose de ella.
—¿Dónde vas?
—A preparar un baño.
Una vez sola. Vanessa se quitó la ropa y se quedó desnuda en medio de la habitación. Sentía la piel fría y caliente a un mismo tiempo.
Ardiente y hermosa.
Zac había adivinado su verdadera naturaleza antes que ella misma. O quizá, aunque la conociera, no había querido admitirla hasta que él se la había mostrado. Con la mirada perdida, buscó su imagen en el espejo. La cruz pintada parecía una joya de verdad, sus ojos tenían un resplandor audaz y sus labios parecían oscuros rubíes.
Zac apareció a su espalda. Vanessa le vio posar las manos en sus hombros, sintió sus dedos masajearle la nuca. El agua de la lluvia se deslizó desde su cabello hacia su pecho, difuminando la cinta de la cruz y dándole la apariencia de una gota de sangre.
—Es tan perfecto… —dijo ella con voz ronca—, que no puedo soportar que vaya a desaparecer.
En el espejo vio a Zac deslizar la mirada por su cuerpo con aquella característica mirada inescrutable que le hacía estremecer y que provocaba que la sangre se le agolpara en la pelvis.
—Entonces, permíteme… —susurró él.
A continuación, se chupó el dedo pulgar y emborronó la cruz. Vanessa contuvo el aliento.
—Pertenece al pasado —explicó él. Y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en brazos y la llevó al cuarto de baño.
El vapor creaba una nebulosa que lo envolvía todo, dándole un aire de irrealidad. En el alféizar de la ventana había una botella de vino y dos copas. Vanessa sonrió.
—Piensas en todo.
—Métete en la bañera.
—Sólo si tú me acompañas.
Vanessa le desabrochó la camisa y, en el instante de retirársela de los hombros vio una expresión de dolor cruzar el rostro de Zac. Vanessa deslizó las manos por su espalda al tiempo que lo rodeaba para mirársela.
—¡Dios mío, Zac! ¡Dios mío! —exclamó con sorpresa y compasión.
La oscura piel de su ancha espalda estaba llena de cortes y de sangre seca. Vane los acarició con delicadeza al tiempo que recordaba los cristales de la cabaña.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó. Y sintió los músculos de Zac contraerse cuando éste se encogió de hombros.
—Parar hubiera sido aún más doloroso.
Vanessa sintió una oleada de ternura y de deseo. Sus pezones se endurecieron y una pulsante sensación se instaló en su pelvis. Rodeó la cintura de Zac por detrás y, aunque él aparentemente no reaccionó, los músculos de su estómago se encogieron al paso de la mano de Nessa hacía su sexo endurecido. Entonces lo recorrió un temblor y Vanessa, actuando sin ningún control, le desabrochó el pantalón al tiempo que lamía y besaba su espalda. Zac puso sus manos sobre las de ella para ayudarla con sus ciegos movimientos hasta que súbitamente, se giró y la estrechó contra sí, atrapando su boca con voracidad.
Luego la depositó en el baño y se metió tras ella. Vanessa echó la cabeza hacia atrás y buscó de nuevo sus labios, besándolos con delicadeza, acariciándolos con su lengua. Podía sentir su erección contra su vientre y la anticipación de sentir a Zac en su interior le hizo estremecer. Sin pensárselo, se sumergió en el agua y lo atrapó en su boca, cerrando los labios en torno a él.
Cuando emergió del agua para respirar, Zac la tomó por debajo de los brazos y la desplazó para colocarse sobre ella. Nessa rodeó las caderas de Zac con sus piernas para presionarlo contra sí al tiempo que él la penetraba de un solo empuje. Bastó con que viera la mirada de Nessa enturbiada por la pasión para que estuviera a punto de estallar, aun antes de sentir su pulsante interior rodeándolo, contrayéndose alrededor de su sexo. Agachó la cabeza y la oyó gemir cuando atrapó entre sus dientes un rosado pezón.
El agua se desbordaba y sacudía los bordes de la bañera a su alrededor al compás de sus movimientos, tan complementarios que parecían formar un solo cuerpo. Nessa hundió los dedos en el cabello de Zac, luego elevó los brazos por encima de la cabeza, arqueándose frenéticamente contra él, hasta que bajándolos de nuevo y asiéndose a sus brazos, una serie de temblores se apoderaron de ella hasta alcanzar el clímax.
Cuando las contracciones remitieron, se abrazó a Zac y fue entonces él quien se dejó ir. Y cuando colapso sobre ella tuvo la extraña sensación de haber llegado a casa.
Después, permanecieron en el agua, bebiendo vino mientras sus pulsaciones recuperaban el ritmo normal. La realidad se habían fundido en una acogedora nebulosa, y el futuro y el resto de la gente eran algo remoto e incomprensible.
Zac pasaba la mano por el hombro de Bella, acariciaba su mano, su muñeca. Al sentir la fina piel de la cicatriz que tatuaba su fina piel, la sacó del agua para mirarla; luego, la besó.
Ninguno de los dos dijo nada. Habían sido tocados por un frágil hechizo que ninguno de los dos parecía querer romper.
--------------------------------
Zac miro con indiferencia su Blackberry. Por primera vez en su vida, las cifras le daban lo mismo. Pero desde aquella mañana habían cambiado muchas cosas.
Eso no significaba que pudiera perder el control. Si era tan bueno en lo suyo se debía a que siempre estaba alerta, a que nunca había perdido de vista el objetivo de hacer dinero. Era lo que lo definía. La necesidad de probarse a sí mismo, de demostrar su valía.
Tras comprobar que no se había producido cambios de importancia, dejó la Blackberry a un lado y miró a su alrededor. El olor a humo de la chimenea, la habitación en penumbra, la oscuridad tras los cristales… desde el piso superior llegaban las pisadas de Vane sobre el suelo de madera.
Ellas siempre querían que les dedicara más tiempo, mientras que él prefería trabajar. Aquellas mujeres se habían enamorado del monstruo que había creado. Adoraban una figura de cartón piedra, una efigie.
Tomó los hongos que había recogido al salir de la cabaña y sacó un cuchillo. Tenía el mango de madera gastado y suave por el uso de los años, y encajaba en su mano como no encajaban los sofisticados utensilios de titanio de su cocina. Ni siquiera recordaba la última vez que los había usado, o que había preparado algo de comer.
Y en ese momento fue consciente de que se equivocaba, de que no había alcanzado el éxito, de que había perdido el contacto con sus raíces. Por eso se había rodeado de personas que actuaban de la misma manera. Intentó imaginar en aquella casa a cualquiera de las mujeres con las que se relacionaba, y la idea le resultó tan absurda que casi se echó a reír.
—¿Estás cocinando?
Levantó la vista. Vane estaba en el umbral de la puerta, con el cabello húmedo peinado hacia atrás y las mejillas coloreadas por el vapor y el sexo. Llevaba una camiseta de él que le llegaba a la mitad del muslo, y el resto de sus gloriosas piernas quedaba al descubierto.
—¿Tan raro le parece? —preguntó un tanto ofendido, aunque él mismo había pensado hacía unos segundos que ya casi no lo hacía.
Vanessa fue a su lado y sonrió.
—No. Me admira —tomó uno de los hongos y lo acarició antes de olerlo.
Zac encontró el gesto irresistiblemente sensual, y tuvo que girarse para no sucumbir a la tentación de deslizar sus manos por debajo de la camiseta y sentir su piel desnuda.
—Cuando era pequeño —dijo con más brusquedad de la que pretendía mientras cortaba uno de los hongos—, tuve que aprender a cocinar. Julien no se ocupaba de las tareas domésticas.
—¿Y tu madre?
Zac se quedó en suspenso una fracción de segundo.
—Nos dejó cuando tenía dos años —dijo finalmente.
—Lo siento, no debía haberte preguntado.
Zac salteó los hongos.
—No pasa nada. Era una estudiante de Arte que quiso hacer su proyecto de fin de carrera sobre mi padre. Supongo que después de tantos años de inactividad, le halagó que alguien se interesara por él. Ella localizó la mayoría de sus cuadros y pensó en organizar una exposición, pero el proyecto se canceló cuando quedó embarazada —hizo una pausa. Los hongos impregnaban el aire de un delicioso aroma. Vanessa no se atrevió a hablar—. Supongo que creyó que mi padre llegaría a amarla, pero eso era imposible.
—¿Por qué?
Zac echó arroz en la cazuela.
—Porque seguía enamorado de Genevieve. Ninguna otra mujer podía comparársele. Imagino que mi madre sólo fue un breve paréntesis en su soledad —miró a Vane esbozando una sonrisa de melancolía—. La utilizó, pero acabó pagando por ello.
—¿A qué te refieres?
—Ella lo abandonó y le dejó con un hijo que nunca había deseado, de una mujer a la que nunca amó.
La aparente ausencia de emoción con la que dijo aquellas palabras hizo estremecer a Vane. Llegando a conclusiones precipitadas, le había acusado de descuidar a su padre, cuando quizá la verdad era lo contrario.
—Pero seguro que tu padre te quería —dijo, titubeante—. ¿Nunca estuvisteis unidos?
—Creo que su amor por Genevieve absorbió toda su capacidad de amar. Por eso se quedó aquí.
—¿Por si volvía?
—En parte sí. Y en parte porque quería demostrar que no tenía nada de lo que arrepentirse.
—¿En qué sentido?
—¿Recuerdas lo que te ha contado tu tío? Pues precisamente para acallar los rumores de que había pintado el cuadro para chantajear a tu familia.
—Fue muy valiente —dijo Nessa con un hilo de voz.
Zac frunció el ceño. Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Para él, la actitud pasiva de su padre no era más que la prueba de su total claudicación. Pensaba que, de ser valiente, se habría marchado. No se había dado cuenta de que al huir del pasado y de sus problemas para alcanzar el éxito de los Delacroix, era él el cobarde. De pronto lo veía todo con una nitidez meridiana.
—Lo siento mucho, Zac. Está claro que mi familia les ha causado mucho dolor.
—Ya no importa. Forma parte del pasado.
Las palabras surgieron mecánicamente, y sin embargo, por primera en su vida, Zac pensó que podían ser verdad.
xAstridx
Miró por el espejo retrovisor. Zac mantenía una expresión neutra, inexpresiva, pero eso no impidió que ella sintiera una explosión de fuegos artificiales en su interior. Debajo de aquella máscara y de la apariencia de hombre rico, había otro de carne y hueso.
—Vamos.
Vanessa se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado ensimismada, dentro del coche, delante de la casa. Zac se inclinó hacía el volante para parar el motor, luego abrió la puerta y la ayudó a bajar.
Tenía la falda empapada. Zac arqueó una ceja:
—Te has mojado.
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Tengo que secarme.
—No vale la pena —dijo Zac con expresión enigmática.
Vanessa lo miró. El agua se deslizaba por su cabello, por el cuello del abrigo que él le había puesto y que olía a su aroma. Sintió un escalofrío.
—Tienes razón. No vale la pena.
Sin dejar de mirarla, Zac la tomó en brazos y la condujo hasta el dormitorio. Allí la dejó en el suelo.
—Desvístete —dijo con voz ronca, separándose de ella.
—¿Dónde vas?
—A preparar un baño.
Una vez sola. Vanessa se quitó la ropa y se quedó desnuda en medio de la habitación. Sentía la piel fría y caliente a un mismo tiempo.
Ardiente y hermosa.
Zac había adivinado su verdadera naturaleza antes que ella misma. O quizá, aunque la conociera, no había querido admitirla hasta que él se la había mostrado. Con la mirada perdida, buscó su imagen en el espejo. La cruz pintada parecía una joya de verdad, sus ojos tenían un resplandor audaz y sus labios parecían oscuros rubíes.
Zac apareció a su espalda. Vanessa le vio posar las manos en sus hombros, sintió sus dedos masajearle la nuca. El agua de la lluvia se deslizó desde su cabello hacia su pecho, difuminando la cinta de la cruz y dándole la apariencia de una gota de sangre.
—Es tan perfecto… —dijo ella con voz ronca—, que no puedo soportar que vaya a desaparecer.
En el espejo vio a Zac deslizar la mirada por su cuerpo con aquella característica mirada inescrutable que le hacía estremecer y que provocaba que la sangre se le agolpara en la pelvis.
—Entonces, permíteme… —susurró él.
A continuación, se chupó el dedo pulgar y emborronó la cruz. Vanessa contuvo el aliento.
—Pertenece al pasado —explicó él. Y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en brazos y la llevó al cuarto de baño.
El vapor creaba una nebulosa que lo envolvía todo, dándole un aire de irrealidad. En el alféizar de la ventana había una botella de vino y dos copas. Vanessa sonrió.
—Piensas en todo.
—Métete en la bañera.
—Sólo si tú me acompañas.
Vanessa le desabrochó la camisa y, en el instante de retirársela de los hombros vio una expresión de dolor cruzar el rostro de Zac. Vanessa deslizó las manos por su espalda al tiempo que lo rodeaba para mirársela.
—¡Dios mío, Zac! ¡Dios mío! —exclamó con sorpresa y compasión.
La oscura piel de su ancha espalda estaba llena de cortes y de sangre seca. Vane los acarició con delicadeza al tiempo que recordaba los cristales de la cabaña.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó. Y sintió los músculos de Zac contraerse cuando éste se encogió de hombros.
—Parar hubiera sido aún más doloroso.
Vanessa sintió una oleada de ternura y de deseo. Sus pezones se endurecieron y una pulsante sensación se instaló en su pelvis. Rodeó la cintura de Zac por detrás y, aunque él aparentemente no reaccionó, los músculos de su estómago se encogieron al paso de la mano de Nessa hacía su sexo endurecido. Entonces lo recorrió un temblor y Vanessa, actuando sin ningún control, le desabrochó el pantalón al tiempo que lamía y besaba su espalda. Zac puso sus manos sobre las de ella para ayudarla con sus ciegos movimientos hasta que súbitamente, se giró y la estrechó contra sí, atrapando su boca con voracidad.
Luego la depositó en el baño y se metió tras ella. Vanessa echó la cabeza hacia atrás y buscó de nuevo sus labios, besándolos con delicadeza, acariciándolos con su lengua. Podía sentir su erección contra su vientre y la anticipación de sentir a Zac en su interior le hizo estremecer. Sin pensárselo, se sumergió en el agua y lo atrapó en su boca, cerrando los labios en torno a él.
Cuando emergió del agua para respirar, Zac la tomó por debajo de los brazos y la desplazó para colocarse sobre ella. Nessa rodeó las caderas de Zac con sus piernas para presionarlo contra sí al tiempo que él la penetraba de un solo empuje. Bastó con que viera la mirada de Nessa enturbiada por la pasión para que estuviera a punto de estallar, aun antes de sentir su pulsante interior rodeándolo, contrayéndose alrededor de su sexo. Agachó la cabeza y la oyó gemir cuando atrapó entre sus dientes un rosado pezón.
El agua se desbordaba y sacudía los bordes de la bañera a su alrededor al compás de sus movimientos, tan complementarios que parecían formar un solo cuerpo. Nessa hundió los dedos en el cabello de Zac, luego elevó los brazos por encima de la cabeza, arqueándose frenéticamente contra él, hasta que bajándolos de nuevo y asiéndose a sus brazos, una serie de temblores se apoderaron de ella hasta alcanzar el clímax.
Cuando las contracciones remitieron, se abrazó a Zac y fue entonces él quien se dejó ir. Y cuando colapso sobre ella tuvo la extraña sensación de haber llegado a casa.
Después, permanecieron en el agua, bebiendo vino mientras sus pulsaciones recuperaban el ritmo normal. La realidad se habían fundido en una acogedora nebulosa, y el futuro y el resto de la gente eran algo remoto e incomprensible.
Zac pasaba la mano por el hombro de Bella, acariciaba su mano, su muñeca. Al sentir la fina piel de la cicatriz que tatuaba su fina piel, la sacó del agua para mirarla; luego, la besó.
Ninguno de los dos dijo nada. Habían sido tocados por un frágil hechizo que ninguno de los dos parecía querer romper.
--------------------------------
Zac miro con indiferencia su Blackberry. Por primera vez en su vida, las cifras le daban lo mismo. Pero desde aquella mañana habían cambiado muchas cosas.
Eso no significaba que pudiera perder el control. Si era tan bueno en lo suyo se debía a que siempre estaba alerta, a que nunca había perdido de vista el objetivo de hacer dinero. Era lo que lo definía. La necesidad de probarse a sí mismo, de demostrar su valía.
Tras comprobar que no se había producido cambios de importancia, dejó la Blackberry a un lado y miró a su alrededor. El olor a humo de la chimenea, la habitación en penumbra, la oscuridad tras los cristales… desde el piso superior llegaban las pisadas de Vane sobre el suelo de madera.
Ellas siempre querían que les dedicara más tiempo, mientras que él prefería trabajar. Aquellas mujeres se habían enamorado del monstruo que había creado. Adoraban una figura de cartón piedra, una efigie.
Tomó los hongos que había recogido al salir de la cabaña y sacó un cuchillo. Tenía el mango de madera gastado y suave por el uso de los años, y encajaba en su mano como no encajaban los sofisticados utensilios de titanio de su cocina. Ni siquiera recordaba la última vez que los había usado, o que había preparado algo de comer.
Y en ese momento fue consciente de que se equivocaba, de que no había alcanzado el éxito, de que había perdido el contacto con sus raíces. Por eso se había rodeado de personas que actuaban de la misma manera. Intentó imaginar en aquella casa a cualquiera de las mujeres con las que se relacionaba, y la idea le resultó tan absurda que casi se echó a reír.
—¿Estás cocinando?
Levantó la vista. Vane estaba en el umbral de la puerta, con el cabello húmedo peinado hacia atrás y las mejillas coloreadas por el vapor y el sexo. Llevaba una camiseta de él que le llegaba a la mitad del muslo, y el resto de sus gloriosas piernas quedaba al descubierto.
—¿Tan raro le parece? —preguntó un tanto ofendido, aunque él mismo había pensado hacía unos segundos que ya casi no lo hacía.
Vanessa fue a su lado y sonrió.
—No. Me admira —tomó uno de los hongos y lo acarició antes de olerlo.
Zac encontró el gesto irresistiblemente sensual, y tuvo que girarse para no sucumbir a la tentación de deslizar sus manos por debajo de la camiseta y sentir su piel desnuda.
—Cuando era pequeño —dijo con más brusquedad de la que pretendía mientras cortaba uno de los hongos—, tuve que aprender a cocinar. Julien no se ocupaba de las tareas domésticas.
—¿Y tu madre?
Zac se quedó en suspenso una fracción de segundo.
—Nos dejó cuando tenía dos años —dijo finalmente.
—Lo siento, no debía haberte preguntado.
Zac salteó los hongos.
—No pasa nada. Era una estudiante de Arte que quiso hacer su proyecto de fin de carrera sobre mi padre. Supongo que después de tantos años de inactividad, le halagó que alguien se interesara por él. Ella localizó la mayoría de sus cuadros y pensó en organizar una exposición, pero el proyecto se canceló cuando quedó embarazada —hizo una pausa. Los hongos impregnaban el aire de un delicioso aroma. Vanessa no se atrevió a hablar—. Supongo que creyó que mi padre llegaría a amarla, pero eso era imposible.
—¿Por qué?
Zac echó arroz en la cazuela.
—Porque seguía enamorado de Genevieve. Ninguna otra mujer podía comparársele. Imagino que mi madre sólo fue un breve paréntesis en su soledad —miró a Vane esbozando una sonrisa de melancolía—. La utilizó, pero acabó pagando por ello.
—¿A qué te refieres?
—Ella lo abandonó y le dejó con un hijo que nunca había deseado, de una mujer a la que nunca amó.
La aparente ausencia de emoción con la que dijo aquellas palabras hizo estremecer a Vane. Llegando a conclusiones precipitadas, le había acusado de descuidar a su padre, cuando quizá la verdad era lo contrario.
—Pero seguro que tu padre te quería —dijo, titubeante—. ¿Nunca estuvisteis unidos?
—Creo que su amor por Genevieve absorbió toda su capacidad de amar. Por eso se quedó aquí.
—¿Por si volvía?
—En parte sí. Y en parte porque quería demostrar que no tenía nada de lo que arrepentirse.
—¿En qué sentido?
—¿Recuerdas lo que te ha contado tu tío? Pues precisamente para acallar los rumores de que había pintado el cuadro para chantajear a tu familia.
—Fue muy valiente —dijo Nessa con un hilo de voz.
Zac frunció el ceño. Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Para él, la actitud pasiva de su padre no era más que la prueba de su total claudicación. Pensaba que, de ser valiente, se habría marchado. No se había dado cuenta de que al huir del pasado y de sus problemas para alcanzar el éxito de los Delacroix, era él el cobarde. De pronto lo veía todo con una nitidez meridiana.
—Lo siento mucho, Zac. Está claro que mi familia les ha causado mucho dolor.
—Ya no importa. Forma parte del pasado.
Las palabras surgieron mecánicamente, y sin embargo, por primera en su vida, Zac pensó que podían ser verdad.
xAstridx
jueves, 26 de abril de 2012
Capitulo 12
Sobre el amor.
Zac se sintió desorientado y confuso. Eso no era lo que había querido demostrarle a Vanessa y, sin embargo, era la primera vez que lo sentía de verdad. Para él. La Dame de la Croix era el símbolo del poder y de la tiranía, y nunca del amor.
El sentimiento que lo había guiado hasta aquel momento era la venganza. Por él estaba en aquel oscuro lugar con aquella mujer de piel de terciopelo y ojos luminosos.
Se había esforzado por ser tan cruel y frío como ellos y al lograrlo, acababa de darles la razón. Cincuenta años antes, los Delacroix&Hudgens pensaban que Julien Efron no era lo bastante bueno como para su hija, y esa humillación le había impulsado a alcanzar el éxito.
Pero en aquel instante tuvo la dolorosa certeza de que tampoco él se merecía a Vanessa Hudgens, y nunca sería lo bastante bueno para ella.
Vanessa se alzó levemente y, deslizándose hacia un lado, se echó junto a él.
—No me habías dicho que eras un artista —dijo, mirándolo fijamente.
—Porque no lo soy —dijo con un tono en el que Vanessa creyó intuir cierto sarcasmo—. Soy un millonario especulador, ¿recuerdas?
Vanessa sonrió.
—Claro que lo recuerdo, pero lo que me pregunto es por qué un hombre de tu talento dedica su tiempo a ganar dinero.
Zac se incorporó, apoyó la espalda en el sofá y alargó la mano hacía su camisa.
—Sí supieras cuánto gano, no me lo preguntarías.
—Claro que sí —dijo Vanessa, dejando de sonreír—. Abandonar lo que amas por dinero es venderse —trazó con su dedo el dibujo del colgante mientras añadía en tono distraído—. Y no me parece que seas alguien a quien se pueda comprar por dinero.
Aquellas palabras fueron como pequeños dardos clavándose en el corazón de Zac. Se levantó y empezó a recoger el resto de su desperdigada ropa.
—No me «he vendido». Hay otras razones —le pasó la falda a Vanessa sin mirarla.
El tono de resignación con el que se expresó, puso a Vanessa en alerta. Recordó la noche en la que habían bailado en la calle y cómo había ansiado descubrir al hombre tras la máscara. También recordó la impersonal sofisticación de su apartamento y cómo, a pesar de lo que había sucedido entre ellos, se había sentido más distante de él que nunca. En aquel momento, en la penumbra de un lugar en ruinas, tenía la sensación de tener ante sí a un Zac mucho más real, menos seguro de sí mismo.
—¿Le desilusionó a tu padre que no siguieras sus pasos en el arte?
—Mí padre ni siquiera sabe que soy capaz de dibujar —dijo Zac con aspereza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Vanessa subiéndose las medías.
—Nunca lo supo. Tuve un profesor de arte que quería que estudiara Bellas Artes, así que dejé de ir a sus clases. Desde entonces, no he pintado nada —aunque hablaba con aparente calma, sus manos, al abrocharse el cinturón, se movían con brusquedad y rabia—. Julien nunca supo que el arte me interesara.
Vanessa sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—¿Tú por qué crees? Él podía haber sido uno de los pintores más famosos de su generación, pero lo perdió todo en el incendio. ¿Cómo iba a experimentar yo lo que tendría que haber vivido él?
Vanessa se puso en pie. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener las lágrimas.
—¿Por eso concentraste tu energía en alcanzar el éxito por otras vías?
—Algo así —dijo Zac con una amargura que no logró ocultar y por la que se odió.
Mentirle le hizo sentirse despreciable, pero la verdad era demasiado cruel como para expresarla. El motor de su ambición había sido demostrarle a la familia de Vanessa que era alguien, ser tan poderoso y rico como ellos para que algún día pagaran por lo que habían hecho.
Y ese día había llegado.
—Háblame del incendio —dijo ella con dulzura.
Zac cerró los ojos. Una voz en su interior le gritaba, sarcástica: «Venga, díselo, cuéntale cómo su tío Philippe Delacroix lo provocó para quitar a Julien Efron todo lo que poseía. ¿No era eso lo que querías todo este tiempo, que supiera de lo que su familia es capaz?».
—No hay nada que contar —dijo con aspereza—. Sucedió antes de que yo naciera. Julien había trabajado para una gran exposición en una prestigiosa galería, y perdió toda su obra.
—¿Y sus manos resultaron tan dañadas que ya no pudo pintar?
El tono compasivo de Zac, tan dulce como una caricia, lo perturbó.
—Sí —contestó—. Entró para salvar el único cuadro que le importaba: La Dame de la Croix.
«El cuadro por el que tu familia había quemado la casa».
En silencio, Vanessa fue hacia él y, abrazándolo por detrás, apoyó la cabeza en su espalda. Zac no pudo contener un leve gemido de dolor. Vanessa se separó y dejó caer los brazos automáticamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada.
Había un cierto paralelismo poético, pensó Zac amargamente. Su intención inicial había sido seducirla para hacerle sufrir. Pero lograrlo le había causado a él el dolor físico que sufría en aquel instante.
Se trataba de un acto de justicia que casi le alegraba.
Fuera, llovía.
Había un cielo gris plomizo y persistía la luz amarillenta que dotaba a todo de un aire fantasmagórico. Vanessa alzó el rostro a la lluvia y recordó la sensación de salir al aire libre desde la oscuridad de un cine.
De pequeña adoraba ir al cine. Había constituido el refugio en el que canalizar las pasiones y emociones románticas que en su familia estaban prohibidas. Y en aquel instante, emergiendo a la luz del día y respirando el fresco aire otoñal se sintió liberada de todas las limitaciones.
Toda su vida se había puesto a sí misma en último lugar, adaptándose a los valores de su familia relativos al deber y la obediencia, sacrificando su libertad por el honor de los Hudgens-Delacroix. Había sido siempre una buena chica, y por fin tenía una recompensa.
En la distancia, su familia no resultaba tan poderosa. Philippe Delacroix había hablado de Julien Efron con amargura y desdén, pero él no parecía más que un viejo retorcido refugiado en una casa que era como un gran museo sin vida. Casi le daba pena.
De hecho en aquel instante, al mirar a Zac que le había pasado el brazo por el hombro y la miraba a su vez con expresión inescrutable, sentía lástima por cualquiera que no fuera ella. Por primera vez en su vida, se sentía feliz de ser quien era.
—Te has puesto el jersey al revés —le dijo él al oído.
Vanessa sonrió con picardía.
—Da lo mismo, pienso quitármelo en cuanto lleguemos a casa.
—¿Eso es una promesa?
Vanessa sintió una oleada de calor y observó a Zac un instante. Con el cabello mojado por la lluvia cayéndole parcialmente sobre la piel cetrina y los oscuros ojos, despertaba en ella un deseo salvaje, le hacía sentir viva, vibrante… Todos los sentimientos de los que su hermano Miles y la terapeuta habían intentado alejarla.
Pero Vanessa acababa de llegar a la conclusión de que ésa era su verdadera naturaleza. Y una vez más recordó algo que le había dicho su abuela: Eres capaz de amar apasionadamente…
Alzó la mano hacia la mejilla de Zac.
—Hoy he aprendido muchas cosas gracias a ti —dijo con dulzura.
Con expresión de tristeza, Zac se encogió de hombros.
—Ha sido un placer —le cerró el abrigo hasta el cuello y tiró de ella hacia sí. Tras besarle la frente, añadió—: Yo también he aprendido algo.
Súbitamente, Vanessa dio un salto hacia atrás y, llevándose las manos a la boca con ojos de espanto, exclamó:
—Dios mío, Dios mío…
Por un instante, Zac tuvo el espantoso presentimiento de que había adivinado lo que tramaba.
—¿Qué pasa?
Vanessa ya había echado a correr. Por encima del hombro gritó:
—¡El coche de Celia! ¡He dejado la capola bajada!
Zac suspiró aliviado. El coche podía ser reemplazado. Volver a la normalidad en otros aspectos iba resultar mucho más laborioso.
Caminó apresuradamente tras ella, arrancando unos hongos que vio al pie de un árbol. Para cuando alcanzó a Vanessa, ella ya estaba sentada en el mojado asiento y arrancaba el motor para subir la capota. Alzó la mirada y le dedicó una sonrisa que incendió el interior de Zac.
—Y yo que creía que no podía sentirme más húmeda… —dijo con picardía.
Aunque Zac se había jurado no darle la oportunidad de dejarlo plantado una tercera vez, cuando Vanessa arrancó no se sintió enfadado.
Las circunstancias habían cambiado y se habían complicado extraordinariamente.
Zac se sintió desorientado y confuso. Eso no era lo que había querido demostrarle a Vanessa y, sin embargo, era la primera vez que lo sentía de verdad. Para él. La Dame de la Croix era el símbolo del poder y de la tiranía, y nunca del amor.
El sentimiento que lo había guiado hasta aquel momento era la venganza. Por él estaba en aquel oscuro lugar con aquella mujer de piel de terciopelo y ojos luminosos.
Se había esforzado por ser tan cruel y frío como ellos y al lograrlo, acababa de darles la razón. Cincuenta años antes, los Delacroix&Hudgens pensaban que Julien Efron no era lo bastante bueno como para su hija, y esa humillación le había impulsado a alcanzar el éxito.
Pero en aquel instante tuvo la dolorosa certeza de que tampoco él se merecía a Vanessa Hudgens, y nunca sería lo bastante bueno para ella.
Vanessa se alzó levemente y, deslizándose hacia un lado, se echó junto a él.
—No me habías dicho que eras un artista —dijo, mirándolo fijamente.
—Porque no lo soy —dijo con un tono en el que Vanessa creyó intuir cierto sarcasmo—. Soy un millonario especulador, ¿recuerdas?
Vanessa sonrió.
—Claro que lo recuerdo, pero lo que me pregunto es por qué un hombre de tu talento dedica su tiempo a ganar dinero.
Zac se incorporó, apoyó la espalda en el sofá y alargó la mano hacía su camisa.
—Sí supieras cuánto gano, no me lo preguntarías.
—Claro que sí —dijo Vanessa, dejando de sonreír—. Abandonar lo que amas por dinero es venderse —trazó con su dedo el dibujo del colgante mientras añadía en tono distraído—. Y no me parece que seas alguien a quien se pueda comprar por dinero.
Aquellas palabras fueron como pequeños dardos clavándose en el corazón de Zac. Se levantó y empezó a recoger el resto de su desperdigada ropa.
—No me «he vendido». Hay otras razones —le pasó la falda a Vanessa sin mirarla.
El tono de resignación con el que se expresó, puso a Vanessa en alerta. Recordó la noche en la que habían bailado en la calle y cómo había ansiado descubrir al hombre tras la máscara. También recordó la impersonal sofisticación de su apartamento y cómo, a pesar de lo que había sucedido entre ellos, se había sentido más distante de él que nunca. En aquel momento, en la penumbra de un lugar en ruinas, tenía la sensación de tener ante sí a un Zac mucho más real, menos seguro de sí mismo.
—¿Le desilusionó a tu padre que no siguieras sus pasos en el arte?
—Mí padre ni siquiera sabe que soy capaz de dibujar —dijo Zac con aspereza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Vanessa subiéndose las medías.
—Nunca lo supo. Tuve un profesor de arte que quería que estudiara Bellas Artes, así que dejé de ir a sus clases. Desde entonces, no he pintado nada —aunque hablaba con aparente calma, sus manos, al abrocharse el cinturón, se movían con brusquedad y rabia—. Julien nunca supo que el arte me interesara.
Vanessa sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—¿Tú por qué crees? Él podía haber sido uno de los pintores más famosos de su generación, pero lo perdió todo en el incendio. ¿Cómo iba a experimentar yo lo que tendría que haber vivido él?
Vanessa se puso en pie. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener las lágrimas.
—¿Por eso concentraste tu energía en alcanzar el éxito por otras vías?
—Algo así —dijo Zac con una amargura que no logró ocultar y por la que se odió.
Mentirle le hizo sentirse despreciable, pero la verdad era demasiado cruel como para expresarla. El motor de su ambición había sido demostrarle a la familia de Vanessa que era alguien, ser tan poderoso y rico como ellos para que algún día pagaran por lo que habían hecho.
Y ese día había llegado.
—Háblame del incendio —dijo ella con dulzura.
Zac cerró los ojos. Una voz en su interior le gritaba, sarcástica: «Venga, díselo, cuéntale cómo su tío Philippe Delacroix lo provocó para quitar a Julien Efron todo lo que poseía. ¿No era eso lo que querías todo este tiempo, que supiera de lo que su familia es capaz?».
—No hay nada que contar —dijo con aspereza—. Sucedió antes de que yo naciera. Julien había trabajado para una gran exposición en una prestigiosa galería, y perdió toda su obra.
—¿Y sus manos resultaron tan dañadas que ya no pudo pintar?
El tono compasivo de Zac, tan dulce como una caricia, lo perturbó.
—Sí —contestó—. Entró para salvar el único cuadro que le importaba: La Dame de la Croix.
«El cuadro por el que tu familia había quemado la casa».
En silencio, Vanessa fue hacia él y, abrazándolo por detrás, apoyó la cabeza en su espalda. Zac no pudo contener un leve gemido de dolor. Vanessa se separó y dejó caer los brazos automáticamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada.
Había un cierto paralelismo poético, pensó Zac amargamente. Su intención inicial había sido seducirla para hacerle sufrir. Pero lograrlo le había causado a él el dolor físico que sufría en aquel instante.
Se trataba de un acto de justicia que casi le alegraba.
Fuera, llovía.
Había un cielo gris plomizo y persistía la luz amarillenta que dotaba a todo de un aire fantasmagórico. Vanessa alzó el rostro a la lluvia y recordó la sensación de salir al aire libre desde la oscuridad de un cine.
De pequeña adoraba ir al cine. Había constituido el refugio en el que canalizar las pasiones y emociones románticas que en su familia estaban prohibidas. Y en aquel instante, emergiendo a la luz del día y respirando el fresco aire otoñal se sintió liberada de todas las limitaciones.
Toda su vida se había puesto a sí misma en último lugar, adaptándose a los valores de su familia relativos al deber y la obediencia, sacrificando su libertad por el honor de los Hudgens-Delacroix. Había sido siempre una buena chica, y por fin tenía una recompensa.
En la distancia, su familia no resultaba tan poderosa. Philippe Delacroix había hablado de Julien Efron con amargura y desdén, pero él no parecía más que un viejo retorcido refugiado en una casa que era como un gran museo sin vida. Casi le daba pena.
De hecho en aquel instante, al mirar a Zac que le había pasado el brazo por el hombro y la miraba a su vez con expresión inescrutable, sentía lástima por cualquiera que no fuera ella. Por primera vez en su vida, se sentía feliz de ser quien era.
—Te has puesto el jersey al revés —le dijo él al oído.
Vanessa sonrió con picardía.
—Da lo mismo, pienso quitármelo en cuanto lleguemos a casa.
—¿Eso es una promesa?
Vanessa sintió una oleada de calor y observó a Zac un instante. Con el cabello mojado por la lluvia cayéndole parcialmente sobre la piel cetrina y los oscuros ojos, despertaba en ella un deseo salvaje, le hacía sentir viva, vibrante… Todos los sentimientos de los que su hermano Miles y la terapeuta habían intentado alejarla.
Pero Vanessa acababa de llegar a la conclusión de que ésa era su verdadera naturaleza. Y una vez más recordó algo que le había dicho su abuela: Eres capaz de amar apasionadamente…
Alzó la mano hacia la mejilla de Zac.
—Hoy he aprendido muchas cosas gracias a ti —dijo con dulzura.
Con expresión de tristeza, Zac se encogió de hombros.
—Ha sido un placer —le cerró el abrigo hasta el cuello y tiró de ella hacia sí. Tras besarle la frente, añadió—: Yo también he aprendido algo.
Súbitamente, Vanessa dio un salto hacia atrás y, llevándose las manos a la boca con ojos de espanto, exclamó:
—Dios mío, Dios mío…
Por un instante, Zac tuvo el espantoso presentimiento de que había adivinado lo que tramaba.
—¿Qué pasa?
Vanessa ya había echado a correr. Por encima del hombro gritó:
—¡El coche de Celia! ¡He dejado la capola bajada!
Zac suspiró aliviado. El coche podía ser reemplazado. Volver a la normalidad en otros aspectos iba resultar mucho más laborioso.
Caminó apresuradamente tras ella, arrancando unos hongos que vio al pie de un árbol. Para cuando alcanzó a Vanessa, ella ya estaba sentada en el mojado asiento y arrancaba el motor para subir la capota. Alzó la mirada y le dedicó una sonrisa que incendió el interior de Zac.
—Y yo que creía que no podía sentirme más húmeda… —dijo con picardía.
Aunque Zac se había jurado no darle la oportunidad de dejarlo plantado una tercera vez, cuando Vanessa arrancó no se sintió enfadado.
Las circunstancias habían cambiado y se habían complicado extraordinariamente.
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