sábado, 17 de septiembre de 2011

Capitulo 5



Me alegro de que hayas cambiado de idea dijo Zac. Vanessa se había sentado en el otro extremo del asiento. La relajada sensualidad de hacía unos minutos, había sido sustituida por una tensa incomodidad que irritó a Zac.
No creo que Miles opine lo mismo. Voy a tener que dar muchas explicaciones.
¿Por qué? ¿Por que no soy lo bastante bueno para su hermanita?
Vanessa rió con amargura.
No. Porque hace poco se mordió el labio.
Continúa.
Nada —Vanessa se volvió para mirar por la ventanilla. He tenido problemas y el pobre Miles siempre tiene que rescatarme.
—¿Y tus padres? ¿Dónde están?
—Mi padre es diplomático. En este momento viven en El Cairo. Así que Miles, que me lleva nueve años, siempre ha cuidado de mí.
Zac se estaba impacientando. Por lo que había visto, más que cuidar de ella. Miles la trataba como si la poseyera, como un objeto sin pensamientos ni sentimientos propios.
El coche aminoró la marcha al acercarse a la entrada del museo. Un pequeño frenazo hizo que Vanessa se viera proyectada hacia Zac. En cuanto se rozaron, el aire se electrificó. Zac bajó del coche casi sin dar tiempo a que las ruedas se detuvieran. Al instante estalló una lluvia de flashes y cuando se volvió hacía Vanessa y vio su expresión asombrada, lo invadió un instintivo impulso de protegerla. Atrapándola contra su pecho, le protegió el rostro con la mano y se abrió paso entre los fotógrafos. El corazón de Vanessa latía contra su costado y Zac pensó en lo contradictorio de estar convirtiéndose en un caballero andante cuando lo que pretendía ser era un ángel vengador.
En cuanto entraron en el gran vestíbulo de mármol la soltó. Era evidente que seducirla iba a ser un placer por razones obvias, pero no había contado con la posibilidad de implicarse emocionalmente en sus problemas familiares. No quería conocerla. No quería añadir matices grises a una realidad que era más sencilla en blanco y negro. Vanessa no era una víctima de los Hudgens. Era una de ellos. Y seducirla para luego repudiarla no era más que una forma de cobrar una antigua deuda, una transacción más de las que realizaba cada día en sus negocios.
Vanessa parpadeó al encontrarse en aquel luminoso espacio, que la devolvía del sueño a la realidad.
Había pasado de repartir canapés a huir con un extraño que le hacía sentirse mucho más ella misma que muchos de sus allegados. Íntimamente, habría querido que Zac volviera a estrecharla contra sí, pero ya caminaba varios pasos por delante, y tuvo que hacer un esfuerzo para arrancar los ojos de su ancha espalda y mirar a su alrededor.
La gran sala octogonal en la que tenía lugar la recepción estaba repleta de gente, grandes damas de la aristocracia, nuevos ricos dedicados al mecenazgo y artistas de premeditado aspecto desaliñado. El color dominante era el negro y Vanessa se arrepintió de haber elegido un vestido que no le permitiría pasar desapercibida.
Zac volvió a su lado con dos copas de champán, indiferente a las cabezas que se giraban a su paso. A Vanessa no le sorprendió la expectación que despertaba porque para ella era el hombre más atractivo de los presentes, y no porque fuera el más guapo, que lo era, sino porque había algo misterioso en él que le hacía destacar entre los demás.
Las burbujas de champán estallaron en su boca. Estar con Zac rodeados de gente era aún más excitante que el alcohol. La piel le quemaba allí donde él la había tocado, como si su tacto le hubiera dejado marcas indelebles.
Alzó la copa hacia sus labios con mano temblorosa y el cristal chocó levemente contra sus dientes. Zac le rodeó la mano con la suya y preguntó:
—¿Estás bien?
Vanessa se sonrojó.
Sí, aunque llevo un vestido inapropiado.
Zac la miró fijamente.
No estoy de acuerdo. Eres demasiado hermosa y ardiente como para vestir de negro, así que levanta la cabeza y sonríe.
Vanessa sintió una oleada de placer. Zac la describía tal y como ansiaba ser. Rió.
¡Qué tontería! Ni siquiera llevo lápiz de labios.
Mírame dijo él sin inmutarse. Vanessa obedeció. Aunque su rostro no reflejaba ninguna emoción, sus ojos estaban velados por una inquietante intensidad. Y entonces, con un íntimo gesto que la dejó perpleja, Zac le masajeó los labios con el pulgar hasta sentir que se entreabrían bajo su tacto—. Ya está dijo, sonriendo al verla sofocada y jadeante—. Ahora parece que los llevas pintados.
Gracias dijo Vanessa, que se sentía florecer junto a aquel extraño. Bebió y se sintió tan burbujeante como el champán.
Hermosa y ardiente. Sonrió.
¿Vamos a ver los cuadros? —preguntó, por temor a quemarse con el fuego.
 

Zac asintió con un gesto seco.
—Supongo que no es tu primera visita dijo,tomándola por la cintura para protegerla de la gente.
—No, pero la de hoy es diferente.
—¿Por qué?
«Porque estoy contigo».
—Porque es más excitante, más íntima ante la mirada de curiosidad de Zac, Vanessa explicó. Aunque haya toda esta gente, la oscuridad le da un carácter más íntimo.
Zac la guió de la mano hasta la puerta que daba acceso a una gran sala rectangular donde se exhibían las obras. No había más que algunos grupos reducidos, charlando en voz baja.
—No te he preguntado cuál es el título de la exposición preguntó Vanessa, para ignorar el palpitante deseo que amenazaba con dejarla sin aliento.
Cien años de piel dijo él, dedicándole una de aquellas miradas de acero bajo las que Vanessa se sentía desnuda—. Está dedicada al desnudo.
Vanessa miró a su alrededor y comprobó que estaban rodeados de cuerpos desnudos, de pie o reclinados, con aspecto seductor o gesto de indiferencia. Zac le habló al oído:
¿Por dónde quieres empezar?
La pregunta, deliberadamente ambigua, despeñó en ella un anhelante y temerario deseo. De sus labios escapó un suspiro de rendición.
Zac la tomó por la nuca y se la masajeó a la vez que clavaba en ella la mirada. Vanessa se entregó a aquella caricia por un instante antes de reaccionar y entrelazar sus dedos con los de él.
Ven dijo con voz ronca. Y lo llevó delante de la Olympia de Manel, que les devolvió la mirada con aire retador. ¿No le parece maravilloso?
En lugar de mirar el cuadro, Zac siguió sus propios dedos acariciando el interior del brazo de Vanessa.
¿Qué la hace especial? —preguntó al tiempo que alzaba la mano de Vanessa hacia sus labios.
Ella, con la respiración entrecortada, tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarse y apagar el fuego con el que le ardía la piel allí donde él la tocaba. Olympia la miró como si la comprendiera a la perfección.
—Me encanta susurró a la vez que abría la mano y Zac le besaba el interior del codo que a pesar de estar desnuda lleve un brazalete y zapatos de tacón.
Zac alzó la cabeza, miró los zapatos de Vanessa y musitó:
Sólo uno. Debe de haber perdido el otro. Continúa.
Vanessa apenas podía respirar.
—Y casi puedo sentir el roce del chal de seda sobre su piel posó la mano en la mejilla de Zac y sintió su firme barbilla y la aspereza de su incipiente barba. ¿A ti te gusta?
Zac sonrió, insinuante.
Sí.
—¿Por qué?
—Era un prostituta, pertenecía a las clases bajasdijo, colocándose detrás de Vanessa quien, al no estar distraída por la visión de sus labios, creyó percibir cierto tono de amargura en sus palabras—. El cuadro fue un escándalo porque era una mujer demasiado real. Los críticos se escandalizaron por la sencillez con la que representaba la sexualidad.
Vanessa se sobresaltó al sentir sus labios acariciarle el cuello. Zac continuó:
Me gusta que no muestra temor siguió la línea de la mandíbula de Vanessa con sus dedos, me gusta que parezca poderosa y sujetó la barbilla de Vanessa y le hizo volver la cabeza—, me gusta que su mirada sea idéntica a la tuya en este momento.
Vanessa contuvo el aliento y, girándose mecánicamente, encontró con sus labios los de Zac en un beso apasionado y ardiente, la gran finóle del crescendo que habían representado las últimas horas.
Las paredes y los cuadros que los rodeaban se difuminaron en una nebulosa de placer al que Vanessa se entregó con toda su alma.
Se oyeron pasos y el estallido de risas sofocadas al producirse la entrada de un grupo.
Zac alzó la cabeza y miró por encima del hombro de Vanessa hacía la puerta. A los pocos segundos, una mujer con una acreditación de prensa colgada del cuello, llegaba junto a ellos.
¿Señor Efron? ¿Podría hacerle unas preguntas para un artículo que estoy escribiendo sobre la exposición?
Aturdida, sin aliento. Vanessa se apartó, peinándose el cabello con gesto nervioso al tiempo que recorría la sala contemplando los cuadros. El calor que sentía entre las piernas la quemaba; se sentía poderosa, dispuesta a conquistar el mundo. Desde su adolescencia. Miles le había presentado el sexo como algo peligroso, que hacía perder el control.
Pero aquella noche Vanessa sentía que estaba aprendiendo lo contrario. En lugar de tener miedo, se sentía viva. Y por primera vez desde que había despertado en el hospital, se alegraba inmensamente de estarlo.
Hasta Aqui!! :) Comenteen Pliiss que solo vi 3 coments en el anterior capii :(
      Bye las quiierooos!!