Mientras que la pequeña parroquia de St Saviour, en el corazón rural del distrito electoral de Miles estaba delicadamente iluminada por velas, en el exterior no dejaban de estallar los cegadores flashes de los fotógrafos. Debido a los sucesos acaecidos, la boda del político se había puesto al nivel de la de una figura de la realeza.
Ashley había actuado como relaciones públicas magistralmente.
Desde el momento en que la noticia estalló y ella y Vanessasalieron del hotel de París, trató con la prensa con agradecida sinceridad y contribuyó a humanizar a la familia Delacroix-Hudgens. Expresó la preocupación de todos por la herida de Zac Efron y dijo que confiaba en que la muerte de Philippe Delacroix, quien evidentemente padecía un trastorno mental, marcaría el final de la duradera disputa entre ambas familias.
Al día siguiente, la fotografía de La Dame de la Croix aparecía en todos los periódicos y Genevieve Delacroix se convertía en una celebridad. Su prolongado silencio convirtió las llamas de la curiosidad de la prensa en una hoguera, a lo que contribuyó sutilmente Ashley filtrando información sobre el cuadro y la apasionada y trágica historia, a lo Romeo y Julieta, que había tras él. La transformación de los fríos y adinerados Hudgens en misteriosos y románticos aristócratas, tuvo lugar ante los ojos del mundo con calculada precisión.
Los flashes se dispararon cuando el Rolls Royce que conducía a la novia y a su padre llegó a las puertas de la iglesia y Ashley emergió de él.
Vanessa la observó girarse brevemente hacia las cámaras antes de tomar el brazo de su padre y acercarse hacía ella que, vestida de negro, la esperaba como dama de honor, a la puerta de la iglesia.
—Estás preciosa, Ashley —dijo.
Era verdad. En la mortecina luz de aquella tarde de noviembre, Ashley resplandecía. Los blancos y negros que habían elegido originalmente como motivo de la ceremonia por el suelo ajedrezado de la iglesia, hacían que los ricos colores de la cruz Delacroix refulgieran sobre su pecho.
—Gracias, cariño —cuidando de no estropear los bouquets que portaban, abrazó a Vanessa—. Tú también.
Vanessa se separó con una risa seca. Las dos sabían que, a pesar de los esfuerzos del equipo de maquilladoras, que habían conseguido devolver algo de color a sus mejillas, su aspecto dejaba mucho que desear.
—Como es el día de tu boda, evitaré llamarte mentirosa —bromeó.
Ashley le apretó la mano.
—Estás siendo maravillosa, querida —dijo con energía—. Y me daría lo mismo que hubieras venido con la cabeza afeitada y llena de tatuajes. Sé que todo esto…—indicó la iglesia llena de gente—, es lo último que necesitas, y le agradezco el esfuerzo que has hecho.
—No sé si Miles opinaría lo mismo de los tatuajes —dijo Vanessa, esbozando una sonrisa—. Me temo que su imagen pública se resentiría.
—Tú eres mucho más importante para él. Sabes que bajo su fría apariencia, te quiere con locura.
Vanessa se estremeció.
—Será mejor que evitemos mencionar la locura cuando hablemos de mi familia. Vamos, acabemos con la ceremonia y empecemos con el champán.
Al oír los primeros acordes del Canon de Pachelbel. Vanessa tomó aire y apretó con fuerza el bouquet de rosas rojas. Al perfume de las flores se sumó el denso olor del incienso y de la cera del interior, que la invadió al seguir a Ashley por el pasillo central.
Afortunadamente, los invitados estaban demasiado pendientes de la novia como para prestarle atención y ver su expresión desolada.
Caminando a hurtadillas para evadir a la prensa, Zac se apoyó en una lápida. Con cada paso sentía el roce de sus dentadas costillas. El ejercicio hacia que le ardieran los pulmones. Se había dado de alta del hospital en contra de la opinión médica, pero estaba convencido de que si no lograba hablar con Nessa aquel día, corría el riesgo de no volver a verla nunca.
De todos los recuerdos nebulosos pasados bajo el efecto de la morfina, sólo uno era nítido: la obsesión por localizarla.
Pero los Hudgens habían cerrado filas en torno a ella y ni sus cartas, ni sus llamadas, ni sus visitas a la tienda de Nolling Hill habían servido de nada. Hasta que el día anterior, Celia se había compadecido de él y le había dicho dónde se celebraría la boda. Sólo allí podría ver a Vanessa, y la mera noción de tenerla cerca lo impulsaba con fiera determinación.
Respirando entrecortadamente, se irguió y continuó hacia un arco de entrada en el lateral de la iglesia. El servicio estaba avanzado. La música y la luz de las velas lo envolvieron en cuanto abrió una ranura y se deslizó al interior. Había llegado en el momento preciso. Terminaba un himno y pudo aprovechar el rumor de la gente sentándose y moviendo las páginas para situarse en la nave lateral sin ser visto.
Vanessa estaba detrás de los novios, hacia un lado. Tenía la cabeza inclinada y las velas iluminaban su cabello y sus desnudos hombros. En medio del ambiente de celebración, su rostro componía una expresión de profunda tristeza.
Zac se apoyó en un pilar. El súbito dolor que sintió en el pecho no fue físico, sino causado por la joven vestida de negro que tenía a unos metros de distancia. La mujer con los labios temblorosos y las mejillas humedecidas por unas sordas lágrimas. La mujer que en aquel momento alzó la mirada y lo vio.
—El amor es paciente, amable… —leía el pastor desde el pulpito.
Se miraron atormentados, próximos en distancia pero separados por un continente de tristeza e incomprensión.
Zac apretó lo puños para contener el impulso de ir al altar, estrecharla en sus brazos y besarla hasta hacer desaparecer las sombras de su rostro.
—El amor lo soporta todo, cree en todo…
Vanessa parpadeó como si sintiera dolor. Zac tuvo que desviar la mirada al tiempo que apoyaba la frente en la columna. Y en ese momento supo que todo aquello que le había importado en su vida no significaba nada. Ni el dinero, ni el respeto, ni la venganza…
La lectura concluyó. El pastor bajó del pulpito y se produjo un murmullo entre los congregados mientras los testigos acudían a firmar.
Vanessa vio que Ashley se volvía para asegurarse de que estaba bien y que le indicaba que los siguiera hacía la parte de delante de la iglesia, hacia la sacristía. Hacia Zac.
Bajó la mirada. Llevaba días anestesiada, intentando no sentir, no pensar. No podía permitirse ni un atisbo de esperanza.
Zac se apoyaba en una columna. Era absurdo intentar no mirarlo, tan inútil como pretender no amarlo. Se le secó la boca y se le rompió el corazón al ver su rostro surcado por marcas de dolor. Zac se separó del pilar cuando los novios pasaron a su altura. Vanessa vio a Miles lanzar una mirada en su dirección, pero Ashley le hizo continuar con un gesto decidido al tiempo que le decía algo quedamente.
Vanessa aminoró el paso. Ni ella ni Zac hablaron. Por un instante, se limitaron a mirarse. Entonces él dio un paso hacia ella e, instintivamente, los dos se movieron hacia las sombras del rincón de la nave.
Zac no hizo ademán de tocarla y Nessa se sintió aliviada pues sabía que las defensas que había erigido a su alrededor no eran más que un fino vidrio que él podía romper con sólo rozarlo. Pero, por otro lado, sus manos temblaron por el deseo de alargarlas hacía él. Para evitarlo, acarició los pélalos de las flores y fijó la mirada en ellas.
—Tienes la costumbre de aparecer cuando menos lo espero —dijo con un hilo de voz.
—Y tú, de desaparecer.
Vanessa frunció el ceño. La crueldad de sus palabras le hizo desear refugiarse en un lugar seguro donde nada pudiera dañarla.
—Lo siento, Zac pero no creo que pueda soportar tus juegos de palabras «ni ninguna insinuación de lo que sucedió entre nosotros»—. ¿A qué has venido?
Zac metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros. No sabía por dónde empezar.
—Para darte las gracias —dijo precipitadamente. Y rió con amargura—. Debes de haberme contagiado tus buenos modales.
En el otro extremo de la nave. Miles y Ashley se contemplaban amorosamente, posando para las fotografías. Para Vanessa el contraste entre las dos escenas fue insoportable.
—¿Gracias, por qué?
—Por salvarme la vida —dijo él, como un cable en tensión.
Sin darse cuenta. Vanessa había arrancado un pétalo y la roja mancha en su dedo le recordó la sangre en el pecho de Zac, su corazón sangrando mientras la oscuridad los rodeaba.
—No hice más que lo que me dijiste que hiciera —dijo ella, inexpresiva.
—Pero lo hiciste. Eso es lo que importa.
Vanessa sacudió la cabeza con una sonrisa de tristeza.
—Era lo menos que podía hacer. Después de todo fue el loco de mi tío quien casi te mata, y fui yo quien le habló del cuadro. Así que en cierta medida, tuve la culpa.
—Eso no es verdad. Fue culpa mía —dijo él entre dientes—. Me lo merecía.
Vanessa al fin alzó la mirada. El rostro de Zac no delataba ninguna emoción y en aquel momento, lo odió por todo el daño que le había causado.
—Puede que sí —dijo lentamente—. Lo merecías. Y tengo que reconocer que, de haber tenido yo el rifle, también te habría disparado. ¡Me utilizaste, Zac!
Sus últimas palabras fueron casi como un grito de angustia. Zac se irguió y pareció más distante que nunca.
—Tienes razón. Así fue como empezó todo. Eras una Delacroix Hudgens y quería hacerte daño, quería que el mundo supiera lo que habíais hecho. Por eso te seduje —se frotó la cara con la mano y rió con amargura—. Pero fui yo quien recibió el castigo.
—Sí —dijo Vanessa enfurecida—. Una bala en el pecho es lo mismo que había recibido yo.
Zac sacudió la cabeza.
—Ese no fue el castigo; sólo se trató de un accidente.Mi castigo fue enamorarme de ti —dijo débilmente—, y saber que no te merezco ni nunca te mereceré.
En aquel momento, los novios y los testigos abandonaron la sacristía y salieron de la iglesia.
Vanessa se quedó paralizada. Luego, caminó varios pasos alejándose de él con expresión concentrada, como si intentara recordar algo.
—Pero estabas enamorado de Veronique… —dijo en tono lastimero—. Lo sé…
Zac le bloqueó el paso.
—¿Qué? ¿De dónde te sacas eso?
Irguiéndose cuanto pudo y con actitud digna. Vanessa se concentró en ignorar las manos de Zac sobre sus hombros desnudos.
—Era su nombre el que pronunciabas constantemente en el hospital, Zac, no el mío. Era a ella a quien deseabas ver. Y luego supe que era a ella a quien ibas a ver en París y para quien habías comprado aquella preciosa lencería…
Zac la sacudió con suavidad.
—Mon Dieu (Significa,Dios Mio) … ¡Era para ti! —gimió—. La ropa era para ti porque toda la tuya es negra —deslizó la mirada sobre el vestido que llevaba en aquel instante—. El negro significa infelicidad, falta de amor. Y no quería que volvieras a sentir nunca más ninguna de las dos cosas.
Vanessa se tapó los oídos para ahogar aquellas maravillosas palabras. Temía estar perdiendo el juicio.
—Pero, ¿y el artículo? —prácticamente gritó—. ¡Durante todo el tiempo estabas colaborando con ella para que escribiera un artículo que destrozaría a mi familia!
—¡Por eso tenía que verla aquel día! —Zac habló muy lentamente. Tomó el rostro de Vanessa entre sus manos y la obligó a mirarlo—. Nessa, lo siento. Iba a encontrarme con ella para impedir que publicara el artículo… —enredó los dedos en su cabello—. Necesitaba decirle que no quería hacer daño a una familia a la que quiero pertenecer.
Las mejillas de Nessa se humedecieron. Beethoven sonó triunfal en el órgano, señalando el final de la ceremonia.
—¿Qué? —musitó Vanessa al verle mover los labios.
—Te amo —repitió él—. Quiero casarme contigo.
Vanessa no contestó. No pudo, porque sus labios no habían podido resistir ni un segundo más y habían encontrado los de él. Pasó un rato antes de que volviera a hablar.
Cuando se separaron, el bouquet estaba en el suelo y el lápiz de labios se le había borrado. Igual que la primera noche, en la Tale, sus labios adquirieron el rojo de los besos. Se separó de Zac y le sonrió a través de las lágrimas.
—¡Has dicho gracias, lo siento y por favor en cuestión de minutos!
La sonrisa de Zac hizo que el corazón le diera un salto de alegría.
—Ejerces una maravillosa influencia sobre mí —dijo con voz ronca—. Te necesito. Sin ti soy un desagradable bárbaro. Dime que me amas o estoy perdido.
—Eso es chantaje —bromeó ella.
Zac rió y la estrechó en sus brazos con una disimulada mueca de dolor.
—¿Y qué? Así se han relacionado siempre nuestras familias.
La iglesia estaba vacía. En el exterior, se oía el murmullo de la prensa y se veían destellos de cámaras. Las campanas repicaban.
Vanessa y Zac permanecieron en el centro de la nave, aislados de los demás por la necesidad que sentían de estar a solas.
—Debería salir —musitó Vanessa, sin moverse.
—Hace demasiado frío —protestó él, besándole la comisura de los labios—. Llevas un vestido completamente inadecuado. Y no quiero volver a verte de negro —besándole la cabeza, metió la mano en el interior de su chaqueta y las velas iluminaron algo colorido antes de que Vanessa sintiera cómo Zac le cubría con el chal y la atraía hacia sí.
—¿Dónde lo has encontrado? —preguntó, emocionada.
—En la tienda de Celia. Como no contestabas a mis llamadas, acabé yendo en persona. En cuanto lo vi me recordó a…
—Olympia. Lo sé. Lo compré la mañana que te fuiste a París —por un instante la angustia se volvió a apoderar de Vanessa—. Y cuando llegué aquí no podía soportar verlo. Por eso se lo di a Celia.
Zac la abrazó con ternura.
—Ahora ya lo tienes.
Vanessa apoyó la cabeza en su pecho y escuchó el rítmico latir de su corazón.
—Y a ti —levantó la cabeza para mirarlo—. ¿Me lo imagino o acabas de pedirme que me case contigo?
—Sí, pero no me has contestado —dijo él con expresión seria—. ¿Eso significa que me rechazas?
Vanessa le rodeó el cuello con los brazos y los coloridos flecos del chal bailaron a la luz de las velas.
—¿Estás de broma? ¿Crees que dejaría pasar la oportunidad de una boda como ésta, con rosas y velas… y trescientos invitados… un maravilloso vestido…, y, por supuesto, los diamantes Delacroix…?
Zac se apoyó en un banco y la miró fijamente con ojos brillantes.
—Lo que tú quieras.
Vanessa le devolvió la mirada.
—¡Zac estoy bromeando! —exclamó, risueña.
—¡Qué lástima! —dijo él, retirándole un mechón de cabello de la cara—. Empezaba a animarme. El collar te quedaba muy bien.
Vanessa lo miró de una forma que le aceleró la sangre.
—Está bien. Llevaré la cruz… —Nessa bajó la voz hasta hacerla apenas inaudible—, ¿pero podemos eliminar a los invitados?
—Trato hecho —dijo él con fingida solemnidad—. ¿Y podemos prescindir del vestido?
—¡También! —Vanessa se alzó de puntillas para besarlo—. Sí, por favor. Esto cada vez se parece más a mi boda ideal…
Epilogo
4 años despues...
-¡Eres un MALDITO IDIOTA! la peor persona del mundo! ¿Como pudistes!!? -Gritó Vanessa enojada!
-Tú siempre me culpas de todo-Se defendió Zac-Pero y tu!? Nunca te das cuenta de tus errores, porque es más fácil culpar a los demás, ¿No?
-Rio sin humor-Yo no soy la que está destruyéndolo todo, eres tú
-¿Yo?-Preguntó sarcástico-
-Sí, ¿Que no te das cuenta de todo lo que hemos tenido que pasar por tu culpa? Eres el peor esposo del mundo!
-Si Soy el Peor Esposo del Mundo como dices,deberiamos devorciarnos!No sabes cuanto Me arrepiento de haberme casado contigo!-le grito Zac
-Te Odio!
Asi es Zac y Vanessa estaban "discutiendo"..
En estos ultimos 4 años cuando Vanessa tuvo su primer bebe a la cual llamaron Jenny .Una niña traviesa bastante parecida a Zac..con el cabello igual de su mama Vanessa..
Han pasado increibles momentos.Momentos de Risas,Familias,Julien,el padre de Zac decidio,por la insistencia de Vanessa,mudarse junto con ellos,igual Genevieve la abuela de Nessa, con el tiempo ellos se fueron fisicamente pero espiritualmente aun se les persibe felices como deberian de serlo..
Ashley la cuñada de Vanessa se dedico hacer obras,mientras que Miles sigue con su trabajo pero ya desmuestra mas cariño a la familia,en especial con su hija Ann y su sobrina Jenny..
-¡Otra!-Gritaron Jenny y Ann.
-Quizá mañana-Se rio Vanessa mientras se acercaba a besar a Zac quien reía a carcajadas-Ashley va a tener que dejar de molestarnos a Zac y a mí
-Oh, no seas aguafiestas cariño-Chilló Ashley-Saben que necesito ayuda con esa escena, y como ustedes son esposos, es más fácil verlos actuando a ustedes.
-Sí, pero la que tiene que actuar de esposa enfurecida eres tú-Sonrió Zac abranzadola-
-A las niñas le entretienen-Dijo Miles sonriendo-
-Es cierto-Dijo Jenny.
-Sii,Mi papi tiene Razon.-Ann corriendo abrazando a su padre-
-Sí, muy divertido, cuando Ashley los pone a ensayar sus escenas de teatro a ustedes y no a nosotros, no los entretiene tanto ¿Verdad?-Preguntó Vanessa
Zac cogio a Jenny besandole la mejilla-Mientras Saco sonrisas,por mi todo bien.
-Mejor se van a acostar, niñas,porque mañana hay escuela-Les dijo Ashley-
Cuando ya todos estaban dormidos,Vanessa estaba en el balcon mirando las estrellas
-¿En que piensas?-Pregunto Zac apareciendo detras de ella.
-En lo feliz que estoy-Respondio dando la vuelta,besandolo..
-Yo tambien-beso-estoy-beso-feliz-Zac murmurando en sus labios
-Vamos-beso-a la-beso-cama
-Apartandola-Con gusto Mi señora-Sonriendo Zac la cargó..
Meses Despues
Asi Fue Como La Venganza me llevó,sin saberlo, a lo que yo mas queria en el mundo, si en 5 años atras me hubieran preguntado a como yo me veria hoy,jamas se me pasaria por la cabeza que estaria con una familia,Mi Familia,con Vanessa,Dios como Amo a esa mujer,Jenny la niña quien mas Adoro,quien yo daria todo por ellas dos,bueno tres,ahora viene otro niño a la familia..a la familia quien yo creé Efron Hudgens.
-Zac...-Vanessa mirandolo con complicidad-
-Jajaja Bueno,bueno la familia que los dos creamos-riendo Zac
-Asi esta Mejor-Sonriendo-Te Amo Zac
-Yo Te Amo Mas Nessa-
- Zaac!-De momento grito mi nombre con la mirada perdida-
-¿Que pasa?¿Estas Bien?-asustado vi que ella tomaba su mano en la enorme barriga en donde estaba nuestro niño..
-Ya Viene..nuestro hijo! Muevete y llevame al hospital pero ahora!
-O_o
Att.
La Familia Efron Hudgens:Zac,Vanessa,Jenny y nuestro nuevo miembro Michael Efron Hudgens
Fin
Se que fue un asco el epilogo pero Que tal les parecio?
La hize yo,ya que no me gustaba como terminaba la novela,sin epilogos..
Y pues me inspire un poco e invente esta espero que les haya gustado mucho
Y Este es el final! D:
Esta y Entre el odio y el deseo son mis favoritas novelas!
Y acabaron :(
Aun me queda esta El Efecto del Amor y a los que no lo han leido
Aqui les dejo el link
http://zacyness-novelas.blogspot.com/
Muchas a Gracias a los que me comentan siempre,a Lalii,Alice y a todos los lectores fantasma que me siguen :)
XoXoXo
El despiadado magnate estaba dispuesto a seducir a la rica heredera para vengarse. Peligrosamente guapo, Zac Efron lo tenía todo: poder, dinero y mujeres dispuestas a caldear su cama. Pero había algo que anhelaba más que todo eso: ¡vengarse de la familia Hudgens! ¿Y qué mejor venganza que seducir a la inocente Vanessa Hudgens para luego repudiarla? Ojo por ojo; corazón por corazón. Pero cuando la fría y calculada venganza se transformó en tórrida pasión, decidió retenerla junto a él.
domingo, 27 de mayo de 2012
jueves, 24 de mayo de 2012
Capitulo 17 u_u
Contemplando un nuevo amanecer. Vanessa reflexionó sobre la extraña percepción del tiempo que se tenía en situaciones extremas. La noche en la sala de espera del hospital de París se le hizo eterna y sin embargo, el día anterior, despertando en la cama que todavía conservaba el olor de Zac, parecía haber transcurrido hacía unas horas.
Las palabras que le había dicho entonces reverberaban en su mente: Parece que estemos destinados a causarte dolor. En aquel instante, mientras esperaba sentada en la vacía sala de espera, resultaban premonitorias.
En el hospital de Rouen no habían podido tratar a Zac. La bala había destrozado varias costillas y le había perforado el pulmón. Lo habían estabilizado en la ambulancia, pero necesitaba ser operado de urgencia. Vanessa siguió al vehículo en un coche de policía. El único sentimiento que atravesaba la niebla de su mente era el de la culpabilidad. En realidad no creía tener derecho a seguirlo, puesto que él no la amaba, era su propio egoísmo lo que la obligaba a permanecer junto a él por el mayor tiempo posible.
Una robusta enfermera con expresión preocupada apareció ante ella con una amable sonrisa. Vanessa no apartó los ojos de un reloj de pared, temiendo colapsar si no mantenía sus emociones bajo un férreo control.
El Senor EfroN había salido del quirófano hacia unos minutos. Sus heridas, aunque graves, no eran mortales y, milagrosamente, su corazón estaba intacto.
Vanessa asintió. Esa parte de la información la conocía. Era su corazón el que había resultado herido.
—Ha preguntado por usted, querida —dijo la enfermera.
Vanessa por fin se decidió a mirarla y vio que la contemplaba con expresión compasiva.
—¿De verdad? —musitó.
La enfermera sonrió abiertamente.
—En cuanto ha despertado de la anestesia ha intentado levantarse —sacudió la cabeza—. Insistía en hablar con usted. Tiene la fuerza de diez hombres. Es un superviviente nato.
Nessa fue apresuradamente a la habitación de Zac consciente de que tenía un aspecto deplorable, pero impulsada por la pequeña chispa de esperanza que la enfermera había prendido al describir la actitud de Zac.
Entubado y rodeado de máquinas, yacía dormido. Y Vanessa sintió un amor desbordado al ver la expresión tranquila de su rostro. Vacilante, le acarició el interior del brazo.
El se volvió al instante, como si estuviera esperándola. Expectante, Vanessa lo observó volver de un lugar de sombras y dolor. Zac flexionó los dedos y musitó:
—Veronique…
Aunque Vanessa siguió acariciándole el brazo, el resto de su cuerpo quedó paralizado. —Necesito… Veronique…
Nessa sintió náuseas. La enfermera no tenía por qué saber que su nombre no era Veronique, que no era por ella por quien Zac preguntaba. Retiró la mano como si le quemara al tiempo que Zac intentaba incorporarse y quitarse el gota a gota. Nessa dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca cuando la maquina que lo monitorizaba empezó a emitir un agudo pitido. El rostro de Zac se contorsionó en una mueca de dolor. Sus labios pronunciaban la misma palabra una y otra vez:
—Veronique.
Por el pasillo se oyeron pisadas aproximándose. Dos enfermeras irrumpieron en la habitación y fueron hacia él, tranquilizándolo, comprobando las conexiones, apretando botones. Vanessa, en el umbral de la puerta, se sintió una impostora. Debía marcharse. Ya. Pero…
—¿Nessa? ¡Cariño, por fin te encuentro!
Por un instante, creyó estar alucinando, pero se encontró aprisionada en un abrazo. Ashley.
—¡Cariño, menos mal! Miles está al borde de la histeria. He venido en cuanto supimos lo de Philippe. ¡Ha debido ser espantoso!
Cuando Ashley la sacó suavemente de la habitación, el dique que contenía el llanto de Vanessa se rompió. Ashley la abrazó y consoló, hasta que Vanessa sintió los ojos hinchados y doloridos y la chaqueta de Ashley estuvo empapada.
—Oh, Ash —dijo con la voz rota—, ha sido espantoso. ¡Cuánto me alegro de que hayas venido!
—Y yo de estar aquí. Vamos al hotel. Necesitas descansar.
Vanessa se mordió los labios para contener el llanto y asintió.
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—¿Qué hora es?
Ashley sonrió.
—Las ocho y medía.
—¡He dormido todo el día! —dijo Vanessa frotándose los ojos.
—Y toda la noche. Lo necesitabas.
Ashley cruzó el dormitorio del hotel y abrió las cortinas para dejar entrar el sol.
—Son las ocho del domingo.
Vanessa se incorporó al tiempo que se retiraba el cabello de la cara. En cuanto la realidad se hizo un hueco en su consciencia, sintió el mismo dolor que el día anterior.
—¿Zac? —preguntó angustiada—. ¿Cómo está?
Ashley se acercó a la cama y posó una mano en su hombro.
—Está bien. Miles ha llamado hace media hora, después de hablar con el hospital y Zac evoluciona muy bien. No debes preocuparte.
Vanessa se dejó caer sobre las almohadas y desvió la mirada.
—Estoy bien.
—Yo no estoy tan segura —dijo Ashley con dulzura—. Has pasado por una experiencia muy dolorosa y sería mejor que hablaras de ello.
—No tengo nada que decir. He vuelto a equivocarme —miró a Ashley con los ojos humedecidos—. Me he enamorado de alguien que me estaba utilizando. Aunque esta vez es aún peor, porque él está enamorado de una tal Veronique.
Ashley sacudió la cabeza con expresión de incredulidad.
—Cariño, me refería a lo que sucedió con Philippe; al disparo —hizo una pausa—. Voy a hacer café, y quiero que me cuentes todo desde el principio.
Y así, rodeando la taza con sus manos. Vanessa comenzó con la primera noche en Londres, cuando Zac la había devuelto a la vida; y continuó con la casa en Francia, donde Zac,al calor del fuego, la había estrechado en sus brazos mientras ella desnudaba su alma ante él.
Ashley escuchó sin interrumpir.
—Ha sido tan súbito e intenso —musitó Vanessa al tiempo que Ashley le quitaba la taza vacía y la dejaba sobre la mesilla—, y al mismo tiempo tan…perfecto, que creía que era de verdad —esbozó una sonrisa llena de tristeza—. Ahora que sé que sólo fingía, todo parece ridículo. Me sedujo para vengarse de mi familia.
Ashley sacudió la cabeza con decisión.
—De ser así, lo habrías intuido.
Los ojos de Vanessa eran dos pozos de desesperación.
—¿Por qué? Con Dan no fui capaz de verlo. Y en La Manoir, Zac lo dijo.
Por primera vez, Ashley pareció impacientarse.
—¡Dale una oportunidad, Nessa! No puedes juzgarlo por lo que dijera mientras se enfrentaba a un psicópata armado.
Vanessa apretó las rodillas contra el pecho y apoyó la cabeza en ellas.
—Lo sé —gimió—. He querido pensar que sólo era una estrategia para distraer a Philippe, pero ¿por qué elegiría provocarlo?
Ashley habló con ternura.
—Está claro: porque te ama.
Vanessa se quedó inmóvil, intentando asimilar lo que Ashley sugería. Finalmente, alzó la cabeza y con voz trémula, dijo:
—Pero preguntaba por Veronique…
—Puede que estés equivocada. Podría tratarse de su hermana.
—No tiene hermanas.
Llamaron a la puerta.
—O su secretaria. El caso es que, por lo que cuentas, merece que tengas un poco de fe —sonriendo, fue hacia la puerta—. Aquí está el desayuno.
En su ausencia, Vanessa quiso creer en la nueva perspectiva que Ashley había planteado. Su teoría era de una maravillosa lógica, pero…
—Nessa,cariño, unos hombres quieren verte.
Sorprendida, Nessa levantó la cabeza al tiempo que Ashley hacía pasar a los dos gendarmes que la habían acompañado al hospital el día anterior.
Estaban allí para notificarle que el cuerpo de Philippe Delacroix había sido encontrado en un edificio abandonado de St Laurien. Se había suicidado.
Vanessa se sintió aliviada.
También le dieron las llaves de su coche y explicaron que el Aston Martin de Zac había sido recogido por la empresa de alquiler. A continuación, el más bajo de los dos, se acercó con una bolsa de una exclusiva tienda de París, y se la entregó al tiempo que se ruborizaba violentamente.
—Encontraron esto en el coche del señor Efron.
En cuanto salieron, Ashley corrió junto a Nessa.
—¿A qué esperas? ¿Qué hay dentro.?
Vanessa abrió la bolsa como si temiera encontrar una serpiente. Lentamente, sacó un paquete envuelto en un delicado papel de seda rosa.
Dentro, había un par de preciosas braguitas de seda de un maravilloso color verde oscuro, con un lazo de satén plateado. Ashley y ella se quedaron contemplándolas, admiradas.
—¡Vaya! —dijo finalmente Ashley—. ¡Es un hombre con mucho gusto!
A aquél le siguieron varios paquetes con una ropa interior tan colorida, que la cama terminó pareciendo un arco iris.
—¿Quién tenía razón? —exclamó Ashley al concluir, con gesto triunfal.
Antes de que Vanessa pudiera responder, llegó el resto del desayuno con una selección de periódicos del domingo que Ashley dejó sobre la cama.
—¿Té o café? —preguntó, animada. Al no recibir respuesta de Vanessa, continuó—: Si estás demasiado aturdida por el amor, tendré que elegir yo —sirvió café en dos tazas y se volvió hacia Vanessa.
La sonrisa abandonó sus labios.
Más tarde, describió la expresión de Nessa como la de alguien que acabara de recibir la noticia de padecer una enfermedad terminal. Cualquier aliento de vida había desaparecido de su rostro.
Ashley fue precipitadamente a ver la portada del periódico en la que Vanessa clavaba la mirada. Dame de la Croix las observaba con serena indiferencia.
—¿Cómo han…? ¿Quién habrá…?
La desconcertada pregunta murió en sus labios al leer bajo el titular lo que Vanessa ya había leído: Veronique Lemercier.
Ahogando un juramento, Ashley fue a tomar el periódico, pero Vanessale adelantó, asiéndolo como un alcohólico su botella.
—Nessa, no lo leas, por favor…
—¡Déjame! —gritó Vanessa, fuera de sí.
Ashley supo que no tenía sentido enfrentarse a ella; la observó abrir la página con manos temblorosas y leer. Acercándose angustiada, leyó por encima del hombro de Vanessa.
Veronique Lemercier era una vieja conocida de Zac Efron, comenzaba el artículo. Ashley habría querido arrancarle el periódico de las manos, pero sabía que no tenía sentido. Suspirando, continuó con la lectura.
Confirmaba todos los temores de Vanessa. El artículo detallaba con emoción cómo la autora había ayudado a Zac a lo largo de los años en sus pesquisas para conseguir el único cuadro que había sobrevivido al incendio que había destruido la carrera artística de su padre.
A mitad de página, Ashley dejó de leer y maldijo entre dientes. Entonces notó quet enía los puños apretados y que se clavaba las uñas en las palmas. A su lado, Vanessa dejó escapar un gemido de dolor al llegar a la misma línea:
Había quedado a comer con Zac en París el día que le dispararon. Jamás había llegado tarde a una cita…
Nessa se estremeció cuando Ashley le acarició la cabeza. Alzó la mirada con expresión vacía.
—Así que era a ella a quien iba a ver —volvió la vista hacia la cama—. Todo esto era para ella —se deslizó de debajo de las sábanas como sí pudieran contaminarla—. Es a ella a quien ama, no a mí.
Ashley abrió la boca, pero la cerró sin decir nada. Se había equivocado al ayudarla a conservar la esperanza. La verdad estaba escrita en aquel largo artículo en un periódico de tirada nacional. Lo único que podía hacer a partir de ese momento, era ayudarla a superar el golpe.
Ya el proximo Capitulo es el final D: y tiene un epílogo es inventada por mi no se si es buena,pero como no tenia el epilogo pues me lo invente!
Cuando lo publico? No lo se..creo que sera el Domingo o el Lunes :))
XoXo
Las palabras que le había dicho entonces reverberaban en su mente: Parece que estemos destinados a causarte dolor. En aquel instante, mientras esperaba sentada en la vacía sala de espera, resultaban premonitorias.
En el hospital de Rouen no habían podido tratar a Zac. La bala había destrozado varias costillas y le había perforado el pulmón. Lo habían estabilizado en la ambulancia, pero necesitaba ser operado de urgencia. Vanessa siguió al vehículo en un coche de policía. El único sentimiento que atravesaba la niebla de su mente era el de la culpabilidad. En realidad no creía tener derecho a seguirlo, puesto que él no la amaba, era su propio egoísmo lo que la obligaba a permanecer junto a él por el mayor tiempo posible.
Una robusta enfermera con expresión preocupada apareció ante ella con una amable sonrisa. Vanessa no apartó los ojos de un reloj de pared, temiendo colapsar si no mantenía sus emociones bajo un férreo control.
El Senor EfroN había salido del quirófano hacia unos minutos. Sus heridas, aunque graves, no eran mortales y, milagrosamente, su corazón estaba intacto.
Vanessa asintió. Esa parte de la información la conocía. Era su corazón el que había resultado herido.
—Ha preguntado por usted, querida —dijo la enfermera.
Vanessa por fin se decidió a mirarla y vio que la contemplaba con expresión compasiva.
—¿De verdad? —musitó.
La enfermera sonrió abiertamente.
—En cuanto ha despertado de la anestesia ha intentado levantarse —sacudió la cabeza—. Insistía en hablar con usted. Tiene la fuerza de diez hombres. Es un superviviente nato.
Nessa fue apresuradamente a la habitación de Zac consciente de que tenía un aspecto deplorable, pero impulsada por la pequeña chispa de esperanza que la enfermera había prendido al describir la actitud de Zac.
Entubado y rodeado de máquinas, yacía dormido. Y Vanessa sintió un amor desbordado al ver la expresión tranquila de su rostro. Vacilante, le acarició el interior del brazo.
El se volvió al instante, como si estuviera esperándola. Expectante, Vanessa lo observó volver de un lugar de sombras y dolor. Zac flexionó los dedos y musitó:
—Veronique…
Aunque Vanessa siguió acariciándole el brazo, el resto de su cuerpo quedó paralizado. —Necesito… Veronique…
Nessa sintió náuseas. La enfermera no tenía por qué saber que su nombre no era Veronique, que no era por ella por quien Zac preguntaba. Retiró la mano como si le quemara al tiempo que Zac intentaba incorporarse y quitarse el gota a gota. Nessa dio un paso atrás, llevándose una mano a la boca cuando la maquina que lo monitorizaba empezó a emitir un agudo pitido. El rostro de Zac se contorsionó en una mueca de dolor. Sus labios pronunciaban la misma palabra una y otra vez:
—Veronique.
Por el pasillo se oyeron pisadas aproximándose. Dos enfermeras irrumpieron en la habitación y fueron hacia él, tranquilizándolo, comprobando las conexiones, apretando botones. Vanessa, en el umbral de la puerta, se sintió una impostora. Debía marcharse. Ya. Pero…
—¿Nessa? ¡Cariño, por fin te encuentro!
Por un instante, creyó estar alucinando, pero se encontró aprisionada en un abrazo. Ashley.
—¡Cariño, menos mal! Miles está al borde de la histeria. He venido en cuanto supimos lo de Philippe. ¡Ha debido ser espantoso!
Cuando Ashley la sacó suavemente de la habitación, el dique que contenía el llanto de Vanessa se rompió. Ashley la abrazó y consoló, hasta que Vanessa sintió los ojos hinchados y doloridos y la chaqueta de Ashley estuvo empapada.
—Oh, Ash —dijo con la voz rota—, ha sido espantoso. ¡Cuánto me alegro de que hayas venido!
—Y yo de estar aquí. Vamos al hotel. Necesitas descansar.
Vanessa se mordió los labios para contener el llanto y asintió.
-----------------------------
—¿Qué hora es?
Ashley sonrió.
—Las ocho y medía.
—¡He dormido todo el día! —dijo Vanessa frotándose los ojos.
—Y toda la noche. Lo necesitabas.
Ashley cruzó el dormitorio del hotel y abrió las cortinas para dejar entrar el sol.
—Son las ocho del domingo.
Vanessa se incorporó al tiempo que se retiraba el cabello de la cara. En cuanto la realidad se hizo un hueco en su consciencia, sintió el mismo dolor que el día anterior.
—¿Zac? —preguntó angustiada—. ¿Cómo está?
Ashley se acercó a la cama y posó una mano en su hombro.
—Está bien. Miles ha llamado hace media hora, después de hablar con el hospital y Zac evoluciona muy bien. No debes preocuparte.
Vanessa se dejó caer sobre las almohadas y desvió la mirada.
—Estoy bien.
—Yo no estoy tan segura —dijo Ashley con dulzura—. Has pasado por una experiencia muy dolorosa y sería mejor que hablaras de ello.
—No tengo nada que decir. He vuelto a equivocarme —miró a Ashley con los ojos humedecidos—. Me he enamorado de alguien que me estaba utilizando. Aunque esta vez es aún peor, porque él está enamorado de una tal Veronique.
Ashley sacudió la cabeza con expresión de incredulidad.
—Cariño, me refería a lo que sucedió con Philippe; al disparo —hizo una pausa—. Voy a hacer café, y quiero que me cuentes todo desde el principio.
Y así, rodeando la taza con sus manos. Vanessa comenzó con la primera noche en Londres, cuando Zac la había devuelto a la vida; y continuó con la casa en Francia, donde Zac,al calor del fuego, la había estrechado en sus brazos mientras ella desnudaba su alma ante él.
Ashley escuchó sin interrumpir.
—Ha sido tan súbito e intenso —musitó Vanessa al tiempo que Ashley le quitaba la taza vacía y la dejaba sobre la mesilla—, y al mismo tiempo tan…perfecto, que creía que era de verdad —esbozó una sonrisa llena de tristeza—. Ahora que sé que sólo fingía, todo parece ridículo. Me sedujo para vengarse de mi familia.
Ashley sacudió la cabeza con decisión.
—De ser así, lo habrías intuido.
Los ojos de Vanessa eran dos pozos de desesperación.
—¿Por qué? Con Dan no fui capaz de verlo. Y en La Manoir, Zac lo dijo.
Por primera vez, Ashley pareció impacientarse.
—¡Dale una oportunidad, Nessa! No puedes juzgarlo por lo que dijera mientras se enfrentaba a un psicópata armado.
Vanessa apretó las rodillas contra el pecho y apoyó la cabeza en ellas.
—Lo sé —gimió—. He querido pensar que sólo era una estrategia para distraer a Philippe, pero ¿por qué elegiría provocarlo?
Ashley habló con ternura.
—Está claro: porque te ama.
Vanessa se quedó inmóvil, intentando asimilar lo que Ashley sugería. Finalmente, alzó la cabeza y con voz trémula, dijo:
—Pero preguntaba por Veronique…
—Puede que estés equivocada. Podría tratarse de su hermana.
—No tiene hermanas.
Llamaron a la puerta.
—O su secretaria. El caso es que, por lo que cuentas, merece que tengas un poco de fe —sonriendo, fue hacia la puerta—. Aquí está el desayuno.
En su ausencia, Vanessa quiso creer en la nueva perspectiva que Ashley había planteado. Su teoría era de una maravillosa lógica, pero…
—Nessa,cariño, unos hombres quieren verte.
Sorprendida, Nessa levantó la cabeza al tiempo que Ashley hacía pasar a los dos gendarmes que la habían acompañado al hospital el día anterior.
Estaban allí para notificarle que el cuerpo de Philippe Delacroix había sido encontrado en un edificio abandonado de St Laurien. Se había suicidado.
Vanessa se sintió aliviada.
También le dieron las llaves de su coche y explicaron que el Aston Martin de Zac había sido recogido por la empresa de alquiler. A continuación, el más bajo de los dos, se acercó con una bolsa de una exclusiva tienda de París, y se la entregó al tiempo que se ruborizaba violentamente.
—Encontraron esto en el coche del señor Efron.
En cuanto salieron, Ashley corrió junto a Nessa.
—¿A qué esperas? ¿Qué hay dentro.?
Vanessa abrió la bolsa como si temiera encontrar una serpiente. Lentamente, sacó un paquete envuelto en un delicado papel de seda rosa.
Dentro, había un par de preciosas braguitas de seda de un maravilloso color verde oscuro, con un lazo de satén plateado. Ashley y ella se quedaron contemplándolas, admiradas.
—¡Vaya! —dijo finalmente Ashley—. ¡Es un hombre con mucho gusto!
A aquél le siguieron varios paquetes con una ropa interior tan colorida, que la cama terminó pareciendo un arco iris.
—¿Quién tenía razón? —exclamó Ashley al concluir, con gesto triunfal.
Antes de que Vanessa pudiera responder, llegó el resto del desayuno con una selección de periódicos del domingo que Ashley dejó sobre la cama.
—¿Té o café? —preguntó, animada. Al no recibir respuesta de Vanessa, continuó—: Si estás demasiado aturdida por el amor, tendré que elegir yo —sirvió café en dos tazas y se volvió hacia Vanessa.
La sonrisa abandonó sus labios.
Más tarde, describió la expresión de Nessa como la de alguien que acabara de recibir la noticia de padecer una enfermedad terminal. Cualquier aliento de vida había desaparecido de su rostro.
Ashley fue precipitadamente a ver la portada del periódico en la que Vanessa clavaba la mirada. Dame de la Croix las observaba con serena indiferencia.
—¿Cómo han…? ¿Quién habrá…?
La desconcertada pregunta murió en sus labios al leer bajo el titular lo que Vanessa ya había leído: Veronique Lemercier.
Ahogando un juramento, Ashley fue a tomar el periódico, pero Vanessale adelantó, asiéndolo como un alcohólico su botella.
—Nessa, no lo leas, por favor…
—¡Déjame! —gritó Vanessa, fuera de sí.
Ashley supo que no tenía sentido enfrentarse a ella; la observó abrir la página con manos temblorosas y leer. Acercándose angustiada, leyó por encima del hombro de Vanessa.
Veronique Lemercier era una vieja conocida de Zac Efron, comenzaba el artículo. Ashley habría querido arrancarle el periódico de las manos, pero sabía que no tenía sentido. Suspirando, continuó con la lectura.
Confirmaba todos los temores de Vanessa. El artículo detallaba con emoción cómo la autora había ayudado a Zac a lo largo de los años en sus pesquisas para conseguir el único cuadro que había sobrevivido al incendio que había destruido la carrera artística de su padre.
A mitad de página, Ashley dejó de leer y maldijo entre dientes. Entonces notó quet enía los puños apretados y que se clavaba las uñas en las palmas. A su lado, Vanessa dejó escapar un gemido de dolor al llegar a la misma línea:
Había quedado a comer con Zac en París el día que le dispararon. Jamás había llegado tarde a una cita…
Nessa se estremeció cuando Ashley le acarició la cabeza. Alzó la mirada con expresión vacía.
—Así que era a ella a quien iba a ver —volvió la vista hacia la cama—. Todo esto era para ella —se deslizó de debajo de las sábanas como sí pudieran contaminarla—. Es a ella a quien ama, no a mí.
Ashley abrió la boca, pero la cerró sin decir nada. Se había equivocado al ayudarla a conservar la esperanza. La verdad estaba escrita en aquel largo artículo en un periódico de tirada nacional. Lo único que podía hacer a partir de ese momento, era ayudarla a superar el golpe.
Ya el proximo Capitulo es el final D: y tiene un epílogo es inventada por mi no se si es buena,pero como no tenia el epilogo pues me lo invente!
Cuando lo publico? No lo se..creo que sera el Domingo o el Lunes :))
XoXo
lunes, 21 de mayo de 2012
Capitulo 16
Era como un sueño, o una película. Antes de que el eco del disparo se ahogara. Vanessa palpaba el cuello de Zac en busca de pulso mientras la mancha roja de su camisa se agrandaba como un capullo de rosa abriendo sus pélalos. Cerró los ojos y dio un trémulo suspiro al encontrar un débil pulso. Luego alzó la mirada. Philippe estaba de pie, paralizado, con el brazo en el que sostenía el rifle estirado en un extraño ángulo, casi como si pretendiera que no tenía nada que ver con él. Vanessa notó que su rostro estaba deformado en una mueca de desconcierto, pero estaba demasiado preocupada por Zac como para prestarle más atención.
Zac,Zac,Zac,cuya cara tenía el blanco color de la muerte, cuya cálida sangre le manchaba las manos. Zax, que no la amaba, que la había utilizado.
Y en medio de aquella pesadilla, eso era lo único real, el único dato que había quedado grabado en su mente.
Con manos temblorosas buscó el móvil en los bolsillos de Zac. Lo encontró y lo miró con expresión vacía. No sabía usarlo.
—Mira…
Zac había abierto los ojos. Su voz fue apenas un susurro. Con un esfuerzo sobrehumano, levantó una mano y cuando Vanessa le dio el teléfono, alzó la cabeza apretando los dientes con gesto de dolor. Ella le puso las rodillas de almohada y Zac tras presionar unos botones, le devolvió el teléfono.
Por segunda vez en el mismo número de días, Vanessa se encontró llamando a una ambulancia.
Zac cerró los ojos y Vanessa se preguntó cuánto resistiría.
Philippe había desaparecido sin que ella lo notara y el único sonido que se oía en la habitación era la respiración entrecortada de Zac. No sabía qué hacer, se sentía como si fuera tragada por arenas movedizas.
No la amaba, la había utilizado. Desde el principio sabía quién era. La odiaba.
—Vanessa… —Zac la miraba con ojos febriles, el rostro contraído en una mueca de dolor—. Lo que he dicho antes… —cerró los ojos. Cada palabra salía de su boca como si fuera una cuchilla corlándole la garganta.
Vanessa posó la mano en su mejilla.
—Shhh —musitó, sacudiendo la cabeza—. No hables.
El pánico empezaba a apoderarse de ella. La respiración de Zac se hacía más difícil con cada segundo que pasaba. Sin saber qué otra cosa hacer, le abrió la camisa para dejarle la herida al descubierto. Por un instante, su belleza la apabulló. Su piel, tan blanca como el mármol, le daba la apariencia de una escultura. La mancha escarlata resultaba extrañamente hermosa.
Pero la gravedad de la situación la asaltó de inmediato. Inclinándose hacía adelante, observó la herida.
—Para… la sangre…
Tuvo la sensación de haber hablado en alto. La voz de Zac sonó ronca, ni siquiera pudo abrir los ojos. Pero seguía vivo.
—¿Qué debo hacer? —preguntó ella.
—Aprieta…fuerte.
Vanessa sintió los helados dedos de Zac cerrarse sobre los de ella, al tiempo que le colocaba la mano sobre el corazón. Una lanza se clavó en el de ella. Lo odiara o no en aquel instante, lo cierto era que lo amaba y ese sentimiento era tan incontenible como la sangre que brotaba del pecho de Zac. Y era igualmente doloroso.
Poco a poco, las facciones de Zac se relajaron, y las líneas de dolor de su entrecejo se difuminaron. Con el paso de los minutos, los rincones de la habitación fueron conquistados por la sombra, la mano de Bella se quedó entumecida apretando el pecho de Zac, y su mundo quedó reducido al rápido latir de su corazón y a su agitada respiración.
Cuando percibió por el reflejo en las paredes, la luz azul de la ambulancia, casi le desilusionó saber que tendría que dejarle ir.
Zac se deslizaba entre el sueño y la vigilia y en su mundo la única realidad eran las sensaciones físicas. El duro suelo bajo la espalda, el frío invadiendo sus huesos, la mano de Vanessa. Y el dolor. El dolor por encima de todo lo demás. Lo paralizaba, le impedía hablar. Necesitaba decirle a Vanessa que lo que le había dicho a Delacroix era mentira, pero apenas podía respirar y sabía que debía permanecer inmóvil y ahorrar oxígeno si es que quería sobrevivir.
Y tenía que sobrevivir para hacer y decir muchas cosas. «Te Amo». Haciendo acopio de fuerzas, abrió los ojos. El rostro de Vanessa inclinándose sobre él. Lloraba.
Zac frunció el ceño.
—No…llores —el pecho le ardía y hablar le quemaba, pero tenía que decirlo—. Te…
Vanessa se separaba de él.
—Ya están aquí —susurró.
Zac sintió un calor recorrerle el brazo y luego, de nuevo, la oscuridad.
Hola,se que esta corto u_u pero no me maten! xD
Quiero dejarlas asi con intriga xD
Hahah,pero en el prox capi esta mejor :))
Las Quiiero,Cuidense!
Zac,Zac,Zac,cuya cara tenía el blanco color de la muerte, cuya cálida sangre le manchaba las manos. Zax, que no la amaba, que la había utilizado.
Y en medio de aquella pesadilla, eso era lo único real, el único dato que había quedado grabado en su mente.
Con manos temblorosas buscó el móvil en los bolsillos de Zac. Lo encontró y lo miró con expresión vacía. No sabía usarlo.
—Mira…
Zac había abierto los ojos. Su voz fue apenas un susurro. Con un esfuerzo sobrehumano, levantó una mano y cuando Vanessa le dio el teléfono, alzó la cabeza apretando los dientes con gesto de dolor. Ella le puso las rodillas de almohada y Zac tras presionar unos botones, le devolvió el teléfono.
Por segunda vez en el mismo número de días, Vanessa se encontró llamando a una ambulancia.
Zac cerró los ojos y Vanessa se preguntó cuánto resistiría.
Philippe había desaparecido sin que ella lo notara y el único sonido que se oía en la habitación era la respiración entrecortada de Zac. No sabía qué hacer, se sentía como si fuera tragada por arenas movedizas.
No la amaba, la había utilizado. Desde el principio sabía quién era. La odiaba.
—Vanessa… —Zac la miraba con ojos febriles, el rostro contraído en una mueca de dolor—. Lo que he dicho antes… —cerró los ojos. Cada palabra salía de su boca como si fuera una cuchilla corlándole la garganta.
Vanessa posó la mano en su mejilla.
—Shhh —musitó, sacudiendo la cabeza—. No hables.
El pánico empezaba a apoderarse de ella. La respiración de Zac se hacía más difícil con cada segundo que pasaba. Sin saber qué otra cosa hacer, le abrió la camisa para dejarle la herida al descubierto. Por un instante, su belleza la apabulló. Su piel, tan blanca como el mármol, le daba la apariencia de una escultura. La mancha escarlata resultaba extrañamente hermosa.
Pero la gravedad de la situación la asaltó de inmediato. Inclinándose hacía adelante, observó la herida.
—Para… la sangre…
Tuvo la sensación de haber hablado en alto. La voz de Zac sonó ronca, ni siquiera pudo abrir los ojos. Pero seguía vivo.
—¿Qué debo hacer? —preguntó ella.
—Aprieta…fuerte.
Vanessa sintió los helados dedos de Zac cerrarse sobre los de ella, al tiempo que le colocaba la mano sobre el corazón. Una lanza se clavó en el de ella. Lo odiara o no en aquel instante, lo cierto era que lo amaba y ese sentimiento era tan incontenible como la sangre que brotaba del pecho de Zac. Y era igualmente doloroso.
Poco a poco, las facciones de Zac se relajaron, y las líneas de dolor de su entrecejo se difuminaron. Con el paso de los minutos, los rincones de la habitación fueron conquistados por la sombra, la mano de Bella se quedó entumecida apretando el pecho de Zac, y su mundo quedó reducido al rápido latir de su corazón y a su agitada respiración.
Cuando percibió por el reflejo en las paredes, la luz azul de la ambulancia, casi le desilusionó saber que tendría que dejarle ir.
Zac se deslizaba entre el sueño y la vigilia y en su mundo la única realidad eran las sensaciones físicas. El duro suelo bajo la espalda, el frío invadiendo sus huesos, la mano de Vanessa. Y el dolor. El dolor por encima de todo lo demás. Lo paralizaba, le impedía hablar. Necesitaba decirle a Vanessa que lo que le había dicho a Delacroix era mentira, pero apenas podía respirar y sabía que debía permanecer inmóvil y ahorrar oxígeno si es que quería sobrevivir.
Y tenía que sobrevivir para hacer y decir muchas cosas. «Te Amo». Haciendo acopio de fuerzas, abrió los ojos. El rostro de Vanessa inclinándose sobre él. Lloraba.
Zac frunció el ceño.
—No…llores —el pecho le ardía y hablar le quemaba, pero tenía que decirlo—. Te…
Vanessa se separaba de él.
—Ya están aquí —susurró.
Zac sintió un calor recorrerle el brazo y luego, de nuevo, la oscuridad.
Hola,se que esta corto u_u pero no me maten! xD
Quiero dejarlas asi con intriga xD
Hahah,pero en el prox capi esta mejor :))
Las Quiiero,Cuidense!
miércoles, 2 de mayo de 2012
Capitulo 15
ZAC sintió un gran alivio al estrechar la mano del director del museo del Louvre. La Dame de la Croix descansaba sobre un caballete, en el otro lado del despacho, y Olivier se volvió una última vez para despedirse de ella.
Julien había accedido a la sugerencia de Zac con la misma calma con la que había soportado todos los reveses de la vida. Cuando le ofreció ver el cuadro, su padre dijo que no necesitaba hacerlo porque cada detalle estaba grabado en su mente. Y Zac pensando en Vanessa desnuda sobre el sofá, comprendió a la perfección.
—Una vez más, señor Efron. Es una magnífica obra.
Las condiciones de la donación exigían que no se exhibiera hasta que transcurrieran cinco años tras la muerte de Philippe Delacroix, Genevieve Hudgens y Julien Efron.
Zadc se despidió con un gesto de la cabeza y recorrió los largos corredores de mármol hacia la puerta principal tan deprisa como pudo. Tenía tiempo de sobra antes de comer con Veronique para que no publicara el artículo. Estaba impaciente por acabar y volver a casa. A Le moulin, junto a Vanessa.
Mientras observaba las exclusivas tiendas de París, llenas de joyas y ropa de diseño, pertenecientes a un mundo en el que hasta hacía unos días había habitado, le llamó la atención un pequeño escaparate Art Nouveau en el que unos maniquíes de aspecto anticuado exhibían una divertida colección de ropa interior. Zac se detuvo ante ella y sonrió. Era la única tienda que no le resultó superflua.
Olas… playas de arena blanca… palmeras…
Vanessa cruzó la habitación de la puerta a la ventana. Temía perder el control; sabía que no podía dejarse vencer por la histeria que amenazaba con sofocarla. Debía conservar la calma, no perder la razón a pesar de que estar encerrada en la habitación de un solitario cháteau con un peligroso loco no tenía nada de tranquilizador.
El día anterior había intuido que Philippe Delacroix tenía una personalidad obsesiva y excéntrica, pero ni por un instante podía haber imaginado el odio y el rencor que sentía hacia Julien Efron. De haberlo sabido, jamás se le habría ocurrido aparecer en su puerta, con la ingenua intención de hacerle arrepentirse.
La tensión se le agarró a la garganta al mirar una vez más por la ventana confiando en ver acercarse un Aston Martin. ¿Dónde estaría Zac? Philippe no había querido creerla cuando le dijo que no sabía su número de teléfono, y al explicarle que se conocían desde hacía poco tiempo, se dio cuenta de la fragilidad de los lazos que los unían.
El hecho de que no supiera qué estaba haciendo o cuándo volvería, era prueba de ello. Estiró las mangas de su jersey para cubrir sus heladas manos, y se deslizó por la pared hasta el suelo. Mientras las sombras se adueñaban de los rincones de la habitación, apoyó la cabeza en las rodillas y recordó cada delicioso momento que había pasado con Zac.
Fue mucho más eficaz que cualquier estúpida playa.
Zac estaba esperando a que la dependienta hiciera el paquete cuando lo llamó su ayudante personal y le dio un mensaje que lo llenó de un inexplicable temor.
La salida de París se le había hecho eterna. Atrapado en el tráfico, su mente había dado vueltas a las posibles implicaciones de recibir una llamada de Philippe Delacroix. Según Alicia, había sonado enfadado y nervioso, y quería que Zac fuera inmediatamente a Le Manoir, donde Vanessa «lo esperaba».
Y que llevara el cuadro.
El sol se ponía cuando finalmente detuvo el Aston Martin delante de Le Manoir con un chirrido de frenos. El dominio de sí mismo que había mantenido hasta aquel instante estaba a punto de abandonarlo. Pensaba obsesivamente que Delacroix no se atrevería a hacer daño a Vanessa.
Durante todo el recorrido había tratado de convencerse de que ésa era una idea absurda, pero en aquel momento esa idea impedía que cualquier otra ocupara su cabeza. No podía racionalizar una situación que implicara a Vanessa, el cuadro y a Delacroix. Lo mirara como lo mirara, era una combinación explosiva.
Por experiencia propia, Zac sabía que el hermano mayor de Genevieve estaba obsesionado con el pasado, que no estaba en su sano juicio. Y quizá, aunque no quisiera creerlo, podía ser peligroso.
Subió las escaleras de piedra de dos en dos y embistió la puerta con el hombro. Al segundo intento, se abrió.
Cruzó el vestíbulo de mármol llamando a Vanessa. Se detuvo y aguzó el oído. Al cabo de unos segundos, cuando el eco remitió, le pareció oír una respuesta sofocada.
Aliviado, corrió escaleras arriba. Estaba a medio camino cuando oyó una voz a su espalda.
—Señor Efron, es usted tan mal educado como su padre. ¿No le han enseñado a llamar a la puerta?
Zac se giró lentamente. Philippe Delacroix lo miraba desde las sombras. Iba vestido con un anticuado traje de caza, con bombachos y chaqueta de tweed.
Por una fracción de segundo, Zac sintió lástima por la reliquia en la que se había convertido, pero al instante, pudo más el odio.
—¿Dónde está Nessa? —preguntó con frialdad.
—Esperándote. Podrás verla cuando me des lo que te he pedido —dijo Delacroix, con tanta calma como si hablaran de un cachorro—. Asumo que has traído el cuadro. Si no, Vanessa tendrá que esperar, y como mi hermana, es una mujer muy impaciente —echó la cabeza atrás y dejó escapar una estentórea carcajada—. Además de tener una afición similar por las clases bajas.
Zac tuvo la tentación de bajar y partirle la cara, pero le importaba más el ruido que provenía de una de las puertas de la planta superior, acompañada por una voz apagada. La de Nessa.
De dos zancadas, alcanzó el descansillo y recorrió el corredor abriendo puertas, llamando a Vanessa. Finalmente, llegó a una que estaba cerrada con llave.
—¡Zac, estoy aquí! —gritó Vanessa.
—¡Sepárate de la puerta! —avisó Zac.
No cedió tan rápido como la de entrada, pero la urgencia de la situación multiplicó la fuerza de Zac, que consiguió abrirla al cuarto intento.
Vanessa estaba en el centro de la habitación, tapándose con la mano la boca y los ojos desorbitadamente abiertos. Por un instante se quedaron paralizados, y Zac tuvo que contenerse para no estrecharla en sus brazos y besarla hasta hacerle perder el sentido.
—¡Has venido! —dijo ella con voz quebradiza—. Lo siento, yo…
Calló bruscamente. Detrás de ella se había abierto una puerta secreta y, Philippe Delacroix apareció como un villano de pantomima.
—He dicho que esperaras.
Hubiera dado risa de no ser porque bajo su ridícula apariencia, se apreciaba una personalidad siniestra. Asió a Vanessa del brazo y sólo entonces Zac se dio cuenta de que en la otra mano llevaba un rifle.
—¿Por qué ya nadie obedece órdenes? —continuó Delacroix con tono de hastío—. ¡Así está la sociedad! Cuando la gente obedecía a sus superiores la vida era mucho más sencilla.
—¿Qué haces, Delacroix?
—Lo sabes perfectamente, Efron. Te dije que antes de ver a Vanessa tendrías que darme el cuadro —Philippe sacudió la cabeza y Zac vio un destello de demencia en su mirada—. Estás muy equivocado si crees que puedes desobedecerme.
—No tengo el cuadro —dijo Zac, crispado.
Notó una mirada encendida de Nessa.
—Sabe que lo tienes, Zac. Se lo he dicho. Lo siento. No sabía… No creía que…
—¿Lo ves? —dijo Delacroix, triunfal, gesticulando con el rifle, que brilló en la penumbra—. No vale la pena que mientas, Efron. Tú tienes lo que yo quiero y… —apuntó a Vanessa con el rifle —yo tengo lo que tú quieres. Es muy sencillo: Dame el cuadro y yo le daré a la chica.
La mente de Zac funcionaba aceleradamente. Entornó los ojos mientras calculaba la distancia que lo separaba de Philippe y Nessa. Estaba demasiado lejos para quitarle el rifle y cualquier movimiento brusco podía acarrear terribles consecuencias. Tenía que encontrar la manera de distraerlo para conseguir liberar a Vanessa.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Está bien, lo tengo, pero no pienso dártelo.
Vanessa exhaló un suspiro de incredulidad. No mirarla supuso un esfuerzo de proporciones hercúleas para Zac.
Vanessa sintió el terror apoderarse de ella y pensó que se desmayaría. Mantuvo la mirada fija en Zac como si fuese una tabla de salvación, pero la frialdad de su rostro le produjo un escalofrío al tiempo que el perímetro de su visión se difuminaba. Ni siquiera notó el cañón del rifle presionándole el costado.
—Reflexiona, Efron —masculló Philippe en un tono estremecedor.
Zac había dado medía vuelta.
—No lo necesito —dijo con indiferencia—. Ya no hay trato, Delacroix. Llevo años buscando ese cuadro y no pienso desprenderme de él. Por nadie.
Vanessa juntó las manos y se las llevó a la barbilla con la mirada extraviada. La traición de Zac anestesió cualquier otra emoción, hasta el punto que la presión del rifle contra las costillas le pareció insignificante.
—Así que la has utilizado igual que tu padre utilizó a mi hermana —dijo entre dientes Delacroix.
El tiempo se detuvo. Un denso silencio se adueñó de la oscura habitación y Vanessa tuvo la sensación de estar bajo el agua mientras esperaba la contestación de Olivier.
—Sí, la he utilizado —dijo él finalmente, frunciendo el ceño con un gesto distante, indiferente.
En aquel instante Vanessa no pudo concebir haber besado aquellos sensuales labios ni haberse derretido en éxtasis entre aquellos poderosos brazos. Sus palabras la golpearon como un martillo, convenciéndola de que todo había sido un sueño.
—La he utilizado para vengarme de ti —continuó Zac, desdeñoso, al tiempo que daba un paso hacia ellos—. Sólo quería poseer aquello que le fue negado a mi padre. Ha sido una pura y simple venganza.
Vanessa oyó su propio gemido de dolor, pero súbitamente fue consciente de que ya no sentía el rifle en su costado. Y luego todo sucedió precipitadamente: una serie de acciones en cadena aparentemente aisladas. Vio el brillo del metal, un errático movimiento de Phillippe a su lado, su rugido de rabia al apuntar a Zac.
Y entonces creyó que se le desgarraba el corazón al percibir a cámara lenta cómo Zac se abalanzaba sobre él con el brazo estirado para desviar el rifle. Un ruido distinto a cualquier otro. Un ruido demasiado nítido como para no ser real. Y finalmente, Olivier cayendo al suelo con una mancha escarlata en el pecho. Sobre el corazón.
.......................................FIN...................................
Naah,mentira xD
Hahah pero si estamos en los ultimos capitulos culminantes
Por eso estoy publicando seguido esta nove..ademas de que hace tiempo
Que no lo publicaba xD
¿Que sucedera con Zac? U_U
Espero muchos comentarios :D
xAstridx
Julien había accedido a la sugerencia de Zac con la misma calma con la que había soportado todos los reveses de la vida. Cuando le ofreció ver el cuadro, su padre dijo que no necesitaba hacerlo porque cada detalle estaba grabado en su mente. Y Zac pensando en Vanessa desnuda sobre el sofá, comprendió a la perfección.
—Una vez más, señor Efron. Es una magnífica obra.
Las condiciones de la donación exigían que no se exhibiera hasta que transcurrieran cinco años tras la muerte de Philippe Delacroix, Genevieve Hudgens y Julien Efron.
Zadc se despidió con un gesto de la cabeza y recorrió los largos corredores de mármol hacia la puerta principal tan deprisa como pudo. Tenía tiempo de sobra antes de comer con Veronique para que no publicara el artículo. Estaba impaciente por acabar y volver a casa. A Le moulin, junto a Vanessa.
Mientras observaba las exclusivas tiendas de París, llenas de joyas y ropa de diseño, pertenecientes a un mundo en el que hasta hacía unos días había habitado, le llamó la atención un pequeño escaparate Art Nouveau en el que unos maniquíes de aspecto anticuado exhibían una divertida colección de ropa interior. Zac se detuvo ante ella y sonrió. Era la única tienda que no le resultó superflua.
Olas… playas de arena blanca… palmeras…
Vanessa cruzó la habitación de la puerta a la ventana. Temía perder el control; sabía que no podía dejarse vencer por la histeria que amenazaba con sofocarla. Debía conservar la calma, no perder la razón a pesar de que estar encerrada en la habitación de un solitario cháteau con un peligroso loco no tenía nada de tranquilizador.
El día anterior había intuido que Philippe Delacroix tenía una personalidad obsesiva y excéntrica, pero ni por un instante podía haber imaginado el odio y el rencor que sentía hacia Julien Efron. De haberlo sabido, jamás se le habría ocurrido aparecer en su puerta, con la ingenua intención de hacerle arrepentirse.
La tensión se le agarró a la garganta al mirar una vez más por la ventana confiando en ver acercarse un Aston Martin. ¿Dónde estaría Zac? Philippe no había querido creerla cuando le dijo que no sabía su número de teléfono, y al explicarle que se conocían desde hacía poco tiempo, se dio cuenta de la fragilidad de los lazos que los unían.
El hecho de que no supiera qué estaba haciendo o cuándo volvería, era prueba de ello. Estiró las mangas de su jersey para cubrir sus heladas manos, y se deslizó por la pared hasta el suelo. Mientras las sombras se adueñaban de los rincones de la habitación, apoyó la cabeza en las rodillas y recordó cada delicioso momento que había pasado con Zac.
Fue mucho más eficaz que cualquier estúpida playa.
Zac estaba esperando a que la dependienta hiciera el paquete cuando lo llamó su ayudante personal y le dio un mensaje que lo llenó de un inexplicable temor.
La salida de París se le había hecho eterna. Atrapado en el tráfico, su mente había dado vueltas a las posibles implicaciones de recibir una llamada de Philippe Delacroix. Según Alicia, había sonado enfadado y nervioso, y quería que Zac fuera inmediatamente a Le Manoir, donde Vanessa «lo esperaba».
Y que llevara el cuadro.
El sol se ponía cuando finalmente detuvo el Aston Martin delante de Le Manoir con un chirrido de frenos. El dominio de sí mismo que había mantenido hasta aquel instante estaba a punto de abandonarlo. Pensaba obsesivamente que Delacroix no se atrevería a hacer daño a Vanessa.
Durante todo el recorrido había tratado de convencerse de que ésa era una idea absurda, pero en aquel momento esa idea impedía que cualquier otra ocupara su cabeza. No podía racionalizar una situación que implicara a Vanessa, el cuadro y a Delacroix. Lo mirara como lo mirara, era una combinación explosiva.
Por experiencia propia, Zac sabía que el hermano mayor de Genevieve estaba obsesionado con el pasado, que no estaba en su sano juicio. Y quizá, aunque no quisiera creerlo, podía ser peligroso.
Subió las escaleras de piedra de dos en dos y embistió la puerta con el hombro. Al segundo intento, se abrió.
Cruzó el vestíbulo de mármol llamando a Vanessa. Se detuvo y aguzó el oído. Al cabo de unos segundos, cuando el eco remitió, le pareció oír una respuesta sofocada.
Aliviado, corrió escaleras arriba. Estaba a medio camino cuando oyó una voz a su espalda.
—Señor Efron, es usted tan mal educado como su padre. ¿No le han enseñado a llamar a la puerta?
Zac se giró lentamente. Philippe Delacroix lo miraba desde las sombras. Iba vestido con un anticuado traje de caza, con bombachos y chaqueta de tweed.
Por una fracción de segundo, Zac sintió lástima por la reliquia en la que se había convertido, pero al instante, pudo más el odio.
—¿Dónde está Nessa? —preguntó con frialdad.
—Esperándote. Podrás verla cuando me des lo que te he pedido —dijo Delacroix, con tanta calma como si hablaran de un cachorro—. Asumo que has traído el cuadro. Si no, Vanessa tendrá que esperar, y como mi hermana, es una mujer muy impaciente —echó la cabeza atrás y dejó escapar una estentórea carcajada—. Además de tener una afición similar por las clases bajas.
Zac tuvo la tentación de bajar y partirle la cara, pero le importaba más el ruido que provenía de una de las puertas de la planta superior, acompañada por una voz apagada. La de Nessa.
De dos zancadas, alcanzó el descansillo y recorrió el corredor abriendo puertas, llamando a Vanessa. Finalmente, llegó a una que estaba cerrada con llave.
—¡Zac, estoy aquí! —gritó Vanessa.
—¡Sepárate de la puerta! —avisó Zac.
No cedió tan rápido como la de entrada, pero la urgencia de la situación multiplicó la fuerza de Zac, que consiguió abrirla al cuarto intento.
Vanessa estaba en el centro de la habitación, tapándose con la mano la boca y los ojos desorbitadamente abiertos. Por un instante se quedaron paralizados, y Zac tuvo que contenerse para no estrecharla en sus brazos y besarla hasta hacerle perder el sentido.
—¡Has venido! —dijo ella con voz quebradiza—. Lo siento, yo…
Calló bruscamente. Detrás de ella se había abierto una puerta secreta y, Philippe Delacroix apareció como un villano de pantomima.
—He dicho que esperaras.
Hubiera dado risa de no ser porque bajo su ridícula apariencia, se apreciaba una personalidad siniestra. Asió a Vanessa del brazo y sólo entonces Zac se dio cuenta de que en la otra mano llevaba un rifle.
—¿Por qué ya nadie obedece órdenes? —continuó Delacroix con tono de hastío—. ¡Así está la sociedad! Cuando la gente obedecía a sus superiores la vida era mucho más sencilla.
—¿Qué haces, Delacroix?
—Lo sabes perfectamente, Efron. Te dije que antes de ver a Vanessa tendrías que darme el cuadro —Philippe sacudió la cabeza y Zac vio un destello de demencia en su mirada—. Estás muy equivocado si crees que puedes desobedecerme.
—No tengo el cuadro —dijo Zac, crispado.
Notó una mirada encendida de Nessa.
—Sabe que lo tienes, Zac. Se lo he dicho. Lo siento. No sabía… No creía que…
—¿Lo ves? —dijo Delacroix, triunfal, gesticulando con el rifle, que brilló en la penumbra—. No vale la pena que mientas, Efron. Tú tienes lo que yo quiero y… —apuntó a Vanessa con el rifle —yo tengo lo que tú quieres. Es muy sencillo: Dame el cuadro y yo le daré a la chica.
La mente de Zac funcionaba aceleradamente. Entornó los ojos mientras calculaba la distancia que lo separaba de Philippe y Nessa. Estaba demasiado lejos para quitarle el rifle y cualquier movimiento brusco podía acarrear terribles consecuencias. Tenía que encontrar la manera de distraerlo para conseguir liberar a Vanessa.
Se encogió de hombros con indiferencia.
—Está bien, lo tengo, pero no pienso dártelo.
Vanessa exhaló un suspiro de incredulidad. No mirarla supuso un esfuerzo de proporciones hercúleas para Zac.
Vanessa sintió el terror apoderarse de ella y pensó que se desmayaría. Mantuvo la mirada fija en Zac como si fuese una tabla de salvación, pero la frialdad de su rostro le produjo un escalofrío al tiempo que el perímetro de su visión se difuminaba. Ni siquiera notó el cañón del rifle presionándole el costado.
—Reflexiona, Efron —masculló Philippe en un tono estremecedor.
Zac había dado medía vuelta.
—No lo necesito —dijo con indiferencia—. Ya no hay trato, Delacroix. Llevo años buscando ese cuadro y no pienso desprenderme de él. Por nadie.
Vanessa juntó las manos y se las llevó a la barbilla con la mirada extraviada. La traición de Zac anestesió cualquier otra emoción, hasta el punto que la presión del rifle contra las costillas le pareció insignificante.
—Así que la has utilizado igual que tu padre utilizó a mi hermana —dijo entre dientes Delacroix.
El tiempo se detuvo. Un denso silencio se adueñó de la oscura habitación y Vanessa tuvo la sensación de estar bajo el agua mientras esperaba la contestación de Olivier.
—Sí, la he utilizado —dijo él finalmente, frunciendo el ceño con un gesto distante, indiferente.
En aquel instante Vanessa no pudo concebir haber besado aquellos sensuales labios ni haberse derretido en éxtasis entre aquellos poderosos brazos. Sus palabras la golpearon como un martillo, convenciéndola de que todo había sido un sueño.
—La he utilizado para vengarme de ti —continuó Zac, desdeñoso, al tiempo que daba un paso hacia ellos—. Sólo quería poseer aquello que le fue negado a mi padre. Ha sido una pura y simple venganza.
Vanessa oyó su propio gemido de dolor, pero súbitamente fue consciente de que ya no sentía el rifle en su costado. Y luego todo sucedió precipitadamente: una serie de acciones en cadena aparentemente aisladas. Vio el brillo del metal, un errático movimiento de Phillippe a su lado, su rugido de rabia al apuntar a Zac.
Y entonces creyó que se le desgarraba el corazón al percibir a cámara lenta cómo Zac se abalanzaba sobre él con el brazo estirado para desviar el rifle. Un ruido distinto a cualquier otro. Un ruido demasiado nítido como para no ser real. Y finalmente, Olivier cayendo al suelo con una mancha escarlata en el pecho. Sobre el corazón.
.......................................FIN...................................
Naah,mentira xD
Hahah pero si estamos en los ultimos capitulos culminantes
Por eso estoy publicando seguido esta nove..ademas de que hace tiempo
Que no lo publicaba xD
¿Que sucedera con Zac? U_U
Espero muchos comentarios :D
xAstridx
lunes, 30 de abril de 2012
Capitulo 14
Comieron delante del fuego, en el suelo, en una atmósfera tranquila y silenciosa.
Vanessa dejó el plato a un lado con un gran suspiro y apoyó la espalda en el sofá.
—Estaba delicioso, gracias. Yo no sabría por dónde empezar. Especialmente para elegir los hongos. ¿Cómo sabes que son comestibles?
Zac se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo he supuesto.
Vanessa lo miró con los ojos desorbitados.
—¡Dios mío, Zac, pueden ser venenosos! ¿Cómo has podido…? —dejó la frase en el aire al ver la sonrisa que bailaba en los ojos de Zac—. Me estás tomando el pelo.
—Pues claro, ¿no ves que crecí aquí? Puedes vestir al chico de campo de hombre de ciudad —dijo con sorna—, pero no puedes erradicarlo.
Vane se inclinó hacia él y Zac le hizo sitio para que apoyara la cabeza en su pecho. La sensación era tan placentera, que Vane casi no se atrevía a respirar por miedo a romper el encantamiento.
—Tienes razón. Lo intuí en cuanto le vi en la sala de subastas.
—¿Qué? ¿Que era un campesino? —preguntó él, sonriendo.
—¡No! Tu…naturalidad. Luego pensé que eras un hombre solitario… Ahora sé que eres un superviviente, que puedes adaptarle a cualquier situación y que no necesitas a nadie.
Hubo una pausa prolongada en la que sólo se oyó el crepitar del fuego.
—Puede que sí —dijo finalmente Zac.
Apretando a Vanessa contra sí, se pasó la mano libre por el rostro. Luego, le tomó la muñeca y acarició la cicatriz que, a la luz de las llamas, parecía una fina pulsera.
—Tú también eres una superviviente —dijo con voz ronca—. ¿Qué pasó?
Vanessa se tensó durante una fracción de segundo. Luego suspiró profundamente y empezó:
—Una mezcla de vergüenza, culpa, sentimiento de humillación —dijo con una risa seca—. ¿Quieres que siga?
—Sí, pero empieza por el principio —Zac aspiró el aroma a jazmín que emanaba de su cabello. La idea de que hubiera sufrido le resultó casi insoportable.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —dijo ella—. Siempre me he sentido la oveja negra de la familia. Miles era listo y ambicioso, mientras que yo no encajaba.
Zac le acarició el brazo esperando a que siguiera.
—Lo único que me interesaba era hacer Bellas Artes. Mis padres querían que hiciera algo sensato, pero por una vez en mi vida, luché por lo que quería y lo logré. ¡Me sentí tan libre! —Zac pudo percibir una sonrisa en sus labios. Luego, en tono de amargura, añadió—: Hasta que apareció Dan Nightingale, el artista atrevido, siempre rodeado de modelos y músicos. Una tarde me invitó a tomar una copa.
—¡Qué listo! —murmuró Zac, odiando al hombre aun sin conocerlo.
—¡Me sentí tan halagada…! Jamás se me pasó por la cabeza que lo que le interesara fuera mí apellido. Era mi primer novio y me enamoré locamente de él. Hasta que…
Un escalofrío la sacudió y Zac incrementó la presión de su brazo, como si con ello pudiera protegerla.
—¿Era el tipo de la Tate, verdad, el que expuso tus fotografías?
—Así es —dijo Vane sarcástica—. Resultó que lo que quería era utilizarme para crear una pieza provocadora. Como para el resto del mundo, para él yo no era nadie, sólo un apellido: Hudgens —rió con rabia—. Aprendí la lección y me obligó a enfrentarme a la verdad que llevaba negando toda mi vida.
—¿Cuál?
—Que haga lo que haga para convertirme en mí misma, siempre seré la nieta, la hija o la hermana de alguien.
Zac sintió una opresión en el pecho. Quería gritar que se equivocaba, pero las palabras se congelaron en su garganta. Después de todo, ¿no era él culpable de eso mismo?
—Cometí una estupidez —continuó Vanessa—. Me sentía tan mal que quise hacer mí dolor visible. Apenas recuerdo nada, excepto el instante en que confirmé que la exquisita sangre Hudgens era igual a las demás. Luego, Miles apareció y se ocupó detodo.
En el hogar sólo quedaban unas brasas. Zac se irguió para avivarlas y al sentir el dolor de la espalda quiso concentrarse en él como si con ello expiara sus culpas.
—Le debo una disculpa a Miles —dijo, apretando los dientes—. Lo juzgué erróneamente.
Como a ella. Bella suspiró.
—Sé que está obsesionado con controlarlo todo, pero se preocupa sinceramente por mí. De no ser por él, no estaría aquí.
—Entonces, debo darle las gracias —dijo Zac con voz ronca.
Echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el asiento del sofá y cerró los ojos.
Todas sus certezas estaban siendo pulverizadas. Instintivamente, había odiado a Dan Nightingale al verlo con Vane. Pero lo peor era reconocerse en él.
Cuando Nessa despertó era de día y supo, al instante, que Zac no estaba a su lado. Se incorporó con cara somnolienta y lo buscó en el espacio vacío que quedaba en la cama. Pero las sábanas estaban frías. Se levantó y bajó con el corazón en un puño. En el piso inferior se proyectaban las sombras de la luz del amanecer. Aguzó el oído. Nada.
Entonces, al mirar hacia un lado, creyó percibir movimientos tras una puerta entreabierta. Se acercó de puntillas. Frente a la ventana, Zac miraba las capas de neblina que, como velos, se superponían en los campos. Iba en vaqueros, pero tenía el torso desnudo, y su actitud hizo pensar a Vanessa en la noche en que lo había visto recortado contra las luces de Londres, en su apartamento.
Sin pensárselo, caminó hasta él y le rodeó la cintura por la espalda.
—¿Qué haces? —preguntó en un susurro.
—Tengo que irme —dijo él en tono distante. Se deshizo con firme suavidad de sus brazos y la miró de frente—. He de ir a París por un asunto relacionado con esto.
Fue hacia una cómoda y tomó lo que parecía un rollo de tela rígida. Impasible, Olivier se la mostró: La Dame de la Croix.
Era tal y como Zac se la había mostrado el día anterior. Por un instante el tiempo se paralizó y Nessa no supo si se miraba a sí misma a los ojos o a los de su abuela.
—¡Zac,es maravilloso!
—Así es —se limitó a decir él.
—¡Y aún más maravilloso es que lo hayas encontrado después de tantos años y que lo hayas traído!
—Y que le haya encontrado a ti al mismo tiempo.
—Por azar o por el destino —dijo ella con dulzura—. Siento que ese mismo destino haya hecho que mi familia les hiciera daño.
—También tú has sufrido, pero ya se acabó. Forma parte del pasado.
La determinación en sus palabras hizo que sonaran más como una promesa que como una simple afirmación. Vane hubiera querido que la tomara en sus brazos, sentirse segura de nuevo, pero Zac se alejó y se puso la camisa.
Ya vestido, fue como si se distanciara de ella, como si ya hubiera partido.
Mientras se alejaba a toda velocidad con los labios aún calientes del último beso de Vanessa, Zac sintió crecer la impaciencia en su interior. Apenas se había marchado y ya quería estar de vuelta. En casa. Un sentimiento que jamás había pensado llegar a tener.
La noche anterior, con Vanessa apoyada en su pecho, había atisbado una paz que jamás había sentido antes. Por un instante. Vanessa le había hecho sentirse bien consigo mismo, con su pasado y con su torturado padre. Ella lo había aceptado todo con naturalidad y le había hecho sentir lástima de no haberlo aceptado él mismo con anterioridad.
Pero gracias a ella ya no se avergonzaba del pasado. Sin embargo, la espantosa contradicción era que la culpabilidad que pesaba sobre su conciencia se había multiplicado. Se había propuesto torturarla, y si no paraba el artículo de Veronique Lemercier, lo conseguiría.
En un par de días, el gran escándalo de los Delacroix, el romance, el cuadro, el incendio, el chantaje, sería desvelado en la prensa de toda Europa. Desde que tenía uso de razón había querido sacar a la luz lo que habían hecho Philippe Delacroix y Edward Hudgens, pero de pronto sentía un deseo mucho más acuciante: el de proteger a Vanessa.
Cuando llegó al hospital, Julien estaba despierto y Zac se sintió culpable al ver cómo se le iluminaba la mirada al verlo. Frunció el ceño sin saber cómo empezar a tender un puente sobre el abismo que los separaba. Las cerúleas manos de Julien descansaban sobre la blanca sábana y, titubeante, Zac las cubrió con las suyas. Era tan buen comienzo como cualquier otro.
El sol caldeaba la espalda de Vanessa cuando detuvo el coche frente a la casa. Hacía otro dorado día de otoño, y Vane se descubrió sonriendo al abrir la puerta cargada de paquetes.
El aroma familiar a humo y manzanas la envolvió mientras cruzaba la habitación para depositarlos sobre la mesa. Parecía imposible haber ido a aquella casa tan en contra de su voluntad y sentir, desde el primer instante, algo tan especial por aquel destartalado e irregular espacio.
En él se había encontrado a sí misma… y a Zac, y aunque no habría sabido explicar por qué, tenía la certeza de que no podía haber sucedido en ningún otro lugar.
Miró los paquetes con satisfacción. Tras la partida de Zac, se había vestido y había ido a visitar el mercado de antigüedades del pueblo más próximo. Había conseguido sábanas de lino, maceteros de hierro forjado, unos preciosos candelabros que constituirían el regalo de boda perfecto para Miles y Ashley, y, el que representaba su más valioso hallazgo: un mantón idéntico al que lucía Olympia, que en aquel momento acarició con dedos temblorosos.
Quizá aquella misma noche sentiría la seda rozar su piel desnuda.
Llevándoselo al pecho, recordó la noche anterior, el sexo tierno y apasionado, el hambre que Zac había despertado en ella. También cómo a pesar de su rostro impenetrable, su cuerpo le había transmitido intensas emociones, como cuando le había acariciado y lamido, y él la había sujetado con fuerza a la vez que gritaba su nombre.
El dolor era cosa del pasado. Había llegado el momento de la sanación y del placer… comenzando por aquella misma noche, cuando Zac volviera de París y ella le esperara con la cena preparada.
Pero primero, encendería el fuego. Limpió las cenizas, rellenó la cesta con leños y buscó periódicos. Finalmente, los encontró en el último estante de una polvorienta estantería, dentro de una caja. Sacó el primero y, ya estaba a punto de arrancar una página cuando se detuvo.
Tenía el papel amarillento y quebradizo, y vio que era de noviembre de 1954. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo según leyó precipitadamente la portada.
El nombre aparecía en grandes letras: DELACROIX.
Vanessa se sentó en los talones con manos temblorosas. Por un instante permaneció paralizada en medio de la alfombra donde la noche anterior Zac y ella habían hecho el amor. Luego sacó todos los periódicos de la caja y empezó a leer.
Una hora más tarde, cuando se puso en pie con piernas inseguras, las nubes habían oscurecido el cielo. Se asió a la estantería para ayudarse mientras la sangre volvía a sus pies y su cerebro trataba de asimilar lo que acaba de descubrir.
Luego, recogió todos los periódicos y buscó la llave del coche. Apenas podía contener la ira.
Philippe Delacroix había recurrido al chantaje y al soborno para no tener que admitir ante el juez lo que le había hecho a Julien, pero ella le obligaría a decir la verdad.
Vanessa dejó el plato a un lado con un gran suspiro y apoyó la espalda en el sofá.
—Estaba delicioso, gracias. Yo no sabría por dónde empezar. Especialmente para elegir los hongos. ¿Cómo sabes que son comestibles?
Zac se encogió de hombros.
—No lo sé. Lo he supuesto.
Vanessa lo miró con los ojos desorbitados.
—¡Dios mío, Zac, pueden ser venenosos! ¿Cómo has podido…? —dejó la frase en el aire al ver la sonrisa que bailaba en los ojos de Zac—. Me estás tomando el pelo.
—Pues claro, ¿no ves que crecí aquí? Puedes vestir al chico de campo de hombre de ciudad —dijo con sorna—, pero no puedes erradicarlo.
Vane se inclinó hacia él y Zac le hizo sitio para que apoyara la cabeza en su pecho. La sensación era tan placentera, que Vane casi no se atrevía a respirar por miedo a romper el encantamiento.
—Tienes razón. Lo intuí en cuanto le vi en la sala de subastas.
—¿Qué? ¿Que era un campesino? —preguntó él, sonriendo.
—¡No! Tu…naturalidad. Luego pensé que eras un hombre solitario… Ahora sé que eres un superviviente, que puedes adaptarle a cualquier situación y que no necesitas a nadie.
Hubo una pausa prolongada en la que sólo se oyó el crepitar del fuego.
—Puede que sí —dijo finalmente Zac.
Apretando a Vanessa contra sí, se pasó la mano libre por el rostro. Luego, le tomó la muñeca y acarició la cicatriz que, a la luz de las llamas, parecía una fina pulsera.
—Tú también eres una superviviente —dijo con voz ronca—. ¿Qué pasó?
Vanessa se tensó durante una fracción de segundo. Luego suspiró profundamente y empezó:
—Una mezcla de vergüenza, culpa, sentimiento de humillación —dijo con una risa seca—. ¿Quieres que siga?
—Sí, pero empieza por el principio —Zac aspiró el aroma a jazmín que emanaba de su cabello. La idea de que hubiera sufrido le resultó casi insoportable.
—Ni siquiera sé por dónde empezar —dijo ella—. Siempre me he sentido la oveja negra de la familia. Miles era listo y ambicioso, mientras que yo no encajaba.
Zac le acarició el brazo esperando a que siguiera.
—Lo único que me interesaba era hacer Bellas Artes. Mis padres querían que hiciera algo sensato, pero por una vez en mi vida, luché por lo que quería y lo logré. ¡Me sentí tan libre! —Zac pudo percibir una sonrisa en sus labios. Luego, en tono de amargura, añadió—: Hasta que apareció Dan Nightingale, el artista atrevido, siempre rodeado de modelos y músicos. Una tarde me invitó a tomar una copa.
—¡Qué listo! —murmuró Zac, odiando al hombre aun sin conocerlo.
—¡Me sentí tan halagada…! Jamás se me pasó por la cabeza que lo que le interesara fuera mí apellido. Era mi primer novio y me enamoré locamente de él. Hasta que…
Un escalofrío la sacudió y Zac incrementó la presión de su brazo, como si con ello pudiera protegerla.
—¿Era el tipo de la Tate, verdad, el que expuso tus fotografías?
—Así es —dijo Vane sarcástica—. Resultó que lo que quería era utilizarme para crear una pieza provocadora. Como para el resto del mundo, para él yo no era nadie, sólo un apellido: Hudgens —rió con rabia—. Aprendí la lección y me obligó a enfrentarme a la verdad que llevaba negando toda mi vida.
—¿Cuál?
—Que haga lo que haga para convertirme en mí misma, siempre seré la nieta, la hija o la hermana de alguien.
Zac sintió una opresión en el pecho. Quería gritar que se equivocaba, pero las palabras se congelaron en su garganta. Después de todo, ¿no era él culpable de eso mismo?
—Cometí una estupidez —continuó Vanessa—. Me sentía tan mal que quise hacer mí dolor visible. Apenas recuerdo nada, excepto el instante en que confirmé que la exquisita sangre Hudgens era igual a las demás. Luego, Miles apareció y se ocupó detodo.
En el hogar sólo quedaban unas brasas. Zac se irguió para avivarlas y al sentir el dolor de la espalda quiso concentrarse en él como si con ello expiara sus culpas.
—Le debo una disculpa a Miles —dijo, apretando los dientes—. Lo juzgué erróneamente.
Como a ella. Bella suspiró.
—Sé que está obsesionado con controlarlo todo, pero se preocupa sinceramente por mí. De no ser por él, no estaría aquí.
—Entonces, debo darle las gracias —dijo Zac con voz ronca.
Echó la cabeza hacia atrás hasta apoyarla en el asiento del sofá y cerró los ojos.
Todas sus certezas estaban siendo pulverizadas. Instintivamente, había odiado a Dan Nightingale al verlo con Vane. Pero lo peor era reconocerse en él.
Cuando Nessa despertó era de día y supo, al instante, que Zac no estaba a su lado. Se incorporó con cara somnolienta y lo buscó en el espacio vacío que quedaba en la cama. Pero las sábanas estaban frías. Se levantó y bajó con el corazón en un puño. En el piso inferior se proyectaban las sombras de la luz del amanecer. Aguzó el oído. Nada.
Entonces, al mirar hacia un lado, creyó percibir movimientos tras una puerta entreabierta. Se acercó de puntillas. Frente a la ventana, Zac miraba las capas de neblina que, como velos, se superponían en los campos. Iba en vaqueros, pero tenía el torso desnudo, y su actitud hizo pensar a Vanessa en la noche en que lo había visto recortado contra las luces de Londres, en su apartamento.
Sin pensárselo, caminó hasta él y le rodeó la cintura por la espalda.
—¿Qué haces? —preguntó en un susurro.
—Tengo que irme —dijo él en tono distante. Se deshizo con firme suavidad de sus brazos y la miró de frente—. He de ir a París por un asunto relacionado con esto.
Fue hacia una cómoda y tomó lo que parecía un rollo de tela rígida. Impasible, Olivier se la mostró: La Dame de la Croix.
Era tal y como Zac se la había mostrado el día anterior. Por un instante el tiempo se paralizó y Nessa no supo si se miraba a sí misma a los ojos o a los de su abuela.
—¡Zac,es maravilloso!
—Así es —se limitó a decir él.
—¡Y aún más maravilloso es que lo hayas encontrado después de tantos años y que lo hayas traído!
—Y que le haya encontrado a ti al mismo tiempo.
—Por azar o por el destino —dijo ella con dulzura—. Siento que ese mismo destino haya hecho que mi familia les hiciera daño.
—También tú has sufrido, pero ya se acabó. Forma parte del pasado.
La determinación en sus palabras hizo que sonaran más como una promesa que como una simple afirmación. Vane hubiera querido que la tomara en sus brazos, sentirse segura de nuevo, pero Zac se alejó y se puso la camisa.
Ya vestido, fue como si se distanciara de ella, como si ya hubiera partido.
Mientras se alejaba a toda velocidad con los labios aún calientes del último beso de Vanessa, Zac sintió crecer la impaciencia en su interior. Apenas se había marchado y ya quería estar de vuelta. En casa. Un sentimiento que jamás había pensado llegar a tener.
La noche anterior, con Vanessa apoyada en su pecho, había atisbado una paz que jamás había sentido antes. Por un instante. Vanessa le había hecho sentirse bien consigo mismo, con su pasado y con su torturado padre. Ella lo había aceptado todo con naturalidad y le había hecho sentir lástima de no haberlo aceptado él mismo con anterioridad.
Pero gracias a ella ya no se avergonzaba del pasado. Sin embargo, la espantosa contradicción era que la culpabilidad que pesaba sobre su conciencia se había multiplicado. Se había propuesto torturarla, y si no paraba el artículo de Veronique Lemercier, lo conseguiría.
En un par de días, el gran escándalo de los Delacroix, el romance, el cuadro, el incendio, el chantaje, sería desvelado en la prensa de toda Europa. Desde que tenía uso de razón había querido sacar a la luz lo que habían hecho Philippe Delacroix y Edward Hudgens, pero de pronto sentía un deseo mucho más acuciante: el de proteger a Vanessa.
Cuando llegó al hospital, Julien estaba despierto y Zac se sintió culpable al ver cómo se le iluminaba la mirada al verlo. Frunció el ceño sin saber cómo empezar a tender un puente sobre el abismo que los separaba. Las cerúleas manos de Julien descansaban sobre la blanca sábana y, titubeante, Zac las cubrió con las suyas. Era tan buen comienzo como cualquier otro.
El sol caldeaba la espalda de Vanessa cuando detuvo el coche frente a la casa. Hacía otro dorado día de otoño, y Vane se descubrió sonriendo al abrir la puerta cargada de paquetes.
El aroma familiar a humo y manzanas la envolvió mientras cruzaba la habitación para depositarlos sobre la mesa. Parecía imposible haber ido a aquella casa tan en contra de su voluntad y sentir, desde el primer instante, algo tan especial por aquel destartalado e irregular espacio.
En él se había encontrado a sí misma… y a Zac, y aunque no habría sabido explicar por qué, tenía la certeza de que no podía haber sucedido en ningún otro lugar.
Miró los paquetes con satisfacción. Tras la partida de Zac, se había vestido y había ido a visitar el mercado de antigüedades del pueblo más próximo. Había conseguido sábanas de lino, maceteros de hierro forjado, unos preciosos candelabros que constituirían el regalo de boda perfecto para Miles y Ashley, y, el que representaba su más valioso hallazgo: un mantón idéntico al que lucía Olympia, que en aquel momento acarició con dedos temblorosos.
Quizá aquella misma noche sentiría la seda rozar su piel desnuda.
Llevándoselo al pecho, recordó la noche anterior, el sexo tierno y apasionado, el hambre que Zac había despertado en ella. También cómo a pesar de su rostro impenetrable, su cuerpo le había transmitido intensas emociones, como cuando le había acariciado y lamido, y él la había sujetado con fuerza a la vez que gritaba su nombre.
El dolor era cosa del pasado. Había llegado el momento de la sanación y del placer… comenzando por aquella misma noche, cuando Zac volviera de París y ella le esperara con la cena preparada.
Pero primero, encendería el fuego. Limpió las cenizas, rellenó la cesta con leños y buscó periódicos. Finalmente, los encontró en el último estante de una polvorienta estantería, dentro de una caja. Sacó el primero y, ya estaba a punto de arrancar una página cuando se detuvo.
Tenía el papel amarillento y quebradizo, y vio que era de noviembre de 1954. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo según leyó precipitadamente la portada.
El nombre aparecía en grandes letras: DELACROIX.
Vanessa se sentó en los talones con manos temblorosas. Por un instante permaneció paralizada en medio de la alfombra donde la noche anterior Zac y ella habían hecho el amor. Luego sacó todos los periódicos de la caja y empezó a leer.
Una hora más tarde, cuando se puso en pie con piernas inseguras, las nubes habían oscurecido el cielo. Se asió a la estantería para ayudarse mientras la sangre volvía a sus pies y su cerebro trataba de asimilar lo que acaba de descubrir.
Luego, recogió todos los periódicos y buscó la llave del coche. Apenas podía contener la ira.
Philippe Delacroix había recurrido al chantaje y al soborno para no tener que admitir ante el juez lo que le había hecho a Julien, pero ella le obligaría a decir la verdad.
sábado, 28 de abril de 2012
Capitulo 13
En el futuro. Vanessa no recordaría nada del recorrido hasta la casa, excepto la excitación que le causaba saber que Zac iba detrás de ella. Sentía su cuerpo pleno, vivo, como si acabara de pasar por un bautismo de fuego y hubiera emergido renovada.
Miró por el espejo retrovisor. Zac mantenía una expresión neutra, inexpresiva, pero eso no impidió que ella sintiera una explosión de fuegos artificiales en su interior. Debajo de aquella máscara y de la apariencia de hombre rico, había otro de carne y hueso.
—Vamos.
Vanessa se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado ensimismada, dentro del coche, delante de la casa. Zac se inclinó hacía el volante para parar el motor, luego abrió la puerta y la ayudó a bajar.
Tenía la falda empapada. Zac arqueó una ceja:
—Te has mojado.
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Tengo que secarme.
—No vale la pena —dijo Zac con expresión enigmática.
Vanessa lo miró. El agua se deslizaba por su cabello, por el cuello del abrigo que él le había puesto y que olía a su aroma. Sintió un escalofrío.
—Tienes razón. No vale la pena.
Sin dejar de mirarla, Zac la tomó en brazos y la condujo hasta el dormitorio. Allí la dejó en el suelo.
—Desvístete —dijo con voz ronca, separándose de ella.
—¿Dónde vas?
—A preparar un baño.
Una vez sola. Vanessa se quitó la ropa y se quedó desnuda en medio de la habitación. Sentía la piel fría y caliente a un mismo tiempo.
Ardiente y hermosa.
Zac había adivinado su verdadera naturaleza antes que ella misma. O quizá, aunque la conociera, no había querido admitirla hasta que él se la había mostrado. Con la mirada perdida, buscó su imagen en el espejo. La cruz pintada parecía una joya de verdad, sus ojos tenían un resplandor audaz y sus labios parecían oscuros rubíes.
Zac apareció a su espalda. Vanessa le vio posar las manos en sus hombros, sintió sus dedos masajearle la nuca. El agua de la lluvia se deslizó desde su cabello hacia su pecho, difuminando la cinta de la cruz y dándole la apariencia de una gota de sangre.
—Es tan perfecto… —dijo ella con voz ronca—, que no puedo soportar que vaya a desaparecer.
En el espejo vio a Zac deslizar la mirada por su cuerpo con aquella característica mirada inescrutable que le hacía estremecer y que provocaba que la sangre se le agolpara en la pelvis.
—Entonces, permíteme… —susurró él.
A continuación, se chupó el dedo pulgar y emborronó la cruz. Vanessa contuvo el aliento.
—Pertenece al pasado —explicó él. Y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en brazos y la llevó al cuarto de baño.
El vapor creaba una nebulosa que lo envolvía todo, dándole un aire de irrealidad. En el alféizar de la ventana había una botella de vino y dos copas. Vanessa sonrió.
—Piensas en todo.
—Métete en la bañera.
—Sólo si tú me acompañas.
Vanessa le desabrochó la camisa y, en el instante de retirársela de los hombros vio una expresión de dolor cruzar el rostro de Zac. Vanessa deslizó las manos por su espalda al tiempo que lo rodeaba para mirársela.
—¡Dios mío, Zac! ¡Dios mío! —exclamó con sorpresa y compasión.
La oscura piel de su ancha espalda estaba llena de cortes y de sangre seca. Vane los acarició con delicadeza al tiempo que recordaba los cristales de la cabaña.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó. Y sintió los músculos de Zac contraerse cuando éste se encogió de hombros.
—Parar hubiera sido aún más doloroso.
Vanessa sintió una oleada de ternura y de deseo. Sus pezones se endurecieron y una pulsante sensación se instaló en su pelvis. Rodeó la cintura de Zac por detrás y, aunque él aparentemente no reaccionó, los músculos de su estómago se encogieron al paso de la mano de Nessa hacía su sexo endurecido. Entonces lo recorrió un temblor y Vanessa, actuando sin ningún control, le desabrochó el pantalón al tiempo que lamía y besaba su espalda. Zac puso sus manos sobre las de ella para ayudarla con sus ciegos movimientos hasta que súbitamente, se giró y la estrechó contra sí, atrapando su boca con voracidad.
Luego la depositó en el baño y se metió tras ella. Vanessa echó la cabeza hacia atrás y buscó de nuevo sus labios, besándolos con delicadeza, acariciándolos con su lengua. Podía sentir su erección contra su vientre y la anticipación de sentir a Zac en su interior le hizo estremecer. Sin pensárselo, se sumergió en el agua y lo atrapó en su boca, cerrando los labios en torno a él.
Cuando emergió del agua para respirar, Zac la tomó por debajo de los brazos y la desplazó para colocarse sobre ella. Nessa rodeó las caderas de Zac con sus piernas para presionarlo contra sí al tiempo que él la penetraba de un solo empuje. Bastó con que viera la mirada de Nessa enturbiada por la pasión para que estuviera a punto de estallar, aun antes de sentir su pulsante interior rodeándolo, contrayéndose alrededor de su sexo. Agachó la cabeza y la oyó gemir cuando atrapó entre sus dientes un rosado pezón.
El agua se desbordaba y sacudía los bordes de la bañera a su alrededor al compás de sus movimientos, tan complementarios que parecían formar un solo cuerpo. Nessa hundió los dedos en el cabello de Zac, luego elevó los brazos por encima de la cabeza, arqueándose frenéticamente contra él, hasta que bajándolos de nuevo y asiéndose a sus brazos, una serie de temblores se apoderaron de ella hasta alcanzar el clímax.
Cuando las contracciones remitieron, se abrazó a Zac y fue entonces él quien se dejó ir. Y cuando colapso sobre ella tuvo la extraña sensación de haber llegado a casa.
Después, permanecieron en el agua, bebiendo vino mientras sus pulsaciones recuperaban el ritmo normal. La realidad se habían fundido en una acogedora nebulosa, y el futuro y el resto de la gente eran algo remoto e incomprensible.
Zac pasaba la mano por el hombro de Bella, acariciaba su mano, su muñeca. Al sentir la fina piel de la cicatriz que tatuaba su fina piel, la sacó del agua para mirarla; luego, la besó.
Ninguno de los dos dijo nada. Habían sido tocados por un frágil hechizo que ninguno de los dos parecía querer romper.
--------------------------------
Zac miro con indiferencia su Blackberry. Por primera vez en su vida, las cifras le daban lo mismo. Pero desde aquella mañana habían cambiado muchas cosas.
Eso no significaba que pudiera perder el control. Si era tan bueno en lo suyo se debía a que siempre estaba alerta, a que nunca había perdido de vista el objetivo de hacer dinero. Era lo que lo definía. La necesidad de probarse a sí mismo, de demostrar su valía.
Tras comprobar que no se había producido cambios de importancia, dejó la Blackberry a un lado y miró a su alrededor. El olor a humo de la chimenea, la habitación en penumbra, la oscuridad tras los cristales… desde el piso superior llegaban las pisadas de Vane sobre el suelo de madera.
Ellas siempre querían que les dedicara más tiempo, mientras que él prefería trabajar. Aquellas mujeres se habían enamorado del monstruo que había creado. Adoraban una figura de cartón piedra, una efigie.
Tomó los hongos que había recogido al salir de la cabaña y sacó un cuchillo. Tenía el mango de madera gastado y suave por el uso de los años, y encajaba en su mano como no encajaban los sofisticados utensilios de titanio de su cocina. Ni siquiera recordaba la última vez que los había usado, o que había preparado algo de comer.
Y en ese momento fue consciente de que se equivocaba, de que no había alcanzado el éxito, de que había perdido el contacto con sus raíces. Por eso se había rodeado de personas que actuaban de la misma manera. Intentó imaginar en aquella casa a cualquiera de las mujeres con las que se relacionaba, y la idea le resultó tan absurda que casi se echó a reír.
—¿Estás cocinando?
Levantó la vista. Vane estaba en el umbral de la puerta, con el cabello húmedo peinado hacia atrás y las mejillas coloreadas por el vapor y el sexo. Llevaba una camiseta de él que le llegaba a la mitad del muslo, y el resto de sus gloriosas piernas quedaba al descubierto.
—¿Tan raro le parece? —preguntó un tanto ofendido, aunque él mismo había pensado hacía unos segundos que ya casi no lo hacía.
Vanessa fue a su lado y sonrió.
—No. Me admira —tomó uno de los hongos y lo acarició antes de olerlo.
Zac encontró el gesto irresistiblemente sensual, y tuvo que girarse para no sucumbir a la tentación de deslizar sus manos por debajo de la camiseta y sentir su piel desnuda.
—Cuando era pequeño —dijo con más brusquedad de la que pretendía mientras cortaba uno de los hongos—, tuve que aprender a cocinar. Julien no se ocupaba de las tareas domésticas.
—¿Y tu madre?
Zac se quedó en suspenso una fracción de segundo.
—Nos dejó cuando tenía dos años —dijo finalmente.
—Lo siento, no debía haberte preguntado.
Zac salteó los hongos.
—No pasa nada. Era una estudiante de Arte que quiso hacer su proyecto de fin de carrera sobre mi padre. Supongo que después de tantos años de inactividad, le halagó que alguien se interesara por él. Ella localizó la mayoría de sus cuadros y pensó en organizar una exposición, pero el proyecto se canceló cuando quedó embarazada —hizo una pausa. Los hongos impregnaban el aire de un delicioso aroma. Vanessa no se atrevió a hablar—. Supongo que creyó que mi padre llegaría a amarla, pero eso era imposible.
—¿Por qué?
Zac echó arroz en la cazuela.
—Porque seguía enamorado de Genevieve. Ninguna otra mujer podía comparársele. Imagino que mi madre sólo fue un breve paréntesis en su soledad —miró a Vane esbozando una sonrisa de melancolía—. La utilizó, pero acabó pagando por ello.
—¿A qué te refieres?
—Ella lo abandonó y le dejó con un hijo que nunca había deseado, de una mujer a la que nunca amó.
La aparente ausencia de emoción con la que dijo aquellas palabras hizo estremecer a Vane. Llegando a conclusiones precipitadas, le había acusado de descuidar a su padre, cuando quizá la verdad era lo contrario.
—Pero seguro que tu padre te quería —dijo, titubeante—. ¿Nunca estuvisteis unidos?
—Creo que su amor por Genevieve absorbió toda su capacidad de amar. Por eso se quedó aquí.
—¿Por si volvía?
—En parte sí. Y en parte porque quería demostrar que no tenía nada de lo que arrepentirse.
—¿En qué sentido?
—¿Recuerdas lo que te ha contado tu tío? Pues precisamente para acallar los rumores de que había pintado el cuadro para chantajear a tu familia.
—Fue muy valiente —dijo Nessa con un hilo de voz.
Zac frunció el ceño. Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Para él, la actitud pasiva de su padre no era más que la prueba de su total claudicación. Pensaba que, de ser valiente, se habría marchado. No se había dado cuenta de que al huir del pasado y de sus problemas para alcanzar el éxito de los Delacroix, era él el cobarde. De pronto lo veía todo con una nitidez meridiana.
—Lo siento mucho, Zac. Está claro que mi familia les ha causado mucho dolor.
—Ya no importa. Forma parte del pasado.
Las palabras surgieron mecánicamente, y sin embargo, por primera en su vida, Zac pensó que podían ser verdad.
xAstridx
Miró por el espejo retrovisor. Zac mantenía una expresión neutra, inexpresiva, pero eso no impidió que ella sintiera una explosión de fuegos artificiales en su interior. Debajo de aquella máscara y de la apariencia de hombre rico, había otro de carne y hueso.
—Vamos.
Vanessa se sobresaltó al darse cuenta de que se había quedado ensimismada, dentro del coche, delante de la casa. Zac se inclinó hacía el volante para parar el motor, luego abrió la puerta y la ayudó a bajar.
Tenía la falda empapada. Zac arqueó una ceja:
—Te has mojado.
—Sí —dijo ella, sonriendo—. Tengo que secarme.
—No vale la pena —dijo Zac con expresión enigmática.
Vanessa lo miró. El agua se deslizaba por su cabello, por el cuello del abrigo que él le había puesto y que olía a su aroma. Sintió un escalofrío.
—Tienes razón. No vale la pena.
Sin dejar de mirarla, Zac la tomó en brazos y la condujo hasta el dormitorio. Allí la dejó en el suelo.
—Desvístete —dijo con voz ronca, separándose de ella.
—¿Dónde vas?
—A preparar un baño.
Una vez sola. Vanessa se quitó la ropa y se quedó desnuda en medio de la habitación. Sentía la piel fría y caliente a un mismo tiempo.
Ardiente y hermosa.
Zac había adivinado su verdadera naturaleza antes que ella misma. O quizá, aunque la conociera, no había querido admitirla hasta que él se la había mostrado. Con la mirada perdida, buscó su imagen en el espejo. La cruz pintada parecía una joya de verdad, sus ojos tenían un resplandor audaz y sus labios parecían oscuros rubíes.
Zac apareció a su espalda. Vanessa le vio posar las manos en sus hombros, sintió sus dedos masajearle la nuca. El agua de la lluvia se deslizó desde su cabello hacia su pecho, difuminando la cinta de la cruz y dándole la apariencia de una gota de sangre.
—Es tan perfecto… —dijo ella con voz ronca—, que no puedo soportar que vaya a desaparecer.
En el espejo vio a Zac deslizar la mirada por su cuerpo con aquella característica mirada inescrutable que le hacía estremecer y que provocaba que la sangre se le agolpara en la pelvis.
—Entonces, permíteme… —susurró él.
A continuación, se chupó el dedo pulgar y emborronó la cruz. Vanessa contuvo el aliento.
—Pertenece al pasado —explicó él. Y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó en brazos y la llevó al cuarto de baño.
El vapor creaba una nebulosa que lo envolvía todo, dándole un aire de irrealidad. En el alféizar de la ventana había una botella de vino y dos copas. Vanessa sonrió.
—Piensas en todo.
—Métete en la bañera.
—Sólo si tú me acompañas.
Vanessa le desabrochó la camisa y, en el instante de retirársela de los hombros vio una expresión de dolor cruzar el rostro de Zac. Vanessa deslizó las manos por su espalda al tiempo que lo rodeaba para mirársela.
—¡Dios mío, Zac! ¡Dios mío! —exclamó con sorpresa y compasión.
La oscura piel de su ancha espalda estaba llena de cortes y de sangre seca. Vane los acarició con delicadeza al tiempo que recordaba los cristales de la cabaña.
—¿Por qué no has dicho nada? —preguntó. Y sintió los músculos de Zac contraerse cuando éste se encogió de hombros.
—Parar hubiera sido aún más doloroso.
Vanessa sintió una oleada de ternura y de deseo. Sus pezones se endurecieron y una pulsante sensación se instaló en su pelvis. Rodeó la cintura de Zac por detrás y, aunque él aparentemente no reaccionó, los músculos de su estómago se encogieron al paso de la mano de Nessa hacía su sexo endurecido. Entonces lo recorrió un temblor y Vanessa, actuando sin ningún control, le desabrochó el pantalón al tiempo que lamía y besaba su espalda. Zac puso sus manos sobre las de ella para ayudarla con sus ciegos movimientos hasta que súbitamente, se giró y la estrechó contra sí, atrapando su boca con voracidad.
Luego la depositó en el baño y se metió tras ella. Vanessa echó la cabeza hacia atrás y buscó de nuevo sus labios, besándolos con delicadeza, acariciándolos con su lengua. Podía sentir su erección contra su vientre y la anticipación de sentir a Zac en su interior le hizo estremecer. Sin pensárselo, se sumergió en el agua y lo atrapó en su boca, cerrando los labios en torno a él.
Cuando emergió del agua para respirar, Zac la tomó por debajo de los brazos y la desplazó para colocarse sobre ella. Nessa rodeó las caderas de Zac con sus piernas para presionarlo contra sí al tiempo que él la penetraba de un solo empuje. Bastó con que viera la mirada de Nessa enturbiada por la pasión para que estuviera a punto de estallar, aun antes de sentir su pulsante interior rodeándolo, contrayéndose alrededor de su sexo. Agachó la cabeza y la oyó gemir cuando atrapó entre sus dientes un rosado pezón.
El agua se desbordaba y sacudía los bordes de la bañera a su alrededor al compás de sus movimientos, tan complementarios que parecían formar un solo cuerpo. Nessa hundió los dedos en el cabello de Zac, luego elevó los brazos por encima de la cabeza, arqueándose frenéticamente contra él, hasta que bajándolos de nuevo y asiéndose a sus brazos, una serie de temblores se apoderaron de ella hasta alcanzar el clímax.
Cuando las contracciones remitieron, se abrazó a Zac y fue entonces él quien se dejó ir. Y cuando colapso sobre ella tuvo la extraña sensación de haber llegado a casa.
Después, permanecieron en el agua, bebiendo vino mientras sus pulsaciones recuperaban el ritmo normal. La realidad se habían fundido en una acogedora nebulosa, y el futuro y el resto de la gente eran algo remoto e incomprensible.
Zac pasaba la mano por el hombro de Bella, acariciaba su mano, su muñeca. Al sentir la fina piel de la cicatriz que tatuaba su fina piel, la sacó del agua para mirarla; luego, la besó.
Ninguno de los dos dijo nada. Habían sido tocados por un frágil hechizo que ninguno de los dos parecía querer romper.
--------------------------------
Zac miro con indiferencia su Blackberry. Por primera vez en su vida, las cifras le daban lo mismo. Pero desde aquella mañana habían cambiado muchas cosas.
Eso no significaba que pudiera perder el control. Si era tan bueno en lo suyo se debía a que siempre estaba alerta, a que nunca había perdido de vista el objetivo de hacer dinero. Era lo que lo definía. La necesidad de probarse a sí mismo, de demostrar su valía.
Tras comprobar que no se había producido cambios de importancia, dejó la Blackberry a un lado y miró a su alrededor. El olor a humo de la chimenea, la habitación en penumbra, la oscuridad tras los cristales… desde el piso superior llegaban las pisadas de Vane sobre el suelo de madera.
Ellas siempre querían que les dedicara más tiempo, mientras que él prefería trabajar. Aquellas mujeres se habían enamorado del monstruo que había creado. Adoraban una figura de cartón piedra, una efigie.
Tomó los hongos que había recogido al salir de la cabaña y sacó un cuchillo. Tenía el mango de madera gastado y suave por el uso de los años, y encajaba en su mano como no encajaban los sofisticados utensilios de titanio de su cocina. Ni siquiera recordaba la última vez que los había usado, o que había preparado algo de comer.
Y en ese momento fue consciente de que se equivocaba, de que no había alcanzado el éxito, de que había perdido el contacto con sus raíces. Por eso se había rodeado de personas que actuaban de la misma manera. Intentó imaginar en aquella casa a cualquiera de las mujeres con las que se relacionaba, y la idea le resultó tan absurda que casi se echó a reír.
—¿Estás cocinando?
Levantó la vista. Vane estaba en el umbral de la puerta, con el cabello húmedo peinado hacia atrás y las mejillas coloreadas por el vapor y el sexo. Llevaba una camiseta de él que le llegaba a la mitad del muslo, y el resto de sus gloriosas piernas quedaba al descubierto.
—¿Tan raro le parece? —preguntó un tanto ofendido, aunque él mismo había pensado hacía unos segundos que ya casi no lo hacía.
Vanessa fue a su lado y sonrió.
—No. Me admira —tomó uno de los hongos y lo acarició antes de olerlo.
Zac encontró el gesto irresistiblemente sensual, y tuvo que girarse para no sucumbir a la tentación de deslizar sus manos por debajo de la camiseta y sentir su piel desnuda.
—Cuando era pequeño —dijo con más brusquedad de la que pretendía mientras cortaba uno de los hongos—, tuve que aprender a cocinar. Julien no se ocupaba de las tareas domésticas.
—¿Y tu madre?
Zac se quedó en suspenso una fracción de segundo.
—Nos dejó cuando tenía dos años —dijo finalmente.
—Lo siento, no debía haberte preguntado.
Zac salteó los hongos.
—No pasa nada. Era una estudiante de Arte que quiso hacer su proyecto de fin de carrera sobre mi padre. Supongo que después de tantos años de inactividad, le halagó que alguien se interesara por él. Ella localizó la mayoría de sus cuadros y pensó en organizar una exposición, pero el proyecto se canceló cuando quedó embarazada —hizo una pausa. Los hongos impregnaban el aire de un delicioso aroma. Vanessa no se atrevió a hablar—. Supongo que creyó que mi padre llegaría a amarla, pero eso era imposible.
—¿Por qué?
Zac echó arroz en la cazuela.
—Porque seguía enamorado de Genevieve. Ninguna otra mujer podía comparársele. Imagino que mi madre sólo fue un breve paréntesis en su soledad —miró a Vane esbozando una sonrisa de melancolía—. La utilizó, pero acabó pagando por ello.
—¿A qué te refieres?
—Ella lo abandonó y le dejó con un hijo que nunca había deseado, de una mujer a la que nunca amó.
La aparente ausencia de emoción con la que dijo aquellas palabras hizo estremecer a Vane. Llegando a conclusiones precipitadas, le había acusado de descuidar a su padre, cuando quizá la verdad era lo contrario.
—Pero seguro que tu padre te quería —dijo, titubeante—. ¿Nunca estuvisteis unidos?
—Creo que su amor por Genevieve absorbió toda su capacidad de amar. Por eso se quedó aquí.
—¿Por si volvía?
—En parte sí. Y en parte porque quería demostrar que no tenía nada de lo que arrepentirse.
—¿En qué sentido?
—¿Recuerdas lo que te ha contado tu tío? Pues precisamente para acallar los rumores de que había pintado el cuadro para chantajear a tu familia.
—Fue muy valiente —dijo Nessa con un hilo de voz.
Zac frunció el ceño. Nunca lo había visto desde esa perspectiva. Para él, la actitud pasiva de su padre no era más que la prueba de su total claudicación. Pensaba que, de ser valiente, se habría marchado. No se había dado cuenta de que al huir del pasado y de sus problemas para alcanzar el éxito de los Delacroix, era él el cobarde. De pronto lo veía todo con una nitidez meridiana.
—Lo siento mucho, Zac. Está claro que mi familia les ha causado mucho dolor.
—Ya no importa. Forma parte del pasado.
Las palabras surgieron mecánicamente, y sin embargo, por primera en su vida, Zac pensó que podían ser verdad.
xAstridx
jueves, 26 de abril de 2012
Capitulo 12
Sobre el amor.
Zac se sintió desorientado y confuso. Eso no era lo que había querido demostrarle a Vanessa y, sin embargo, era la primera vez que lo sentía de verdad. Para él. La Dame de la Croix era el símbolo del poder y de la tiranía, y nunca del amor.
El sentimiento que lo había guiado hasta aquel momento era la venganza. Por él estaba en aquel oscuro lugar con aquella mujer de piel de terciopelo y ojos luminosos.
Se había esforzado por ser tan cruel y frío como ellos y al lograrlo, acababa de darles la razón. Cincuenta años antes, los Delacroix&Hudgens pensaban que Julien Efron no era lo bastante bueno como para su hija, y esa humillación le había impulsado a alcanzar el éxito.
Pero en aquel instante tuvo la dolorosa certeza de que tampoco él se merecía a Vanessa Hudgens, y nunca sería lo bastante bueno para ella.
Vanessa se alzó levemente y, deslizándose hacia un lado, se echó junto a él.
—No me habías dicho que eras un artista —dijo, mirándolo fijamente.
—Porque no lo soy —dijo con un tono en el que Vanessa creyó intuir cierto sarcasmo—. Soy un millonario especulador, ¿recuerdas?
Vanessa sonrió.
—Claro que lo recuerdo, pero lo que me pregunto es por qué un hombre de tu talento dedica su tiempo a ganar dinero.
Zac se incorporó, apoyó la espalda en el sofá y alargó la mano hacía su camisa.
—Sí supieras cuánto gano, no me lo preguntarías.
—Claro que sí —dijo Vanessa, dejando de sonreír—. Abandonar lo que amas por dinero es venderse —trazó con su dedo el dibujo del colgante mientras añadía en tono distraído—. Y no me parece que seas alguien a quien se pueda comprar por dinero.
Aquellas palabras fueron como pequeños dardos clavándose en el corazón de Zac. Se levantó y empezó a recoger el resto de su desperdigada ropa.
—No me «he vendido». Hay otras razones —le pasó la falda a Vanessa sin mirarla.
El tono de resignación con el que se expresó, puso a Vanessa en alerta. Recordó la noche en la que habían bailado en la calle y cómo había ansiado descubrir al hombre tras la máscara. También recordó la impersonal sofisticación de su apartamento y cómo, a pesar de lo que había sucedido entre ellos, se había sentido más distante de él que nunca. En aquel momento, en la penumbra de un lugar en ruinas, tenía la sensación de tener ante sí a un Zac mucho más real, menos seguro de sí mismo.
—¿Le desilusionó a tu padre que no siguieras sus pasos en el arte?
—Mí padre ni siquiera sabe que soy capaz de dibujar —dijo Zac con aspereza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Vanessa subiéndose las medías.
—Nunca lo supo. Tuve un profesor de arte que quería que estudiara Bellas Artes, así que dejé de ir a sus clases. Desde entonces, no he pintado nada —aunque hablaba con aparente calma, sus manos, al abrocharse el cinturón, se movían con brusquedad y rabia—. Julien nunca supo que el arte me interesara.
Vanessa sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—¿Tú por qué crees? Él podía haber sido uno de los pintores más famosos de su generación, pero lo perdió todo en el incendio. ¿Cómo iba a experimentar yo lo que tendría que haber vivido él?
Vanessa se puso en pie. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener las lágrimas.
—¿Por eso concentraste tu energía en alcanzar el éxito por otras vías?
—Algo así —dijo Zac con una amargura que no logró ocultar y por la que se odió.
Mentirle le hizo sentirse despreciable, pero la verdad era demasiado cruel como para expresarla. El motor de su ambición había sido demostrarle a la familia de Vanessa que era alguien, ser tan poderoso y rico como ellos para que algún día pagaran por lo que habían hecho.
Y ese día había llegado.
—Háblame del incendio —dijo ella con dulzura.
Zac cerró los ojos. Una voz en su interior le gritaba, sarcástica: «Venga, díselo, cuéntale cómo su tío Philippe Delacroix lo provocó para quitar a Julien Efron todo lo que poseía. ¿No era eso lo que querías todo este tiempo, que supiera de lo que su familia es capaz?».
—No hay nada que contar —dijo con aspereza—. Sucedió antes de que yo naciera. Julien había trabajado para una gran exposición en una prestigiosa galería, y perdió toda su obra.
—¿Y sus manos resultaron tan dañadas que ya no pudo pintar?
El tono compasivo de Zac, tan dulce como una caricia, lo perturbó.
—Sí —contestó—. Entró para salvar el único cuadro que le importaba: La Dame de la Croix.
«El cuadro por el que tu familia había quemado la casa».
En silencio, Vanessa fue hacia él y, abrazándolo por detrás, apoyó la cabeza en su espalda. Zac no pudo contener un leve gemido de dolor. Vanessa se separó y dejó caer los brazos automáticamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada.
Había un cierto paralelismo poético, pensó Zac amargamente. Su intención inicial había sido seducirla para hacerle sufrir. Pero lograrlo le había causado a él el dolor físico que sufría en aquel instante.
Se trataba de un acto de justicia que casi le alegraba.
Fuera, llovía.
Había un cielo gris plomizo y persistía la luz amarillenta que dotaba a todo de un aire fantasmagórico. Vanessa alzó el rostro a la lluvia y recordó la sensación de salir al aire libre desde la oscuridad de un cine.
De pequeña adoraba ir al cine. Había constituido el refugio en el que canalizar las pasiones y emociones románticas que en su familia estaban prohibidas. Y en aquel instante, emergiendo a la luz del día y respirando el fresco aire otoñal se sintió liberada de todas las limitaciones.
Toda su vida se había puesto a sí misma en último lugar, adaptándose a los valores de su familia relativos al deber y la obediencia, sacrificando su libertad por el honor de los Hudgens-Delacroix. Había sido siempre una buena chica, y por fin tenía una recompensa.
En la distancia, su familia no resultaba tan poderosa. Philippe Delacroix había hablado de Julien Efron con amargura y desdén, pero él no parecía más que un viejo retorcido refugiado en una casa que era como un gran museo sin vida. Casi le daba pena.
De hecho en aquel instante, al mirar a Zac que le había pasado el brazo por el hombro y la miraba a su vez con expresión inescrutable, sentía lástima por cualquiera que no fuera ella. Por primera vez en su vida, se sentía feliz de ser quien era.
—Te has puesto el jersey al revés —le dijo él al oído.
Vanessa sonrió con picardía.
—Da lo mismo, pienso quitármelo en cuanto lleguemos a casa.
—¿Eso es una promesa?
Vanessa sintió una oleada de calor y observó a Zac un instante. Con el cabello mojado por la lluvia cayéndole parcialmente sobre la piel cetrina y los oscuros ojos, despertaba en ella un deseo salvaje, le hacía sentir viva, vibrante… Todos los sentimientos de los que su hermano Miles y la terapeuta habían intentado alejarla.
Pero Vanessa acababa de llegar a la conclusión de que ésa era su verdadera naturaleza. Y una vez más recordó algo que le había dicho su abuela: Eres capaz de amar apasionadamente…
Alzó la mano hacia la mejilla de Zac.
—Hoy he aprendido muchas cosas gracias a ti —dijo con dulzura.
Con expresión de tristeza, Zac se encogió de hombros.
—Ha sido un placer —le cerró el abrigo hasta el cuello y tiró de ella hacia sí. Tras besarle la frente, añadió—: Yo también he aprendido algo.
Súbitamente, Vanessa dio un salto hacia atrás y, llevándose las manos a la boca con ojos de espanto, exclamó:
—Dios mío, Dios mío…
Por un instante, Zac tuvo el espantoso presentimiento de que había adivinado lo que tramaba.
—¿Qué pasa?
Vanessa ya había echado a correr. Por encima del hombro gritó:
—¡El coche de Celia! ¡He dejado la capola bajada!
Zac suspiró aliviado. El coche podía ser reemplazado. Volver a la normalidad en otros aspectos iba resultar mucho más laborioso.
Caminó apresuradamente tras ella, arrancando unos hongos que vio al pie de un árbol. Para cuando alcanzó a Vanessa, ella ya estaba sentada en el mojado asiento y arrancaba el motor para subir la capota. Alzó la mirada y le dedicó una sonrisa que incendió el interior de Zac.
—Y yo que creía que no podía sentirme más húmeda… —dijo con picardía.
Aunque Zac se había jurado no darle la oportunidad de dejarlo plantado una tercera vez, cuando Vanessa arrancó no se sintió enfadado.
Las circunstancias habían cambiado y se habían complicado extraordinariamente.
Zac se sintió desorientado y confuso. Eso no era lo que había querido demostrarle a Vanessa y, sin embargo, era la primera vez que lo sentía de verdad. Para él. La Dame de la Croix era el símbolo del poder y de la tiranía, y nunca del amor.
El sentimiento que lo había guiado hasta aquel momento era la venganza. Por él estaba en aquel oscuro lugar con aquella mujer de piel de terciopelo y ojos luminosos.
Se había esforzado por ser tan cruel y frío como ellos y al lograrlo, acababa de darles la razón. Cincuenta años antes, los Delacroix&Hudgens pensaban que Julien Efron no era lo bastante bueno como para su hija, y esa humillación le había impulsado a alcanzar el éxito.
Pero en aquel instante tuvo la dolorosa certeza de que tampoco él se merecía a Vanessa Hudgens, y nunca sería lo bastante bueno para ella.
Vanessa se alzó levemente y, deslizándose hacia un lado, se echó junto a él.
—No me habías dicho que eras un artista —dijo, mirándolo fijamente.
—Porque no lo soy —dijo con un tono en el que Vanessa creyó intuir cierto sarcasmo—. Soy un millonario especulador, ¿recuerdas?
Vanessa sonrió.
—Claro que lo recuerdo, pero lo que me pregunto es por qué un hombre de tu talento dedica su tiempo a ganar dinero.
Zac se incorporó, apoyó la espalda en el sofá y alargó la mano hacía su camisa.
—Sí supieras cuánto gano, no me lo preguntarías.
—Claro que sí —dijo Vanessa, dejando de sonreír—. Abandonar lo que amas por dinero es venderse —trazó con su dedo el dibujo del colgante mientras añadía en tono distraído—. Y no me parece que seas alguien a quien se pueda comprar por dinero.
Aquellas palabras fueron como pequeños dardos clavándose en el corazón de Zac. Se levantó y empezó a recoger el resto de su desperdigada ropa.
—No me «he vendido». Hay otras razones —le pasó la falda a Vanessa sin mirarla.
El tono de resignación con el que se expresó, puso a Vanessa en alerta. Recordó la noche en la que habían bailado en la calle y cómo había ansiado descubrir al hombre tras la máscara. También recordó la impersonal sofisticación de su apartamento y cómo, a pesar de lo que había sucedido entre ellos, se había sentido más distante de él que nunca. En aquel momento, en la penumbra de un lugar en ruinas, tenía la sensación de tener ante sí a un Zac mucho más real, menos seguro de sí mismo.
—¿Le desilusionó a tu padre que no siguieras sus pasos en el arte?
—Mí padre ni siquiera sabe que soy capaz de dibujar —dijo Zac con aspereza.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Vanessa subiéndose las medías.
—Nunca lo supo. Tuve un profesor de arte que quería que estudiara Bellas Artes, así que dejé de ir a sus clases. Desde entonces, no he pintado nada —aunque hablaba con aparente calma, sus manos, al abrocharse el cinturón, se movían con brusquedad y rabia—. Julien nunca supo que el arte me interesara.
Vanessa sintió un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—¿Tú por qué crees? Él podía haber sido uno de los pintores más famosos de su generación, pero lo perdió todo en el incendio. ¿Cómo iba a experimentar yo lo que tendría que haber vivido él?
Vanessa se puso en pie. El corazón le golpeaba el pecho como si quisiera escapar y tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener las lágrimas.
—¿Por eso concentraste tu energía en alcanzar el éxito por otras vías?
—Algo así —dijo Zac con una amargura que no logró ocultar y por la que se odió.
Mentirle le hizo sentirse despreciable, pero la verdad era demasiado cruel como para expresarla. El motor de su ambición había sido demostrarle a la familia de Vanessa que era alguien, ser tan poderoso y rico como ellos para que algún día pagaran por lo que habían hecho.
Y ese día había llegado.
—Háblame del incendio —dijo ella con dulzura.
Zac cerró los ojos. Una voz en su interior le gritaba, sarcástica: «Venga, díselo, cuéntale cómo su tío Philippe Delacroix lo provocó para quitar a Julien Efron todo lo que poseía. ¿No era eso lo que querías todo este tiempo, que supiera de lo que su familia es capaz?».
—No hay nada que contar —dijo con aspereza—. Sucedió antes de que yo naciera. Julien había trabajado para una gran exposición en una prestigiosa galería, y perdió toda su obra.
—¿Y sus manos resultaron tan dañadas que ya no pudo pintar?
El tono compasivo de Zac, tan dulce como una caricia, lo perturbó.
—Sí —contestó—. Entró para salvar el único cuadro que le importaba: La Dame de la Croix.
«El cuadro por el que tu familia había quemado la casa».
En silencio, Vanessa fue hacia él y, abrazándolo por detrás, apoyó la cabeza en su espalda. Zac no pudo contener un leve gemido de dolor. Vanessa se separó y dejó caer los brazos automáticamente.
—¿Qué pasa?
—Nada, nada.
Había un cierto paralelismo poético, pensó Zac amargamente. Su intención inicial había sido seducirla para hacerle sufrir. Pero lograrlo le había causado a él el dolor físico que sufría en aquel instante.
Se trataba de un acto de justicia que casi le alegraba.
Fuera, llovía.
Había un cielo gris plomizo y persistía la luz amarillenta que dotaba a todo de un aire fantasmagórico. Vanessa alzó el rostro a la lluvia y recordó la sensación de salir al aire libre desde la oscuridad de un cine.
De pequeña adoraba ir al cine. Había constituido el refugio en el que canalizar las pasiones y emociones románticas que en su familia estaban prohibidas. Y en aquel instante, emergiendo a la luz del día y respirando el fresco aire otoñal se sintió liberada de todas las limitaciones.
Toda su vida se había puesto a sí misma en último lugar, adaptándose a los valores de su familia relativos al deber y la obediencia, sacrificando su libertad por el honor de los Hudgens-Delacroix. Había sido siempre una buena chica, y por fin tenía una recompensa.
En la distancia, su familia no resultaba tan poderosa. Philippe Delacroix había hablado de Julien Efron con amargura y desdén, pero él no parecía más que un viejo retorcido refugiado en una casa que era como un gran museo sin vida. Casi le daba pena.
De hecho en aquel instante, al mirar a Zac que le había pasado el brazo por el hombro y la miraba a su vez con expresión inescrutable, sentía lástima por cualquiera que no fuera ella. Por primera vez en su vida, se sentía feliz de ser quien era.
—Te has puesto el jersey al revés —le dijo él al oído.
Vanessa sonrió con picardía.
—Da lo mismo, pienso quitármelo en cuanto lleguemos a casa.
—¿Eso es una promesa?
Vanessa sintió una oleada de calor y observó a Zac un instante. Con el cabello mojado por la lluvia cayéndole parcialmente sobre la piel cetrina y los oscuros ojos, despertaba en ella un deseo salvaje, le hacía sentir viva, vibrante… Todos los sentimientos de los que su hermano Miles y la terapeuta habían intentado alejarla.
Pero Vanessa acababa de llegar a la conclusión de que ésa era su verdadera naturaleza. Y una vez más recordó algo que le había dicho su abuela: Eres capaz de amar apasionadamente…
Alzó la mano hacia la mejilla de Zac.
—Hoy he aprendido muchas cosas gracias a ti —dijo con dulzura.
Con expresión de tristeza, Zac se encogió de hombros.
—Ha sido un placer —le cerró el abrigo hasta el cuello y tiró de ella hacia sí. Tras besarle la frente, añadió—: Yo también he aprendido algo.
Súbitamente, Vanessa dio un salto hacia atrás y, llevándose las manos a la boca con ojos de espanto, exclamó:
—Dios mío, Dios mío…
Por un instante, Zac tuvo el espantoso presentimiento de que había adivinado lo que tramaba.
—¿Qué pasa?
Vanessa ya había echado a correr. Por encima del hombro gritó:
—¡El coche de Celia! ¡He dejado la capola bajada!
Zac suspiró aliviado. El coche podía ser reemplazado. Volver a la normalidad en otros aspectos iba resultar mucho más laborioso.
Caminó apresuradamente tras ella, arrancando unos hongos que vio al pie de un árbol. Para cuando alcanzó a Vanessa, ella ya estaba sentada en el mojado asiento y arrancaba el motor para subir la capota. Alzó la mirada y le dedicó una sonrisa que incendió el interior de Zac.
—Y yo que creía que no podía sentirme más húmeda… —dijo con picardía.
Aunque Zac se había jurado no darle la oportunidad de dejarlo plantado una tercera vez, cuando Vanessa arrancó no se sintió enfadado.
Las circunstancias habían cambiado y se habían complicado extraordinariamente.
domingo, 4 de marzo de 2012
AVISO
Hola chicas..
Esta novela y la otra queda temporalmemte cancelada Hasta nuevo aviso
Razon? Problemas de salud grave
Seguramente estare en el hospital ='(
Espero y Que Me Entiendan..
XOXO
..Astrid..
Esta novela y la otra queda temporalmemte cancelada Hasta nuevo aviso
Razon? Problemas de salud grave
Seguramente estare en el hospital ='(
Espero y Que Me Entiendan..
XOXO
..Astrid..
viernes, 10 de febrero de 2012
Capitulo 11
—¿Quién lo hizo? —preguntó Zac con voz ronca.
Vanessa intentó cubrirse el rostro con las manos, pero Zac le sujetaba las muñecas con tanta fuerza que estuvo a punto de apoyar la cabeza en su pecho.
—El hombre con el que estuve hablando el otro día en la Tate. El hombre al que creí amar hasta que supe que sólo se había fijado en mí por mi apellido —intentó soltarse una vez más en vano—. Por eso sé muy bien lo que debió sentir mi abuela por culpa de tu padre…
—¡Te equivocas! —gritó él, intentando atraerla hacia sí para que lo escuchara—. ¡Fue algo muy distinto!
Vanessa consiguió liberarse y le dio la espalda.
—Sí, claro —dijo con sarcasmo—. Aunque estaba desnuda y sólo llevara la cruz de los Delacroix, el símbolo del honor de la familia, como si fuera un objeto pornográfico, la intención era puramente artística.
—Así es —dijo Zac, furioso, sin encontrar las palabras que expresaran la ternura y el respeto, la veneración con la que Julien había pintado a Genevieve, inmortalizándola como una mujer de veinte años, vibrante y apasionada…
Igual que la mujer que tenía ante sí.
El deseo lo golpeó como un puñetazo.
—Tienes que creerme. Fue muy diferente —dijo casi en un susurro.
La ira había abandonado súbitamente la mirada de Vanessa, que lo observaba con tristeza.
—¿Por qué tendría que creerte?
Zac dejó escapar un gemido de protesta.
—¿Quieres que te lo enseñe?
—Sí.
Zac la atrajo bruscamente hacia sí y la besó vorazmente. Vanessa intentó protestar para descargar su rabia, le golpeó con los puños, le arañó el pecho a través de la camisa, mientras entreabría los labios y entrelazaba su lengua con la de él con tanta furia que sus dientes entrechocaron. Y de pronto, la tensión la abandonó completamente, y en lugar de resistirse, se arqueaba contra él; los dedos que arañaban empezaban a acariciar… Zac le sujetaba el rostro con ambas manos, con el pulgar le acariciaba la barbilla…, hasta que súbitamente, alzó la cabeza y la echó hacia atrás, jadeante.
Aturdida, enajenada por la intensidad de su deseo y confusa. Vanessa cerró los ojos con fuerza, apoyó la cabeza en el pecho de Zac y se lo golpeó débilmente.
Y de pronto, casi a regañadientes, Zac se apartó de ella con rostro inescrutable.
—De acuerdo, te lo enseñaré. Verás a lo que me refiero. Ven conmigo.
Caminaron en silencio. El sol del atardecer, tan denso y dorado como la miel, se ocultaba tras un cielo gris plomizo, contra el que las hojas amarillas adquirían una extraña luminosidad. Vanessa quería preguntar adonde iban, pero no lograba articular palabra. El corazón le latía aceleradamente, no tanto por el paso ligero al que seguía a Zac como por lo que acababa de suceder entre ellos. Los labios le ardían; sentía los senos firmes, llenos, sensibilizados.
Al poco de caminar divisó una pequeña construcción de piedra con las ventanas cubiertas por tablones y el lecho derruido. Al llegar a ella, Zac se detuvo y se volvió con ademán tenso. Sus oscuros ojos parecían un reflejo de la oscuridad que se iba adueñando del cielo. Cuando Vanessa llegó a su lado, vio que estaban junto al río, y que desde la puerta de la casita se llegaba a una pequeña playa de cantos rodados.
—¿Qué es este lugar?
Zac miró debajo de varías piedras hasta que encontró una llave.
—Era una caseta de baño, pero mi abuelo la usaba de estudio —dijo, abriendo y echándose a un lado para cederle el paso.
Vanessa entró. En el interior reinaba una total oscuridad y olía a humedad. Sintió que la recorría un escalofrío.
—¿Cómo podía pintar aquí con tanta oscuridad? —preguntó con voz temblorosa.
Se oyó el rasgar de una cerilla que la sobresaltó. Zac encendió una vela, y luego otra, y otra, hasta que la suave luz alcanzó los rincones de la habitación.
—Antes no era así.
—¿Qué pasó? —preguntó Vanessa con un hilo de voz.
—Se produjo un incendio.
—¿Aquí? ¿Es así cómo…? —Vanessa se estremeció al recordar las manos de Julien Efron—. ¿Sus manos?
—Sí.
Zac se alejó de ella. Vanessa oyó ruido de cristal bajo sus botas al caminar tras él. Algunas señales que contradecían la primera impresión de que se trataba de un lugar completamente abandonado. Había un sofá tapado con una cortina de terciopelo rojo, un taburete de madera sobre el que había una botella de vino vacía, un espejo y, en una esquina, un caballete junto a una mesa con brochas y tubos de pintura.
Zac estaba en cuclillas, encendiendo fuego con algunas ramas secas. Vanessa observó sus manos moverse hábilmente hasta conseguir una llama viva.
«Igual que hizo conmigo», pensó Vanessa. «Igual que cuando me dio el primer beso».
—¿Era aquí donde pintaba a mi abuela? —preguntó con voz quebradiza.
—Oh, aquí pintó La Dame de la Croix —Zac se incorporó y se plantó ante ella—. Es uno de sus mejores cuadros. Los artistas contemporáneos estaban obsesionados con la experimentación, mientras que él se mantuvo en la tradición clásica de Ingres o Courbel, mucho más sensual.
Su voz grave y susurrante ejerció un efecto hipnótico en Vanessa y cuando él le desabrochó el primer botón de su camisa,se sobresaltó.
Zac dio un paso atrás.
—¿Quieres que te enseñe cómo era? —preguntó en tono solemne.
—Sí.
—Entonces tienes que confiar en mí —tras un breve titubeo, Zac añadió—. Quiero que confíes en mí.
Vanessa era consciente de que la estaba retando. Contempló sus sensuales labios esbozar una sonrisa. Luego alzó la mirada hacia la oscura profundidad de sus ojos. Al instante sintió algo tirar de ella y supo que estaba perdida.
—Confío en ti —susurró.
—Me alegro.
El tiempo pareció eternizarse mientras Zac le descubría los hombros antes de dejar caer la camisa al suelo. Los ojos de Zac se encendieron cuando los deslizó por sus senos. Luego, de un diestro movimiento, le quitó la falda, que cayó al suelo con un susurro de terciopelo. A continuación se alejó de ella.
Vanessa permaneció inmóvil.
Zac se colocó delante del caballete, de espaldas a ella. Vanessa pensó en Olympia y en su mirada segura y retadora. Con el corazón palpitante, esperó.
Zac volvió junto a ella y Vanessa se sintió estremecer ante su abierta mirada de deseo. Fue a moverse, avergonzada de estar sólo cubierta por un pequeño conjunto de sujetador y braguitas de encaje negro, medias con liguero y bolas altas. Zac la detuvo con un áspero:
—¡No! ¡Quédate como estás!
Apretó los dientes. La encontraba devastadoramente hermosa. Mirarla le resultaba casi doloroso. Si se desnudaba, perdería el control que constituía el eje de su vida.
Necesitaba demostrar a Vanessa con hechos, y no con palabras, lo que había sucedido hacía tantos años. La idea de que Phillipe Delacroix se lo hubiera explicado como algo sórdido se le hacía insoportable. Vanessa merecía saber la verdad.
La tomó de la mano y la guió hasta el sofá de terciopelo, haciéndole una señal para que se echara. Ella obedeció y se tumbó con una pierna flexionada levemente sobre la otra y con la cabeza apoyada en el codo. Mientras, Zac fue hacia la mesa en la que estaban los tubos de pintura, eligió varios y los puso sobre un plato de porcelana. Luego volvió junto Vanessa, que lo miraba en silencio, con los ojos ardiendo con un deseo que no se molestaba en ocultar. Zac lo reconoció porque también lo sentía, pero estaba decidido a dominarlo. Al menos por el momento. Había demasiados fantasmas en su pasado.
Con gesto de concentración, se arrodilló ante ella. En la penumbra de las velas, la piel de Vanessa tenía un brillo nacarado. Al verle manchar un pincel con la pintura, luego con un poco de agua, y sacudirlo contra el borde del plato, Vanessa abrió los ojos con curiosidad, pero no apartó la mirada.
Cuando el pincel rozó la piel de la curva de su cuello. Vanessa inspiró el aire con un escalofrío. Zac vio cómo echaba la cabeza hacia atrás y clavaba los dedos en el terciopelo a medida que deslizaba el pincel hacia su clavícula, dibujando una cinta roja sobre su piel desnuda.
Zac continuó trabajando, evitando mirarla a la cara para no caer en la tentación de besar sus voluptuosos labios. Sólo la respiración entrecortada de Vanessa rompía el silencio.
El calor de la chimenea le calentaba la espalda, y en cierto momento Zac se desabrochó la camisa. Al percibir el suave gemido que escapó de la boca de Vanessa, estuvo a punto de perder el control, por lo que tuvo que concentrarse aún más para que no le temblara la mano. El pecho de Vanessa se movía al ritmo de su respiración y su redondo seno desbordaba el escote del sujetador. El dulce aroma de su piel resultaba embriagador.
Vanessa movió las piernas y al oír el roce del cuero de sus botas, Zac estuvo a punto de gritar para liberar la tensión que el deseo estaba haciendo crecer en su interior. Se echó el cabello hacia atrás, metió el pincel en la pintura blanca y continuó. Fallaba poco. Ya sólo tenía que marcar con unos toquecitos el brillo de las piedras de la joya.
Finalmente, dejó el pincel a un lado y se puso en pie. Un velo de lánguida entrega parecía cubrir a Vanessa. Su exquisita e indolente belleza, que tanto recordaba a la del cuadro, fue como un puñal clavándose en el costado de Zac.Fue a por el espejo que ocupaba la pared de detrás del caballete y lo sostuvo ante ella.
Vanessa alzó la cabeza. Sus ojos, nublados por el deseo, quedaron ocultos bajo sus pestañas cuando levantó la mirada hacia su imagen.
—Ohhh —susurró, sorprendida.
El reflejo le mostraba a una diosa renacentista. Parecía lucir una cruz, de diamantes y rubíes, suspendida de un lazo rojo.
—¿Es así? —preguntó con un hilo de voz.
Zac asintió. Luego, la vio observarse con admiración. Por un instante pareció que La Dame de la Croix hubiera cobrado vida.
—¿Exactamente así? —preguntó Vanessa.
—No —dijo él con voz ronca—. En el cuadro no lleva ropa interior.
En silencio. Vanessa se incorporó con sensualidad felina y lentamente se quitó las botas; luego, la ropa interior.
—¿Así? —preguntó, echándose de nuevo. Zac deslizó la mirada por su cuerpo antes de decir:
—Menos en una cosa —dejó el espejo en el suelo antes de atrapar la boca de Vanessa con la suya y darle un apasionado beso. Luego, echó la cabeza hacia atrás y se puso en pie. Mostrándole su imagen de nuevo en el espejo, continuó—: Así.
Vanessa nunca se había sentido tan viva, tan sensual. Era una Olympia contemporánea, vibrante y sexual.
En ese momento, acudieron a su mente las palabras que le había dicho su abuela: No cometas el mismo error que yo. Genevieve había amado a un hombre al que su familia le había obligado a abandonar.
Miró a Zac y vio las sombras que las velas proyectaban sobre su rostro, el dolor que se percibía en su mirada. Lentamente, recorrió con sus dedos su mejilla y se inclinó hacía él para besársela. Con un gemido de frustración, él la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho. Sacudida por el urgente deseo que él le trasmitió y por el que ella misma sentía, sus dedos buscaron la hebilla del cinturón de Zac.
Con una mezcla de sentimiento de victoria y desesperación, Zac se dio cuenta de que sus planes estaban saliendo a la perfección, excepto en que, en lugar de producirle satisfacción, se sentía como si hubiera caído en una hoguera y su cuerpo se retorciera entre las llamas.
Tomó a Vanessa por los hombros y la besó vorazmente. Ella terminó de desabrocharle los pantalones y entre los dos liberaron su endurecido sexo de su prisión de tela. Zac sentía el cálido aliento de Vanessa en el cuello, el pulsante deseo de su cuerpo de seda. Deslizó la mano por su vientre hasta alcanzar su húmeda feminidad. El mundo se disolvió en un magma de piel y sensaciones. Vanessa sintió el calor estallar en su interior al sentir los dedos de Zac dibujando círculos en el centro más íntimo de su cuerpo. La luz de las velas producía destellos que parecieron converger en una bola incandescente antes de estallar en un millar de fragmentos de luz.
—Zac… ahora. Te necesito. No puedo… esperar…
Entonces Zac quiso que sus gritos de éxtasis ahogaran las voces de culpabilidad que clamaban en su cabeza, que su mirada anhelante ahuyentara los fantasmas del pasado.
La besó con ciega pasión y rodaron al suelo. Colocándola sobre sí para poder verle el rostro, la penetró con decisión. El dolor lo atravesó al sentir el cristal del suelo clavársele en la espalda. Encima de él. Vanessa de una hermosura irreal, mecía las caderas rítmicamente, comunicándole sus estremecimientos de placer que se mezclaban con el agónico dolor de su piel.
La sujetó por las caderas y de pronto sintió que se detenía una fracción de segundo antes de que una sucesión de estremecimientos la poseyeran. Entonces Zac, olvidando el dolor, se entregó a la gloriosa y violenta liberación.
Vanessa colapso sobre él y Zac la abrazó al tiempo que le acariciaba el rostro.
Sus cuerpos temblorosos y jadeantes estaban perlados de sudor. Poco a poco, el violento ritmo de sus respiraciones fue desacelerándose y Vanessa, rozando con sus labios su pecho, susurró:
—Ahora lo entiendo. Gracias por mostrármelo —alzó la cabeza y tras mirarlo fijamente con ojos de ensoñación, volvió a apoyarla en su pecho antes de decir con dulzura—: Tenías razón. La Dame de la Croix no tiene nada que ver con el odio. Es un cuadro sobre el amor.
Vanessa intentó cubrirse el rostro con las manos, pero Zac le sujetaba las muñecas con tanta fuerza que estuvo a punto de apoyar la cabeza en su pecho.
—El hombre con el que estuve hablando el otro día en la Tate. El hombre al que creí amar hasta que supe que sólo se había fijado en mí por mi apellido —intentó soltarse una vez más en vano—. Por eso sé muy bien lo que debió sentir mi abuela por culpa de tu padre…
—¡Te equivocas! —gritó él, intentando atraerla hacia sí para que lo escuchara—. ¡Fue algo muy distinto!
Vanessa consiguió liberarse y le dio la espalda.
—Sí, claro —dijo con sarcasmo—. Aunque estaba desnuda y sólo llevara la cruz de los Delacroix, el símbolo del honor de la familia, como si fuera un objeto pornográfico, la intención era puramente artística.
—Así es —dijo Zac, furioso, sin encontrar las palabras que expresaran la ternura y el respeto, la veneración con la que Julien había pintado a Genevieve, inmortalizándola como una mujer de veinte años, vibrante y apasionada…
Igual que la mujer que tenía ante sí.
El deseo lo golpeó como un puñetazo.
—Tienes que creerme. Fue muy diferente —dijo casi en un susurro.
La ira había abandonado súbitamente la mirada de Vanessa, que lo observaba con tristeza.
—¿Por qué tendría que creerte?
Zac dejó escapar un gemido de protesta.
—¿Quieres que te lo enseñe?
—Sí.
Zac la atrajo bruscamente hacia sí y la besó vorazmente. Vanessa intentó protestar para descargar su rabia, le golpeó con los puños, le arañó el pecho a través de la camisa, mientras entreabría los labios y entrelazaba su lengua con la de él con tanta furia que sus dientes entrechocaron. Y de pronto, la tensión la abandonó completamente, y en lugar de resistirse, se arqueaba contra él; los dedos que arañaban empezaban a acariciar… Zac le sujetaba el rostro con ambas manos, con el pulgar le acariciaba la barbilla…, hasta que súbitamente, alzó la cabeza y la echó hacia atrás, jadeante.
Aturdida, enajenada por la intensidad de su deseo y confusa. Vanessa cerró los ojos con fuerza, apoyó la cabeza en el pecho de Zac y se lo golpeó débilmente.
Y de pronto, casi a regañadientes, Zac se apartó de ella con rostro inescrutable.
—De acuerdo, te lo enseñaré. Verás a lo que me refiero. Ven conmigo.
Caminaron en silencio. El sol del atardecer, tan denso y dorado como la miel, se ocultaba tras un cielo gris plomizo, contra el que las hojas amarillas adquirían una extraña luminosidad. Vanessa quería preguntar adonde iban, pero no lograba articular palabra. El corazón le latía aceleradamente, no tanto por el paso ligero al que seguía a Zac como por lo que acababa de suceder entre ellos. Los labios le ardían; sentía los senos firmes, llenos, sensibilizados.
Al poco de caminar divisó una pequeña construcción de piedra con las ventanas cubiertas por tablones y el lecho derruido. Al llegar a ella, Zac se detuvo y se volvió con ademán tenso. Sus oscuros ojos parecían un reflejo de la oscuridad que se iba adueñando del cielo. Cuando Vanessa llegó a su lado, vio que estaban junto al río, y que desde la puerta de la casita se llegaba a una pequeña playa de cantos rodados.
—¿Qué es este lugar?
Zac miró debajo de varías piedras hasta que encontró una llave.
—Era una caseta de baño, pero mi abuelo la usaba de estudio —dijo, abriendo y echándose a un lado para cederle el paso.
Vanessa entró. En el interior reinaba una total oscuridad y olía a humedad. Sintió que la recorría un escalofrío.
—¿Cómo podía pintar aquí con tanta oscuridad? —preguntó con voz temblorosa.
Se oyó el rasgar de una cerilla que la sobresaltó. Zac encendió una vela, y luego otra, y otra, hasta que la suave luz alcanzó los rincones de la habitación.
—Antes no era así.
—¿Qué pasó? —preguntó Vanessa con un hilo de voz.
—Se produjo un incendio.
—¿Aquí? ¿Es así cómo…? —Vanessa se estremeció al recordar las manos de Julien Efron—. ¿Sus manos?
—Sí.
Zac se alejó de ella. Vanessa oyó ruido de cristal bajo sus botas al caminar tras él. Algunas señales que contradecían la primera impresión de que se trataba de un lugar completamente abandonado. Había un sofá tapado con una cortina de terciopelo rojo, un taburete de madera sobre el que había una botella de vino vacía, un espejo y, en una esquina, un caballete junto a una mesa con brochas y tubos de pintura.
Zac estaba en cuclillas, encendiendo fuego con algunas ramas secas. Vanessa observó sus manos moverse hábilmente hasta conseguir una llama viva.
«Igual que hizo conmigo», pensó Vanessa. «Igual que cuando me dio el primer beso».
—¿Era aquí donde pintaba a mi abuela? —preguntó con voz quebradiza.
—Oh, aquí pintó La Dame de la Croix —Zac se incorporó y se plantó ante ella—. Es uno de sus mejores cuadros. Los artistas contemporáneos estaban obsesionados con la experimentación, mientras que él se mantuvo en la tradición clásica de Ingres o Courbel, mucho más sensual.
Su voz grave y susurrante ejerció un efecto hipnótico en Vanessa y cuando él le desabrochó el primer botón de su camisa,se sobresaltó.
Zac dio un paso atrás.
—¿Quieres que te enseñe cómo era? —preguntó en tono solemne.
—Sí.
—Entonces tienes que confiar en mí —tras un breve titubeo, Zac añadió—. Quiero que confíes en mí.
Vanessa era consciente de que la estaba retando. Contempló sus sensuales labios esbozar una sonrisa. Luego alzó la mirada hacia la oscura profundidad de sus ojos. Al instante sintió algo tirar de ella y supo que estaba perdida.
—Confío en ti —susurró.
—Me alegro.
El tiempo pareció eternizarse mientras Zac le descubría los hombros antes de dejar caer la camisa al suelo. Los ojos de Zac se encendieron cuando los deslizó por sus senos. Luego, de un diestro movimiento, le quitó la falda, que cayó al suelo con un susurro de terciopelo. A continuación se alejó de ella.
Vanessa permaneció inmóvil.
Zac se colocó delante del caballete, de espaldas a ella. Vanessa pensó en Olympia y en su mirada segura y retadora. Con el corazón palpitante, esperó.
Zac volvió junto a ella y Vanessa se sintió estremecer ante su abierta mirada de deseo. Fue a moverse, avergonzada de estar sólo cubierta por un pequeño conjunto de sujetador y braguitas de encaje negro, medias con liguero y bolas altas. Zac la detuvo con un áspero:
—¡No! ¡Quédate como estás!
Apretó los dientes. La encontraba devastadoramente hermosa. Mirarla le resultaba casi doloroso. Si se desnudaba, perdería el control que constituía el eje de su vida.
Necesitaba demostrar a Vanessa con hechos, y no con palabras, lo que había sucedido hacía tantos años. La idea de que Phillipe Delacroix se lo hubiera explicado como algo sórdido se le hacía insoportable. Vanessa merecía saber la verdad.
La tomó de la mano y la guió hasta el sofá de terciopelo, haciéndole una señal para que se echara. Ella obedeció y se tumbó con una pierna flexionada levemente sobre la otra y con la cabeza apoyada en el codo. Mientras, Zac fue hacia la mesa en la que estaban los tubos de pintura, eligió varios y los puso sobre un plato de porcelana. Luego volvió junto Vanessa, que lo miraba en silencio, con los ojos ardiendo con un deseo que no se molestaba en ocultar. Zac lo reconoció porque también lo sentía, pero estaba decidido a dominarlo. Al menos por el momento. Había demasiados fantasmas en su pasado.
Con gesto de concentración, se arrodilló ante ella. En la penumbra de las velas, la piel de Vanessa tenía un brillo nacarado. Al verle manchar un pincel con la pintura, luego con un poco de agua, y sacudirlo contra el borde del plato, Vanessa abrió los ojos con curiosidad, pero no apartó la mirada.
Cuando el pincel rozó la piel de la curva de su cuello. Vanessa inspiró el aire con un escalofrío. Zac vio cómo echaba la cabeza hacia atrás y clavaba los dedos en el terciopelo a medida que deslizaba el pincel hacia su clavícula, dibujando una cinta roja sobre su piel desnuda.
Zac continuó trabajando, evitando mirarla a la cara para no caer en la tentación de besar sus voluptuosos labios. Sólo la respiración entrecortada de Vanessa rompía el silencio.
El calor de la chimenea le calentaba la espalda, y en cierto momento Zac se desabrochó la camisa. Al percibir el suave gemido que escapó de la boca de Vanessa, estuvo a punto de perder el control, por lo que tuvo que concentrarse aún más para que no le temblara la mano. El pecho de Vanessa se movía al ritmo de su respiración y su redondo seno desbordaba el escote del sujetador. El dulce aroma de su piel resultaba embriagador.
Vanessa movió las piernas y al oír el roce del cuero de sus botas, Zac estuvo a punto de gritar para liberar la tensión que el deseo estaba haciendo crecer en su interior. Se echó el cabello hacia atrás, metió el pincel en la pintura blanca y continuó. Fallaba poco. Ya sólo tenía que marcar con unos toquecitos el brillo de las piedras de la joya.
Finalmente, dejó el pincel a un lado y se puso en pie. Un velo de lánguida entrega parecía cubrir a Vanessa. Su exquisita e indolente belleza, que tanto recordaba a la del cuadro, fue como un puñal clavándose en el costado de Zac.Fue a por el espejo que ocupaba la pared de detrás del caballete y lo sostuvo ante ella.
Vanessa alzó la cabeza. Sus ojos, nublados por el deseo, quedaron ocultos bajo sus pestañas cuando levantó la mirada hacia su imagen.
—Ohhh —susurró, sorprendida.
El reflejo le mostraba a una diosa renacentista. Parecía lucir una cruz, de diamantes y rubíes, suspendida de un lazo rojo.
—¿Es así? —preguntó con un hilo de voz.
Zac asintió. Luego, la vio observarse con admiración. Por un instante pareció que La Dame de la Croix hubiera cobrado vida.
—¿Exactamente así? —preguntó Vanessa.
—No —dijo él con voz ronca—. En el cuadro no lleva ropa interior.
En silencio. Vanessa se incorporó con sensualidad felina y lentamente se quitó las botas; luego, la ropa interior.
—¿Así? —preguntó, echándose de nuevo. Zac deslizó la mirada por su cuerpo antes de decir:
—Menos en una cosa —dejó el espejo en el suelo antes de atrapar la boca de Vanessa con la suya y darle un apasionado beso. Luego, echó la cabeza hacia atrás y se puso en pie. Mostrándole su imagen de nuevo en el espejo, continuó—: Así.
Vanessa nunca se había sentido tan viva, tan sensual. Era una Olympia contemporánea, vibrante y sexual.
En ese momento, acudieron a su mente las palabras que le había dicho su abuela: No cometas el mismo error que yo. Genevieve había amado a un hombre al que su familia le había obligado a abandonar.
Miró a Zac y vio las sombras que las velas proyectaban sobre su rostro, el dolor que se percibía en su mirada. Lentamente, recorrió con sus dedos su mejilla y se inclinó hacía él para besársela. Con un gemido de frustración, él la tomó entre sus brazos y la apretó contra su pecho. Sacudida por el urgente deseo que él le trasmitió y por el que ella misma sentía, sus dedos buscaron la hebilla del cinturón de Zac.
Con una mezcla de sentimiento de victoria y desesperación, Zac se dio cuenta de que sus planes estaban saliendo a la perfección, excepto en que, en lugar de producirle satisfacción, se sentía como si hubiera caído en una hoguera y su cuerpo se retorciera entre las llamas.
Tomó a Vanessa por los hombros y la besó vorazmente. Ella terminó de desabrocharle los pantalones y entre los dos liberaron su endurecido sexo de su prisión de tela. Zac sentía el cálido aliento de Vanessa en el cuello, el pulsante deseo de su cuerpo de seda. Deslizó la mano por su vientre hasta alcanzar su húmeda feminidad. El mundo se disolvió en un magma de piel y sensaciones. Vanessa sintió el calor estallar en su interior al sentir los dedos de Zac dibujando círculos en el centro más íntimo de su cuerpo. La luz de las velas producía destellos que parecieron converger en una bola incandescente antes de estallar en un millar de fragmentos de luz.
—Zac… ahora. Te necesito. No puedo… esperar…
Entonces Zac quiso que sus gritos de éxtasis ahogaran las voces de culpabilidad que clamaban en su cabeza, que su mirada anhelante ahuyentara los fantasmas del pasado.
La besó con ciega pasión y rodaron al suelo. Colocándola sobre sí para poder verle el rostro, la penetró con decisión. El dolor lo atravesó al sentir el cristal del suelo clavársele en la espalda. Encima de él. Vanessa de una hermosura irreal, mecía las caderas rítmicamente, comunicándole sus estremecimientos de placer que se mezclaban con el agónico dolor de su piel.
La sujetó por las caderas y de pronto sintió que se detenía una fracción de segundo antes de que una sucesión de estremecimientos la poseyeran. Entonces Zac, olvidando el dolor, se entregó a la gloriosa y violenta liberación.
Vanessa colapso sobre él y Zac la abrazó al tiempo que le acariciaba el rostro.
Sus cuerpos temblorosos y jadeantes estaban perlados de sudor. Poco a poco, el violento ritmo de sus respiraciones fue desacelerándose y Vanessa, rozando con sus labios su pecho, susurró:
—Ahora lo entiendo. Gracias por mostrármelo —alzó la cabeza y tras mirarlo fijamente con ojos de ensoñación, volvió a apoyarla en su pecho antes de decir con dulzura—: Tenías razón. La Dame de la Croix no tiene nada que ver con el odio. Es un cuadro sobre el amor.
martes, 7 de febrero de 2012
Capitulo 10
—¡Tienes que estar equivocado! —exclamó Vanessa, horrorizada. Había algo siniestro e insolente en el tono de Zac.
—Me temo que no. ¿Quieres pruebas? ¿Documentos?
—No, me refiero a las condiciones de mantenimiento de la casa. Mi familia jamás…
—¿Qué? ¿Se aprovecharía de su poder?
Vanessa intentó reír con sarcasmo.
—No seas tan melodramático. Jamás obligarían a nadie a vivir de una manera tan primitiva —sonrió complacida al pensar que había actuado tan correctamente como habría esperado de Ashley—. Déjalo en mis manos. Iré a Le Manoir a hablar con mi tío y lo arreglaré todo. Ahora, si me disculpas, voy a vestirme…
Pasó con decisión junto a él, confiando en hacer una salida digna, pero había olvidado que Zac sujetaba el extremo de la cinta que ceñía sus pantalones a la cintura. Al avanzar, sintió un tirón y su trasero quedó expuesto. Con una exclamación, se los subió precipitadamente, sin saber si era más humillante que Zac la hubiera visto o la total indiferencia que mostraba.
—Buena idea —dijo él, alejándose de ella para servirse más café—. Salimos en medía hora.
—¿No vas a venir conmigo? —preguntó Vanessa.
—A ver a qtu tío, no. Pero tengo que visitar a mi padre en el hospital, y puesto que Louis me trajo ayer de París, no tengo coche —miró a Vanessa con desdén—. Tendrás que llevarme tú.
Vanessa sabía que no podía negarse, así que, sin molestarse en contestar, subió las escaleras maldiciendo entre dientes.
Media hora más tarde, al dirigirse al coche con una cesta llena de las ciruelas que había recogido por la mañana, Vanessa se dijo que «no poder negarse», no significaba tener que hacerle la vida fácil a Zac. Así que, a pesar de que el cielo estaba cubriéndose de amenazadoras nubes, decidió descapotar el coche y confiar en que el ruido hiciera imposible la conversación.
Zac salió de la casa consultando su Blackberry. Al alzar la vista y ver a Vanessa esperarlo con gesto de aburrimiento, se paró en seco y dijo, sarcástico:
—¿Eres consciente del frío que vamos a pasar con la capota bajada?
—Me da igual —dijo Vanessa, aunque sabía que tenía razón y que, sin su abrigo, que había dejado a Julien Efron, la falda y el jersey que llevaba no iban a ser lo bastante calientes. Sin embargo, prefería morir de hipotermia que dar la razón a Zac. Sonrió con superioridad—. ¿Podemos irnos ya? (QUE VIVA EL ORGULLO! xD)
El hospital estaba a unos veinte minutos y tras un trayecto en el que no se dirigieron la palabra, Vanessa dejó a Zac en la puerta. Luego aparcó bajo un árbol y mordisqueó una de las ciruelas de la cesta que Zac no se había molestado en entregar a su padre. Tal y como había predicho, la temperatura había bajado considerablemente, y Vanessa pegó las rodillas al pecho para entrar en calor.
—¿Estás cómoda?
Vanessa alzó la mirada, sobresaltada, y vio a Zac. Sonrojándose, se secó el jugo de ciruela que le caía por la barbilla.
—Te has dado prisa. ¿Después de doce años te han bastado diez minutos con tu padre?
Zac abrió la puerta para dejarle bajar.
—Mi padre quiere conocerte.
Por su tono de voz y su lenguaje corporal al precederla hacia el hospital. Vanessa dedujo que a Zac no le agradaba la idea. Lo siguió en silencio hasta casi chocar con él cuando se detuvo ante una puerta.
Con gesto adusto y el entrecejo profundamente marcado, Zac pareció a punto de decir algo, pero se limitó a abrir la puerta e indicarle que pasara.
Julien Efron estaba recostado sobre las almohadas. Estaba menos demacrado; su piel había recuperado un tono tostado. Su rostro cansado se iluminó con una amplia sonrisa al ver a Vanessa y, por un instante, ésta creyó ver en él el aspecto que Zac tendría si consiguiera relajarse; si dejara de estar permanentemente enfadado.
—Mademoiselle Hudgens. Tengo tanto que agradecerle…
Vanessa se acercó con una tímida sonrisa.
—Por favor, llámame Vanessa. Julien rió aunque sus ojos reflejaban dolor. —Sí, yo también lo prefiero —dijo, y le tendió la mano.
Vanessa, percibiendo la hostil y retadora mirada de Zac, vaciló una fracción de segundo, pero, manteniendo la sonrisa, tomó la mano del anciano.
Tenía la piel fina y pegada a los huesos, enrojecida, como si no tuviera carne. Vanessa la sostuvo con delicadeza.
—Estoy encantada de que te encuentres mejor —dijo dulcemente—. He traído unas ciruelas de tu jardín. Espero que no te importe.
Había sido un error. Un gran error.
Zac aceleró el paso por el corredor y metió los puños en los bolsillos.
Tenía que haber dejado a Vanessa en el coche. Aquello no podía convertirse en algo personal. Se sentía como si se acabaran de abrir canales de comunicación entre los compartimentos estanco de su vida.
Julien se había quedado completamente hechizado, y lo irónico de la situación era tan cruel que le atenazaba la garganta. El abismo que lo separaba de su padre era tan hondo, tan infranqueable, por culpa de las desdichas causadas a su familia por los Hudgens… Y, sin embargo, ella aparecía y acariciaba el dolorido corazón de un anciano con una sola sonrisa.
Ni siquiera podía culparlo. Una sonrisa de Vanessa podía causar el mismo efecto que un exquisito coñac. Recordó el instante en que su padre alargó una de sus rudas manos y Vanessa se la tomó entre las suyas, tan pálidas y delicadas.
Notó sus dedos cargados de tensión. De tensión y resentimiento. Julien no habría sido tan amable de haber sabido que Vanessa pretendía quitarle su amado cuadro, pensó con rencor.
Al abrirse las puertas de salida respiró profundamente el fresco aire.
Vanessa lo miró de soslayo. La ternura de sus ojos se diluyó al encontrarse con la obvia animadversión que manifestaba.
—Gracias por haberme dejado venir —dijo en voz baja.
Su exceso de cortesía encolerizó a Zac.
—No lo he hecho porque quisiera —masculló—. No tenía coche, así que ha sido más una cuestión de necesidad que de generosidad.
Caminaban hacia el coche. Cuando lo alcanzaban, una ráfaga de aire formó un torbellino de hojas que cayeron sobre los asientos del MG. Vanessa tuvo un escalofrío.
—No tenías por qué decirle que estaba aquí —dijo, titubeante.
Zac chasqueó la lengua despectivamente.
—Ya ves lo lejos que te lleva un poco de calculado encanto femenino. Buen trabajo, señorita Hudgens. Una mirada de esos ojos azules, un parpadeo de tus largas pestañas y cincuenta años de animosidad y dolor se desintegran.
Vanessa se quedó paralizada mientras la adrenalina le recorría las venas y la furia teñía su rostro.
—¿Qué querías que hiciera, Zac? ¿Qué entrara como una gran dama honrando con su visita al humilde campesino? —Vanessa se inclinó hacia Zac. De pronto la ira que la había poseído, fue reemplaza por una amenazadora calma—. ¿Eso es lo que te gustaría, no es cierto? No te gusta estar equivocado, y supongo que estás acostumbrado a que la gente haga cualquier cosa con tal de complacerte. Quizá debería limitarme a simplificarte la vida actuando como la zorra que crees que soy.
Y de un solo movimiento. Vanessa abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Excepcionalmente, el motor arrancó a la primera. Lo aceleró al máximo.
—¡Vanessa!
Zac intentó detenerla, pero ella quitó el freno de mano y dio marcha atrás para quitarse de su alcance, luego, con un chirrido de las ruedas, giró y fue hacía la salida del aparcamiento.
Zac se quedó inmóvil hasta que el sonido del motor se perdió en la distancia.
Antes de conocer a Vanessa, ninguna mujer lo había dejado plantado. Ella lo había hecho dos veces, pero Zac se juró en aquel instante que no lo haría una tercera.
En menos de veinte minutos la ayudante personal de Zac en Londres le enviaba un Aston Martin. Al entregárselo, el conductor intentó explicarle algunas características del sistema de navegación informatizado, pero Zac tenía demasiada prisa como para prestar atención.
Condujo a toda velocidad, en tensión. A su paso, las hojas se arremolinaban formando pequeños tornados. Acelerando a lo largo del muro de piedra que marcaba los límites de la propiedad de La Manoir de St Laurien, Zac asió con fuerza el volante al aproximarse a la verja de entrada.
Un segundo más tarde, salía por ella un MG rojo que, sin apenas detenerse para comprobar que el camino estaba libre, tomó la carretera a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de humo. Y colocándose en el carril de la izquierda. El carril inglés.
Zac dejó escapar un juramento en francés y aceleró. El MG no podía competir con él y, aun así, Zac vio horrorizado el punto al que llegaba la aguja del velocímetro. Con la vista fija en Vanessa, como si con ello pudiera protegerla, buscó con los dedos las luces o bocina para advertirla de su error, pero el diseño minimalista del salpicadero tenía más en cuenta la estética que la funcionalidad.
La furia y la frustración lo invadieron a partes iguales. Dando un volantazo a la derecha se situó al lado de ella para indicarle que se desplazara al otro carril. Ignorándolo, Vanessa mantuvo la mirada al frente. Clavaba la barbilla en el pecho con gesto de determinación; el viento le alborotaba el cabello. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Seguía tan enfadada con él que no era consciente de estar conduciendo en el lado equivocado de la carretera.
Zac sintió pánico. Aceleró y la adelantó sin dificultad, confiando en que si se cambiaba de carril, Vanessa se daría cuenta de lo que sucedía. Pero al mirar por el retrovisor vio que permanecía en el sentido equivocado. Hacia delante, la carretera subía hacia un cambio de rasante. Zac aceleró tanto que el velocímetro empezó a vibrar. Al llegar a lo alto de la colina, ojeó el horizonte.
Un camión ascendía pesadamente desde el otro lado, de frente a Vanessa Su viejo coche quedaría aplastado. No sobreviviría al impacto.
Sin pensárselo dos veces, Zac dio un volantazo y, con el corazón en la garganta, se pasó al carril por el que se aproximaba el camión justo a tiempo de ver la cara de horror del conductor que, con un volantazo simétrico, lo esquivaba a la vez que tocaba el claxon prolongadamente. Los dos vehículos se cruzaron a apenas unos centímetros de distancia en el preciso momento en que el MG aparecía en lo alto del cambio de rasante, tras el Aston Martin.
El conductor del camión volvió a su carril sin dejar de tocar el claxon.
Con el corazón acelerado, Zac se desvió hacia el arcén y detuvo el coche. Vanessa lo imitó y le vio bajarse del coche con expresión de ira. Él abrió la puerta y le hizo salir, tirándole del brazo. Su voz vibraba como un cable a punto de romperse.
—¡Podías haberte matado!
—Y a ti qué más te da —dijo Vanessa articulando cada palabra lentamente.
Zac le clavó los dedos en el brazo y por una fracción de segundo, Vanessa temió que fuera a pegarla. En lugar de eso, la soltó bruscamente y se pasó la mano por el cabello con gesto de exasperación.
—¿Habría arriesgado la vida por salvarte si me diera lo mismo? —preguntó en voz baja.
Vanessa se cruzó de brazos. Podía sentir el corazón golpeándole el pecho.
—No lo sé —replicó, airada—. Teniendo en cuenta cómo me odias, no sé por qué lo has hecho —concluyó, dándole la espalda.
—Yo no te odio.
La voz de Zac le llegó como si estuviera muy lejos, sin que llegara a penetrar la niebla que enturbiaba su cerebro. Philippe Delacroix no estaba en su sano juicio, y el breve tiempo que había pasado en la deteriorada y oscura Le Manoir le había resultado aterradora y extraña a partes iguales, pero al menos había averiguado muchas cosas. «Por ejemplo, por qué su abuela se había mostrado tan comprensiva tras lo ocurrido con Dan Nightingale».
Mirando en la distancia y con el tono más neutral del que fue capaz, dijo:
—No me habías dicho que tu padre era artista, Zac.
—¿Por qué será? —dijo él con sarcasmo.
—¿Quizá porque podría haber averiguado que hace años pintó un cuadro de mí abuela con el que pretendía arruinar su reputación y la de su familia? —dijo Vanessa con una mezcla de ira y abatimiento.
Zac la tomó por los brazos y la obligó a girarse.
—¿Qué te ha dicho el bastardo de Delacroix?
Vanessa dejó escapar una risa amarga.
—Así que no lo niegas…
—¿La existencia del cuadro? No. Tú sabes tan bien como yo que existe —dijo él entre dientes—. Por eso estás aquí. Por eso nos conocimos.
Vanessa lo miró atónita.
—¿Cómo? No es verdad… Yo pensaba que…
No pudo seguir. Cómo decir algo tan ridículamente sentimental como que era el destino el que los había hecho coincidir.
Zac le clavó los dedos en el brazo.
—Siempre has sabido de la existencia del cuadro; lo estabas buscando.
Vanessa trató de zafarse de él, pero no lo consiguió.
—Jamás lo había oído nombrar. De haberlo sabido, jamás te habría tocado —dijo con inquina—. Sé muy bien lo que se siente al ser explotada en nombre del arte. Lo he experimentado yo misma.
Zac se quedó paralizado.
—¿A qué te refieres?
En la mirada que Vanessa le dirigió, vislumbró un profundo dolor.
—Por eso dejé Bellas Artes —Vanessa se estremeció antes de seguir—. En mi caso no fue un cuadro, sino fotografías… desnuda, proyectadas sobre titulares de periódicos del tiempo en que mi abuelo era ministro; ampliadas en grandes pantallas de seda —cada palabras parecía abrir una herida—. Muy moderno, muy ingenioso… Y una total humillación para mí.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Zac con voz ronca.
—Me temo que no. ¿Quieres pruebas? ¿Documentos?
—No, me refiero a las condiciones de mantenimiento de la casa. Mi familia jamás…
—¿Qué? ¿Se aprovecharía de su poder?
Vanessa intentó reír con sarcasmo.
—No seas tan melodramático. Jamás obligarían a nadie a vivir de una manera tan primitiva —sonrió complacida al pensar que había actuado tan correctamente como habría esperado de Ashley—. Déjalo en mis manos. Iré a Le Manoir a hablar con mi tío y lo arreglaré todo. Ahora, si me disculpas, voy a vestirme…
Pasó con decisión junto a él, confiando en hacer una salida digna, pero había olvidado que Zac sujetaba el extremo de la cinta que ceñía sus pantalones a la cintura. Al avanzar, sintió un tirón y su trasero quedó expuesto. Con una exclamación, se los subió precipitadamente, sin saber si era más humillante que Zac la hubiera visto o la total indiferencia que mostraba.
—Buena idea —dijo él, alejándose de ella para servirse más café—. Salimos en medía hora.
—¿No vas a venir conmigo? —preguntó Vanessa.
—A ver a qtu tío, no. Pero tengo que visitar a mi padre en el hospital, y puesto que Louis me trajo ayer de París, no tengo coche —miró a Vanessa con desdén—. Tendrás que llevarme tú.
Vanessa sabía que no podía negarse, así que, sin molestarse en contestar, subió las escaleras maldiciendo entre dientes.
Media hora más tarde, al dirigirse al coche con una cesta llena de las ciruelas que había recogido por la mañana, Vanessa se dijo que «no poder negarse», no significaba tener que hacerle la vida fácil a Zac. Así que, a pesar de que el cielo estaba cubriéndose de amenazadoras nubes, decidió descapotar el coche y confiar en que el ruido hiciera imposible la conversación.
Zac salió de la casa consultando su Blackberry. Al alzar la vista y ver a Vanessa esperarlo con gesto de aburrimiento, se paró en seco y dijo, sarcástico:
—¿Eres consciente del frío que vamos a pasar con la capota bajada?
—Me da igual —dijo Vanessa, aunque sabía que tenía razón y que, sin su abrigo, que había dejado a Julien Efron, la falda y el jersey que llevaba no iban a ser lo bastante calientes. Sin embargo, prefería morir de hipotermia que dar la razón a Zac. Sonrió con superioridad—. ¿Podemos irnos ya? (QUE VIVA EL ORGULLO! xD)
El hospital estaba a unos veinte minutos y tras un trayecto en el que no se dirigieron la palabra, Vanessa dejó a Zac en la puerta. Luego aparcó bajo un árbol y mordisqueó una de las ciruelas de la cesta que Zac no se había molestado en entregar a su padre. Tal y como había predicho, la temperatura había bajado considerablemente, y Vanessa pegó las rodillas al pecho para entrar en calor.
—¿Estás cómoda?
Vanessa alzó la mirada, sobresaltada, y vio a Zac. Sonrojándose, se secó el jugo de ciruela que le caía por la barbilla.
—Te has dado prisa. ¿Después de doce años te han bastado diez minutos con tu padre?
Zac abrió la puerta para dejarle bajar.
—Mi padre quiere conocerte.
Por su tono de voz y su lenguaje corporal al precederla hacia el hospital. Vanessa dedujo que a Zac no le agradaba la idea. Lo siguió en silencio hasta casi chocar con él cuando se detuvo ante una puerta.
Con gesto adusto y el entrecejo profundamente marcado, Zac pareció a punto de decir algo, pero se limitó a abrir la puerta e indicarle que pasara.
Julien Efron estaba recostado sobre las almohadas. Estaba menos demacrado; su piel había recuperado un tono tostado. Su rostro cansado se iluminó con una amplia sonrisa al ver a Vanessa y, por un instante, ésta creyó ver en él el aspecto que Zac tendría si consiguiera relajarse; si dejara de estar permanentemente enfadado.
—Mademoiselle Hudgens. Tengo tanto que agradecerle…
Vanessa se acercó con una tímida sonrisa.
—Por favor, llámame Vanessa. Julien rió aunque sus ojos reflejaban dolor. —Sí, yo también lo prefiero —dijo, y le tendió la mano.
Vanessa, percibiendo la hostil y retadora mirada de Zac, vaciló una fracción de segundo, pero, manteniendo la sonrisa, tomó la mano del anciano.
Tenía la piel fina y pegada a los huesos, enrojecida, como si no tuviera carne. Vanessa la sostuvo con delicadeza.
—Estoy encantada de que te encuentres mejor —dijo dulcemente—. He traído unas ciruelas de tu jardín. Espero que no te importe.
Había sido un error. Un gran error.
Zac aceleró el paso por el corredor y metió los puños en los bolsillos.
Tenía que haber dejado a Vanessa en el coche. Aquello no podía convertirse en algo personal. Se sentía como si se acabaran de abrir canales de comunicación entre los compartimentos estanco de su vida.
Julien se había quedado completamente hechizado, y lo irónico de la situación era tan cruel que le atenazaba la garganta. El abismo que lo separaba de su padre era tan hondo, tan infranqueable, por culpa de las desdichas causadas a su familia por los Hudgens… Y, sin embargo, ella aparecía y acariciaba el dolorido corazón de un anciano con una sola sonrisa.
Ni siquiera podía culparlo. Una sonrisa de Vanessa podía causar el mismo efecto que un exquisito coñac. Recordó el instante en que su padre alargó una de sus rudas manos y Vanessa se la tomó entre las suyas, tan pálidas y delicadas.
Notó sus dedos cargados de tensión. De tensión y resentimiento. Julien no habría sido tan amable de haber sabido que Vanessa pretendía quitarle su amado cuadro, pensó con rencor.
Al abrirse las puertas de salida respiró profundamente el fresco aire.
Vanessa lo miró de soslayo. La ternura de sus ojos se diluyó al encontrarse con la obvia animadversión que manifestaba.
—Gracias por haberme dejado venir —dijo en voz baja.
Su exceso de cortesía encolerizó a Zac.
—No lo he hecho porque quisiera —masculló—. No tenía coche, así que ha sido más una cuestión de necesidad que de generosidad.
Caminaban hacia el coche. Cuando lo alcanzaban, una ráfaga de aire formó un torbellino de hojas que cayeron sobre los asientos del MG. Vanessa tuvo un escalofrío.
—No tenías por qué decirle que estaba aquí —dijo, titubeante.
Zac chasqueó la lengua despectivamente.
—Ya ves lo lejos que te lleva un poco de calculado encanto femenino. Buen trabajo, señorita Hudgens. Una mirada de esos ojos azules, un parpadeo de tus largas pestañas y cincuenta años de animosidad y dolor se desintegran.
Vanessa se quedó paralizada mientras la adrenalina le recorría las venas y la furia teñía su rostro.
—¿Qué querías que hiciera, Zac? ¿Qué entrara como una gran dama honrando con su visita al humilde campesino? —Vanessa se inclinó hacia Zac. De pronto la ira que la había poseído, fue reemplaza por una amenazadora calma—. ¿Eso es lo que te gustaría, no es cierto? No te gusta estar equivocado, y supongo que estás acostumbrado a que la gente haga cualquier cosa con tal de complacerte. Quizá debería limitarme a simplificarte la vida actuando como la zorra que crees que soy.
Y de un solo movimiento. Vanessa abrió la puerta del coche y se sentó al volante. Excepcionalmente, el motor arrancó a la primera. Lo aceleró al máximo.
—¡Vanessa!
Zac intentó detenerla, pero ella quitó el freno de mano y dio marcha atrás para quitarse de su alcance, luego, con un chirrido de las ruedas, giró y fue hacía la salida del aparcamiento.
Zac se quedó inmóvil hasta que el sonido del motor se perdió en la distancia.
Antes de conocer a Vanessa, ninguna mujer lo había dejado plantado. Ella lo había hecho dos veces, pero Zac se juró en aquel instante que no lo haría una tercera.
En menos de veinte minutos la ayudante personal de Zac en Londres le enviaba un Aston Martin. Al entregárselo, el conductor intentó explicarle algunas características del sistema de navegación informatizado, pero Zac tenía demasiada prisa como para prestar atención.
Condujo a toda velocidad, en tensión. A su paso, las hojas se arremolinaban formando pequeños tornados. Acelerando a lo largo del muro de piedra que marcaba los límites de la propiedad de La Manoir de St Laurien, Zac asió con fuerza el volante al aproximarse a la verja de entrada.
Un segundo más tarde, salía por ella un MG rojo que, sin apenas detenerse para comprobar que el camino estaba libre, tomó la carretera a toda velocidad, dejando tras de sí un rastro de humo. Y colocándose en el carril de la izquierda. El carril inglés.
Zac dejó escapar un juramento en francés y aceleró. El MG no podía competir con él y, aun así, Zac vio horrorizado el punto al que llegaba la aguja del velocímetro. Con la vista fija en Vanessa, como si con ello pudiera protegerla, buscó con los dedos las luces o bocina para advertirla de su error, pero el diseño minimalista del salpicadero tenía más en cuenta la estética que la funcionalidad.
La furia y la frustración lo invadieron a partes iguales. Dando un volantazo a la derecha se situó al lado de ella para indicarle que se desplazara al otro carril. Ignorándolo, Vanessa mantuvo la mirada al frente. Clavaba la barbilla en el pecho con gesto de determinación; el viento le alborotaba el cabello. Apretaba el volante con tanta fuerza que tenía los nudillos blancos.
Seguía tan enfadada con él que no era consciente de estar conduciendo en el lado equivocado de la carretera.
Zac sintió pánico. Aceleró y la adelantó sin dificultad, confiando en que si se cambiaba de carril, Vanessa se daría cuenta de lo que sucedía. Pero al mirar por el retrovisor vio que permanecía en el sentido equivocado. Hacia delante, la carretera subía hacia un cambio de rasante. Zac aceleró tanto que el velocímetro empezó a vibrar. Al llegar a lo alto de la colina, ojeó el horizonte.
Un camión ascendía pesadamente desde el otro lado, de frente a Vanessa Su viejo coche quedaría aplastado. No sobreviviría al impacto.
Sin pensárselo dos veces, Zac dio un volantazo y, con el corazón en la garganta, se pasó al carril por el que se aproximaba el camión justo a tiempo de ver la cara de horror del conductor que, con un volantazo simétrico, lo esquivaba a la vez que tocaba el claxon prolongadamente. Los dos vehículos se cruzaron a apenas unos centímetros de distancia en el preciso momento en que el MG aparecía en lo alto del cambio de rasante, tras el Aston Martin.
El conductor del camión volvió a su carril sin dejar de tocar el claxon.
Con el corazón acelerado, Zac se desvió hacia el arcén y detuvo el coche. Vanessa lo imitó y le vio bajarse del coche con expresión de ira. Él abrió la puerta y le hizo salir, tirándole del brazo. Su voz vibraba como un cable a punto de romperse.
—¡Podías haberte matado!
—Y a ti qué más te da —dijo Vanessa articulando cada palabra lentamente.
Zac le clavó los dedos en el brazo y por una fracción de segundo, Vanessa temió que fuera a pegarla. En lugar de eso, la soltó bruscamente y se pasó la mano por el cabello con gesto de exasperación.
—¿Habría arriesgado la vida por salvarte si me diera lo mismo? —preguntó en voz baja.
Vanessa se cruzó de brazos. Podía sentir el corazón golpeándole el pecho.
—No lo sé —replicó, airada—. Teniendo en cuenta cómo me odias, no sé por qué lo has hecho —concluyó, dándole la espalda.
—Yo no te odio.
La voz de Zac le llegó como si estuviera muy lejos, sin que llegara a penetrar la niebla que enturbiaba su cerebro. Philippe Delacroix no estaba en su sano juicio, y el breve tiempo que había pasado en la deteriorada y oscura Le Manoir le había resultado aterradora y extraña a partes iguales, pero al menos había averiguado muchas cosas. «Por ejemplo, por qué su abuela se había mostrado tan comprensiva tras lo ocurrido con Dan Nightingale».
Mirando en la distancia y con el tono más neutral del que fue capaz, dijo:
—No me habías dicho que tu padre era artista, Zac.
—¿Por qué será? —dijo él con sarcasmo.
—¿Quizá porque podría haber averiguado que hace años pintó un cuadro de mí abuela con el que pretendía arruinar su reputación y la de su familia? —dijo Vanessa con una mezcla de ira y abatimiento.
Zac la tomó por los brazos y la obligó a girarse.
—¿Qué te ha dicho el bastardo de Delacroix?
Vanessa dejó escapar una risa amarga.
—Así que no lo niegas…
—¿La existencia del cuadro? No. Tú sabes tan bien como yo que existe —dijo él entre dientes—. Por eso estás aquí. Por eso nos conocimos.
Vanessa lo miró atónita.
—¿Cómo? No es verdad… Yo pensaba que…
No pudo seguir. Cómo decir algo tan ridículamente sentimental como que era el destino el que los había hecho coincidir.
Zac le clavó los dedos en el brazo.
—Siempre has sabido de la existencia del cuadro; lo estabas buscando.
Vanessa trató de zafarse de él, pero no lo consiguió.
—Jamás lo había oído nombrar. De haberlo sabido, jamás te habría tocado —dijo con inquina—. Sé muy bien lo que se siente al ser explotada en nombre del arte. Lo he experimentado yo misma.
Zac se quedó paralizado.
—¿A qué te refieres?
En la mirada que Vanessa le dirigió, vislumbró un profundo dolor.
—Por eso dejé Bellas Artes —Vanessa se estremeció antes de seguir—. En mi caso no fue un cuadro, sino fotografías… desnuda, proyectadas sobre titulares de periódicos del tiempo en que mi abuelo era ministro; ampliadas en grandes pantallas de seda —cada palabras parecía abrir una herida—. Muy moderno, muy ingenioso… Y una total humillación para mí.
—¿Quién lo hizo? —preguntó Zac con voz ronca.
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